13 de agosto de 2014

Eloy Tellechea (El "Patch Adams lanusense") y su novedosa fiesta de San Fermín por las calles de Lanús

EDUARDO MOLARO -.

 / Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

En todas partes del mundo se suele mirar a los médicos como seres de otra dimensión. Sobre todo si esa mirada viene desde ellos mismos. 

Pero en la calle Condarco, en los arrabales del Partido de Lanús, vivía y atendía en su propio domicilio el Dr. Eloy Tellechea, respetado inmigrante vasco que cumpliera el mandato divino de recibirse de médico al sólo efecto de satisfacer los esfuerzos paternos.

Sin embargo - y más allá de obligatoriedades – Tellechea abrazó tardíamente su vocación por la medicina, a sus cincuenta años, al punto de tratar de llevarla a la mayor cantidad de gente posible sin que esto representara un excesivo gasto para los pacientes ni una frondosa cuenta bancaria para él. 

Eloy recorría las villas de emergencia revisando a los niños, aconsejando a las madres sobre los planes de vacunación y – llegado el caso - prestándole algunos pesos a algún desocupado.


Lo elogiable ( y todo lo era ) es que Eloy no daba a conocer su generosa contribución. Sin embargo, comenzó a correr la voz y varios grupos políticos de la zona intentaron sin éxito incorporarlo a sus filas.

La fama de Tellechea comenzó a crecer entre los estudiantes de medicina y su figura empezó a ser ¨idealizada ¨por muchos de ellos.

Algunos médicos recién recibidos, todavía incontaminados y llenos de ideales, se acercaron a él con la idea de organizar un grupo de médicos con fines sociales. 

Fue así que se fundó la agrupación médica ¨Dígame dónde le duele ¨, destinada a trabajar en beneficio de las clases menos favorecidas de la sociedad.

Pero más allá de los esfuerzos de Eloy y sus maravillosos secuaces, las carencias seguían allí.

A Tellechea le generaba un profundo dolor la entendible falta de alegría de aquellas personas postergadas. Fue así que terminó convocando a profesionales de otros rubros para su noble tarea: Cómicos, payasos, músicos, poetas e incluso prostitutas comenzaron a acercarse a la obra del Dr. Tellechea.

La Iglesia empezó a mirarlo con bastante recelo. Los feligreses preferían escuchar el cuento del ¨Indio que fue a comprar laxante¨ en la voz del Dr. Tellechea que escuchar al cura diciendo ¨Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos ¨. 

Parece que Eloy se había metido en un terreno que aliviaba también un poco las almas de las gentes. ¨ ¿ Desde cuándo los médicos se meten en estas cosas? ¿ Qué es eso de andar alegrando al pueblo de Dios, cuyo destino miserable ha sido decidido por el Gran Hacedor? ¨- se escuchó musitar a un Obispo después de una misa poco concurrida.

Pero Eloy seguía preocupado por la indiferencia de los demás habitantes. Su mente brillante no alcanzaba a comprender – sin embargo - cómo los sectores medios de su sociedad hacían la vista gorda e incluso operaban en contra de los sectores más carenciados.

Fue así que intentó difundir la idea de una sociedad más solidaria. Se acercó a las asociaciones médicas de la zona, los laboratorios farmacológicos y las sociedades de fomento sin mayores resultados. 

Entonces, lo que comenzó como preocupación pasó a ser indignación. Por las entrañas de Tellechea corría un proceloso río de bronca vasca. Fue así que su prosapia le sugirió que el próximo 7 de Julio de aquel año Lanús tuviera su propia festividad de San Fermín.

Aquella mañana, en pleno auge comercial de la avenida 9 de Julio, Tellechea llegó al centro lanusense en un Ómnibus desde el que ¨ soltó ¨ a decenas de leprosos llevando en sus pechos el cartel ¨ Soy leproso. Abráceme! ¨. 

Los decentes habitantes de Lanús, aterrados por la idea de ser abrazados por un leproso, emprendieron una frenética carrera por la calle 9 de Julio, chocándose unos con otros, mientras eran perseguidos por aquellos divertidos portadores de la lepra. 

Eloy observaba la divertida escena desde el techo del colectivo. Dicen que nunca nadie lo vio reírse de esa manera. Tanto es así que sufrió la fractura de dos costillas al caerse desde el techo del Ómnibus.

Fue atendido por sus propios compañeros y luego fue detenido por personal de la comisaria 1ra. Que, en su amable acompañamiento, casi le fractura otras dos costillas más.

Luego de una semana a la sombra fue liberado, pero con un proceso en trámite por desorden público.

Dicen que su ejemplo cundió en otros países y que algunos grupos africanos empezaron a soltar pacientes sanos entre los enfermos de Ébola, quienes inmediatamente huían aterrados ante la extraña presencia de estos seres rebosantes de salud.

En Buenos Aires, otros seguidores más radicalizados, procedieron a la suelta de libros en los estudios de televisión, pero fueron inmediatamente reprimidos por avisos publicitarios.

El Dr. Eloy Tellechea no era hombre de sentirse amedrentado por policías que no entienden el idioma y siguió trabajando por una sociedad más solidaria y tolerante.

Una tarde, en el estadio del Club Atlético Lanús, quiso presenciar el clásico barrial ante Banfield y – consecuente con su espíritu humanístico y pacifista – se hizo confeccionar una indumentaria cuyo hemisferio izquierdo llevara el maravilloso escudo y el clásico color granate de la escuadra lanusense, y que en el hemisferio derecho vistiera los colores de unas de las tantas camisetas de Banfield.

En su derrotero al estadio, Tellechea pudo advertir que ambas parcialidades por fin se unieron bajo una misma causa: fue cagado a trompadas tanto por granates como por banfileños.

Pero su prédica no terminaba en el fracaso, sino que – tal vez – comenzaba a partir de allí.

Vasco pertinaz, trató de mediar entre peronistas y radicales de la zona, entre católicos y protestantes, entre policías y ladrones, y entre comerciantes honestos y vendedores de seguros.

Y allí brilló el desaliento. Comprobó que todos ya estaban asociados entre sí y que la imagen antagónica que presentaban era sólo ¨para la gilada ¨. Prematuramente se había ilusionado al ver como el comisario se abrazaba con uno de los ladrones más famosos de la zona, pero luego entendió que trabajaban de manera conjunta. La misma decepción encontró en las relaciones por conveniencia que tenían los demás contendores. 

Llegó un momento donde el único que sobraba en aquella reunión era el Dr. Tellechea, quien se retiró del salón cabizbajo y en silencio. 

Nadie notó su ausencia.

Con el tiempo fue robado por los ladrones y perseguido por la policía. Su obra fue boicoteada tanto por radicales como por peronistas. Incluso los comerciantes ya no le fiaban.

El Universo lanusense parecía conspirar contra Eloy Tellechea y su altruismo genuino.

Algunos de sus compañeros médicos empezaron a desertar. Unos, como producto del desaliento y otros, por sus afanes de prosperidad personal. 

El Dr. Tellechea se iba quedando cada vez más solo. Sólo algunos cómicos lo visitaban alguna tarde con nuevos chistes que le arrancaran una sonrisa, y alguna que otra prostituta lo acompañaba alguna noche para compartir soledades y caricias.

El cosmos no es tan perfecto como dicen los metafísicos de dos con cincuenta. La mediocridad y la desidia casi siempre son los vencedores de la Gran Guerra. Pero no está mal presentar batalla aún sabiendo que seremos derrotados.

Por eso, ya muy enfermo, al siguiente 7 de Julio el Dr. Eloy Tellechea decidió dar el último golpe que le quedaba y regalarse una hermosa corrida de leprosos por la calle 9 de Julio.

Dicen que, sin que Tellechea lo supiera, algunos de los supuestos enfermos eran viejos compañeros médicos de su asociación solidaria, maquillados para la ocasión, que estaban allí para darle al viejo doctor una buena mano en su última travesura.

Las muchedumbres corrían desesperadas por la estrecha avenida y el Dr. Tellechea – hombre de gustos simples y causas nobles - se desparramaba en sonoras carcajadas cada vez que alguno de los ¨ decentes ciudadanos ¨ tropezaba y se estampaba contra el piso.

Aquella mañana la policía no lo detuvo. Fue el día más feliz de su vida. 

Y también el último.

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