15 de julio de 2014

Sorpresas te da la vida

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Se puede pensar que hay una estación de la vida durante la cual, para los niños y los jóvenes, el mundo de los adultos está regido por los padres.

El respeto, y en mi caso cierta timidez, hacían la distancia con los mayores. Noción ésta que excluía a los ancianos, dotados de una dulce complicidad, estaban de vuelta del cabo de los años, un poco fríos.

Por esa época en la cual se vivía a plenitud la condición de hijo, con protecciones y contreñimientos, entre la inexperiencia y la curiosidad, unos alumnos de mi padre lo visitaban.

Herazo, Bustamante, Hernández. Estudiantes de Derecho.

Al contrario de los temas entre abogados, estos muchachos discurrían sobre San Agustín, Sófocles, Kafka, Camus, Sartre, García Márquez. La curiosidad por el mundo, al cual se enfrentarían sin mediaciones, iba más allá de las mecánicas de las normas.

La vida me permitió en estos años estar cerca de Héctor Hernández Ayazo. Además de los inevitables consejos jurídicos, de impecable razonamiento sin ambigüedades torticeras, le preguntaba de los juegos de azar en los casinos. Su percepción de la política y el atascamiento del progreso de la ciudad, las formas de la corrupción, el desarrollo urbano, eran excepcionales, partían de una mirada que combinaba el rigor y un sentimiento amoroso por Cartagena de Indias y sus gentes. Le vi una tendencia a encontrar la génesis de la corrupción pública, más como un problema de educación y de ética, que como problema legal.

Recibí como un signo alentador de mejoría del presente extraviado en el cual sobrevivimos, el reconocimiento que tuvo como columnista más leído y sus ideas atendidas en el Departamento de Bolívar. Esta escogencia la hizo César Caballero después de cuidadosas encuestas de medios.

Por algún motivo, inexplicable como tantos, conservo una imagen que no sé si llamar recuerdo.

El día antes de venir a Bogotá para seguir los estudios universitarios estábamos, pasada la una de la tarde, con Eligio García Márquez, viajaríamos juntos, en un caserón de madera a la orilla de Chambacú, donde unos chinos abrieron un restaurante de comida cantonesa. Entreteníamos la nostalgia anticipada con el aire tibio de aroma salitroso y marisma mientras esperábamos al hermano ingeniero de Eligio. Se había comprometido a darle a su hermano menor el tiquete aéreo y nos había invitado a un arroz con pollo para despedirnos. Llegó con el apresuramiento de quienes no logran vencer la tardanza. Le entregó a su hermano el boleto de viaje y en esos tiempos sin ordenador estaba escrito con bolígrafo el nombre del viajero: Héctor Hernández.

Años de buena fe que permitieron a Eligio viajar con otro nombre.

De gestos desprendidos como ese estuvieron llenos los días de Hernández Ayazo.

Ahora volveré a hablar solo al restaurante de Tony Agar y Beatriz donde nos vimos por última vez para poner al día el pasado.

Imagen: Roberto Burgos Cantor

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