8 de agosto de 2014

El pacto del Papa y la Bestia (segunda parte y final)

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

-Sólo soy un pobre agricultor que ha trabajado toda la vida para su familia. -Esas fueron las palabras que los televidentes italianos escucharon decir a ese hombre mayor que veían en la pantalla y que apenas unas horas antes era un completo misterio para todo el mundo.

No fue necesaria la mediación de ficción alguna, pues frente a las cámaras el aludido se mostraba como un consumado actor. Más bien como un mago que apareció y desapareció de escena tantas veces como lo consideró necesario. Claro que su talento nunca estuvo en el negocio de la entretención, sino en el miedo. Lo ponía en práctica contra todo aquel que pudiera, voluntaria o casualmente, cruzarse en su camino. Quienes lo hicieron, no vivieron para contarlo.

Ingresó a la sala del tribunal con paso decidido, vistiendo una chaqueta y una camisa verde, sin corbata, más unos pantalones y zapatos de colores inidentificables, saludando con la mano hacia lo alto (suponemos a familiares y amigos) y perdiéndose por unos segundos, dada su baja estatura, entre los gendarmes que lo custodiaban. Tomó asiento en una mesa banco incómoda (semejante a las que había en la escuela que él frecuentó en el pueblo de Corleone hasta quinto grado, según su propia confesión), con las piernas rechonchas y arqueadas por el sobrepeso (aunque se informó de la pérdida de varios kilos desde el momento de su detención, hacía dos meses, desarmado y sin ofrecer resistencia, cuando era conducido por su chofer a través de un autopista de Palermo).

Las posiciones de las cámaras mostraban, por momentos de perfil y otros de espalda, un rostro grueso y cuadrado, semejante a un bloque de cemento (de seguro, él los conocía a la perfección, dada su utilidad para ocultar bultos bajo las aguas de los muelles, aunque siempre prefirió, como hombre rústico que era, el ácido clorhídrico), además de pelo negro y abundante pegado al casco, salpicado por unas pocas canas, sobre todo en las patillas.

Ese 2 de marzo de 1993, Salvatore Riina, esposo de Ninetta Bagarella (aquella joven que, cuando pidió su mano a la familia apenas conocerla, hizo elegir a sus hermanos entre convertirse en sus cuñados o en sus víctimas) y padre de María Concetta, Gianni (condenado luego a cadena perpetua por homicidio), Salvo y Lucía, además de futuro abuelo, contaba con 62 años. Después de más de veinte años, la aletargada justicia italiana al fin le pedía cuentas al padrino de los “corleoneses” por centenares de homicidios, entre muchos otros delitos, período coincidente con la consolidación de su omnímodo poder en la isla.

Las imágenes de la televisión italiana continuaban con la teatralidad de Riina: movía las manos y gesticulaba, se le veía ojeroso, cansado y algo ofuscado frente al micrófono. Aún así, intentaba definirse ante el juez al modo de los personajes famosos y con alguna patología (pensándolo bien, él era un personaje famoso y, de seguro, calzaba en alguna categoría de sociópata, criminal, psicópata, antisocial o “pato malo”), hablando en tercera persona: 

-Se ha querido convertir a Riina en una pararrayos italiano con la idea de ‘salvémonos todos’. Pero Riina no es lo que dicen ellos (en referencia a los testigos, delatores y policías). A Riina le tienen que traer pruebas. ¿Dónde estuvimos sentados, señor presidente? (en alusión a las ocasiones en que planificaba alguna sentencia de muerte).

De improviso, en medio de su discurso, Riina se puso de pie sin dejar de mover las manos (más bien aleteaba), alertando a los gendarmes, quienes reaccionaron con un leve movimiento, casi imperceptible. La inofensiva apariencia del hombre que custodiaban los haría aparecer como exagerados, aunque, en estos casos, siempre era mejor prevenir que curar. No olvidaban que estaba en juego algo demasiado importante.

-Si yo mandé a alguien a hacer algo, tuvimos que estar conversando en algún sitio –agregó Riina, sentándose nuevamente y apaciguando a los gendarmes-. Yo no podía estar sólo, teníamos que ser muchos. Y veamos, ¿dónde están esas pruebas, señor presidente?

La situación descrita correspondía a las imágenes de la primera declaración de Salvatore Riina tras su captura, hecho esperado, sino con interés, al menos con curiosidad por sus compatriotas. Aun dejando afuera las veces en que logró la impunidad, su paso por la cárcel y su período de prófugo de la justicia, esta puesta en escena no había sido nada de fácil. Tratándose de la Mafia Siciliana, la experiencia enseñaba que toda precaución resultaba insuficiente. Por eso, el prisionero número uno de Italia primero fue trasladado en helicóptero desde la cárcel de Rebibbia a la de Ucciardone, en Palermo, y puesto luego dentro de un coche blindado con dirección al bunker (dentro de otro bunker), habilitado especialmente en el mismo tribunal. Su construcción y equipamiento habían tardado cuatro semanas, dadas las extremas medidas de seguridad que debieron ser tomadas, superando incluso las del “maxiproceso” de hacía cinco años. Cuando Riina fue sacado del lugar de la misma forma en que entró -caminando decidido, custodiado por gendarmes y levantando las manos hacia lo alto, probablemente para despedirse de su hija María Concetta, quien no se cansaría de repetir que los únicos bienes recibidos de su padre eran la educación, la moralidad y el respeto-, la misión había concluido con éxito.

No fueron pocos los que recordaron aquella ocasión en que, en ese mismo lugar aunque dentro de una jaula metálica, “El Papa” Michele Greco citó la Biblia, mientras aferraba sus manos a los barrotes, para “convencer” a los jueces de la necesidad de juzgarlo a él y al resto de los “hombres de honor” con un sentimiento de paz en los corazones. Ahora Riina, con el mismo objetivo, apelaba a su condición de “humilde campesino”, mientras sus soldados aún leales se encargaban de eliminar cualquier evidencia que pudiera comprometerlo más de lo que ya estaba, gracias a la supuesta negligencia del coronel de carabineros, Mario Mori. Aun así, fue posible incautarle bienes por más de 125 millones de dólares.

De cachorrito...

Como si fuese una piedra de los cerros de Corleone, escarbemos en la biografía de Salvatore “Toto” Riina, ahora que podemos hacerlo sin el riesgo de que nos corte la cabeza. Conocido como “El Corto”, “La Bestia” y “La Hiena” –estos dos últimos apodos surgidos por la crueldad y sadismo con que actuaba cuando se trataba de sus “negocios”, aunque nadie que los pronunciara en su presencia se quedaría sin recibir su merecido-, conviene poner más atención a las contradicciones que a posibles dimensiones épicas que, por lo general, la mafia se atribuye a sí misma, incentivados por la literatura y, más tarde, por el cine y la televisión.


Un ejemplo reciente de aquello fue la miniserie de 2007 mencionada en la primera parte de esta crónica, “Corleone: Il capi dei capi” que tiene al personaje de “Toto” Riina como protagonista junto a un policía y ex amigo de juventud que le sigue los pasos hasta lograr detenerlo (un cronista bromeaba que este último personaje sólo podía ser ficticio, como de hecho lo era, pues nadie de carne y hueso habría sobrevivido a la fiereza de “La Bestia” cuando alguien se entrometía en sus asuntos). En las primeras escenas del capítulo uno, se muestra como el padre y el hermano de Riina mueren por la explosión de una bomba abandonada en el campo por el ejército de Estados Unidos, mientras la revisan con la esperanza de encontrar algo valioso en su interior. Siguiendo la lógica de la ficción, siempre de la mano con la mitología mafiosa, este accidente motiva al niño “Toto” a huir de la pobreza y de la ignorancia, aferrándose a lo primero que tuvo a la mano: el crimen.   



Discípulo, lugarteniente, luego socio y finalmente sucesor del excéntrico mafioso Luciano Leggio (a pesar de su alfabetización tardía, obra de una profesora amenazada de muerte si no lograba su objetivo, Leggio contaba con ínfulas intelectuales: gustaba que lo llamaran “Profesor”, corregía el habla de sus pares, como al tosco Gaetano Badalamenti, sin preocuparse de ponerlo en ridículo delante de los demás y tenía como libros de cabecera “La guerra y la paz” y “La crítica de la razón práctica”), Salvatore Riina se ganó el derecho a formar parte de su banda, luego de recibir una paliza de éste, sin emitir queja alguna al ser sorprendido robando fruta de sus predios (advertimos que estos antecedentes, salvo los de la personalidad de Leggio, corresponden a la trama de la miniserie en cuestión).

Cumplidos 18 años, Leggio le encomendó a Riina su primer asesinato, misión que el joven ejecutó de manera eficiente y rápida. Durante su condena de seis años por un nuevo homicidio (1949 y 1955), “Toto” Riina guardó absoluto silencio respecto a detalles, motivaciones y otros involucrados, demostrando su condición de “hombre de honor”. Otras versiones señalan que fue dentro de la cárcel donde conoció a Leggio, quien cumplía condena por el asesinato del sindicalista Plácido Rissoto, pero pronto, en el estilo veloz y en las sombras de la mafia, recuperaría la libertad. En este entorno, ambos sicilianos se habrían dado cuenta del provecho recíproco que obtendrían del trabajo conjunto: “Toto” era un diamante en bruto que los “corleoneses” podrían pulir y Leggio, el líder natural dentro de la banda.

Pero para que esto último se concretara, había que quitar del camino a alguien de mucho peso (físico y de influencia). Se trataba del médico, empresario transportista, hombre vinculado a los separatistas, luego al Partido Liberal y finalmente a la Democracia Cristiana, Michele de Navarra. Cuando sus diferencias con Leggio se hicieron evidentes e insuperables, De Navarra decidió deshacerse de su colaborador rebelde atentando contra su vida. La suerte –al igual que su tocayo de América, Lucky Luciano- estuvo del lado de Leggio quien salvó ileso del ataque. Tras perder su oportunidad de recuperar el respeto perdido, Michele de Navarra fue acribillado dentro de su automóvil en 1958 por orden de Leggio. El gatillo corrió por cuenta de Salvatore “Toto” Riina y otros sicarios (hasta aquí llegamos con la miniserie, aunque no descartamos volver a ella más adelante).     

Mientras Luciano Leggio estuvo a la cabeza de los “corleoneses”, período coincidente con el menosprecio hacia ellos por parte de las familias mafiosas de la urbanizada Palermo, llamándolos “campesinos”, “brutos” y “analfabetos”, Salvatore Riina realizó trabajos de matón, pistolero, ladrón y extorsionador, formando equipo con su amigo de infancia, Bernardo “Tractor” Provenzano. Durante este tiempo, Riina se dedicó a alimentar su codicia y ansias de poder, pero con el tino de no llamar la atención de Leggio. No quería que pensase que él lo veía como un nuevo Michele de Navarra, con el correspondiente derramamiento de sangre. Si nos detenemos en este detalle, podemos darnos cuenta que Leggio fue una de las pocas personas a las cuales Riina no traicionó jamás, ni siquiera en los momentos de mayores diferencias entre ambos. Más adelante habría un segundo individuo, lejano a Corleone pero dentro de la isla, que tendría la misma suerte de Leggio y con el cual Riina teñiría con más sangre la historia de la Cosa Nostra.

Antes de aquello, en 1969, Leggio y Riina fueron nuevamente detenidos por un homicidio. Sin embargo, ambos zafaron de la condena recurriendo a su especialidad: la amenaza de testigos. Al año siguiente, una nueva acusación de homicidio cayó sobre Riina quien, a partir de ese momento, dio inicio a su prolongado período de prófugo de la justicia, con orden de captura internacional incluida, marca registrada de su actuar delictivo para el dolor de cabeza de las autoridades antimafia.

En 1974 Luciano Leggio resultó otra vez encarcelado y, esta vez, por el resto de su vida. Aunque continuó con las excentricidades durante su encierro como, por ejemplo, imitar a Marlon Brando (insistimos en ello: a Marlon Brando, el actor, y no a su personaje Vito Corleone, a diferencia de otros mafiosos italianos), pero afectado por una tuberculosis ósea, infecciones urinarias y problemas renales, lo cierto fue que el trono de los "corleoneses” quedó en poder de Salvatore Riina. Como supondrán, nadie de la banda se atrevió a pronunciar ni un solo “pero” porque esta medida no haya sido sometida a un proceso de votación (a propósito de ausencia de democracia: corre el mito, fomentado por la miniserie, que Riina habría disfrutado y tomado de inspiración para futuras acciones en contra del Estado italiano, las noticias en televisión sobre el bombardeo al Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, en 1973).

Poder total

A partir de ese momento y bajo el mando de Riina, los "corleoneses” se tomaron más que en serio la misión de hacerse respetar ante las otras familias de Palermo, las cuales gozaban de un período de prosperidad gracias a las suculentas ganancias del tráfico de drogas. Al no contar con un pedazo de esa torta o, al menos, la cantidad que creía merecer, Riina optó por continuar recaudando dinero al estilo de Leggio, mediante el secuestro de mafiosos, sus familiares y personas vinculadas al “negocio”, aunque de manera provisoria y sólo al norte de la península, pues Sicilia era demasiado pobre como para desgastarse en un “trabajo” tan complejo. Por lo tanto, entre los escogidos sólo había quienes estuvieran en condiciones de pagar jugosos rescates con tal de que todo volviese a la “normalidad”.

Al margen de otras actividades ilícitas, “Toto” Riina se planteó el objetivo de controlar del tráfico de heroína de Sicilia hacia el mundo, primero apoderándose de la ruta al Asia y, luego, controlando el 85 por ciento de los envíos hacia Estados Unidos. Ante el menor escollo, no dudaba en utilizar su ejército privado para eliminar a jefes rivales y sus colabores, además de jueces, fiscales, policías y periodistas entrometidos, recurriendo cuando podía a uno de sus ingredientes favoritos para desintegrar cadáveres: el ácido clorhídrico (pronto se daría cuenta de la efectividad y economía en el uso de dinamita para casos complejos).  

Mientras los padrinos de las otras familias, como el propio “Papa” Greco, gustaban aparecer fotografiados con autoridades, políticos, empresarios y hasta nobles, los “corleoneses” permanecían ocultos en sus tierras, sentándoles a la perfección este tipo de vida campestre y al aire libre, aunque no exenta de violencia (durante todo ese tiempo, las únicas fotografías de Riina y Provenzano en poder de la policía eran de su juventud bandolera). Nuevamente citamos la miniserie pues es imposible no reparar en la crudeza de las imágenes: molesto por un descuido en la seguridad de su esposa e hijos, a los cuales se consagra con el fervor del más ejemplar padre de familia, “Toto” golpea a uno de sus hombres con una pala en la espalda, dejándolo tendido en el suelo presa del dolor.

La actitud belicosa de Riina y los "corleoneses” se volvió intolerable para los jefes de las familias de Palermo Stefano Bontate, Salvatore Inzerillo y Gaetano Badalamenti (fundador de la Cosa Nostra en la célebre “Reunión de Palermo” de 1957 e integrante de la “Cupula”). Sólo un padrino aparentó contrariedad, pero mezclada con comprensión: Michele Greco, “El Papa”. Cada vez que recibía una queja en contra de Riina por sus salidas de madre, levantaba las manos al cielo transmitiendo sorpresa y comprometiéndose a enrielar cuanto antes a “ese muchacho loco, demasiado influido por las enseñanzas de Leggio, otro loco de atar”. Detrás de tanta pomposidad teatral, la alianza entre Greco y Riina se tradujo en los asesinatos de Bontate mediante “lluvia de ametralladoras”, el 23 de abril de 1981, luego de participar en un cumpleaños; y de Inzerillo, acribillado con disparos de revólver el 11 de mayo de ese mismo año, después de concretar una cita con su amante. Familiares, socios y soldados de ambos padrinos corrieron la misma suerte. Algunos de estos últimos fueron convencidos por Riina para unírseles a la banda y, una vez que ya no les eran útiles, los liquidó sin piedad. Unos pocos cadáveres fueron encontrados, entre ellos, el perteneciente al hijo de Inzerillo, quien había jurado vengar la muerte de su padre. El único sobreviviente de esta masacre, Gaetano Badalamenti, abandonó Sicilia rumbo a Estados Unidos, siendo encarcelado en 1987.

Con el apretón de manos entre “El Papa” y “La Bestia”, la guerra de los “corleoneses” se había iniciado. El saldo sería una seguidilla de doscientos asesinatos entre 1981 y 1983. Sólo la decisión de Tommaso Buscetta, conocido como el “padrino de dos mundos” por sus vínculos en el negocio de la droga en ambos lados del Atlántico, radicado en Brasil al ser expulsado de la “Cupula” por Riina y Greco, profundamente afectado por los asesinatos de un hermano, un yerno y tres sobrinos en manos de los “corleoneses” (lo consideró una violación al “código de honor”, pues se trataba de personas que no pertenecían a la mafia), puso fin a la omertà, revelando al juez Giovanni Falcone todas y cada una de las acciones de “La Bestia”.

-¿Por qué lo hace? –le preguntó en cierta oportunidad Falcone-. ¿Por qué decidió traicionar a los de su mundo?

-Son ellos, sobre todo Riina, los que traicionaron nuestro mundo –contestó Buscetta-. Un mundo que para mí ya no existe.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

*