1 de octubre de 2014

Los espejismos de Linares

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús.

Torcuato Linares era un vecino de la calle Pringles, gustoso de safaris y excursiones de riesgo.

Famoso por sus largos periplos, por atravesar ríos torrentosos y selvas procelosas, Torcuato pasaba meses lejos de su hogar.

Sin embargo, disfrutaba tanto de aquellos viajes de aventuras como del ulterior regreso a casa, y de abrazarse a su esposa y a sus adorados niños.

Pero aquellas travesías, inexorablemente, lo marcaron. Incluso muchos atribuyen a su legendario viaje a través del Sahara la culpabilidad de su delirio de ver espejismos por todas partes.

En aquella ocasión, Torcuato y sus acompañantes, exhaustos y sedientos, imaginaron cientos de veces la cercanía de un oasis; otras decenas de veces creyeron distinguir una caravana con ánforas rebosantes de líquido vital, y en un par de ocasiones pretendieron divisar una estación de servicio YPF ( con minishop y todo ) en medio del desierto más ardiente del mundo.

Más temprano que tarde, aquella vez, Linares y sus compañeros encontraron donde reponerse y – tiempo después – Torcuato regresó a Lanús.

Ya al arribar a Ezeiza, el primer llamado de alerta: Torcuato confundió con camellos a dos motociclistas. Ninguno de sus acompañantes quiso darle demasiada importancia al asunto y atribuyeron aquel desatino al cansancio y a la insolación que todavía debía durarle al querido Linares.

Pero una vez en Lanús, sus síntomas comenzaron a ser más recurrentes.

Y también más poéticos.

Una tarde de lluvia se topó con un amanecer; otra tarde se abrazó a un acorde en SI bemol, mientras bailaba sobre arenas de naufragios en plena calle 9 de Julio. Una noche la luna recitó versos lujuriosos para él y una mañana las flores lo saludaron a su paso.

Una vez vio a Banfield salir campeón.

Y en ese vórtice entre lo real y lo soñado, entre lo palpable y lo imaginario, Torcuato Linares transitaba la vida sin otra pretensión que la de hacerse un viajecito, para luego llegar a casa y abrazar a su esposa, y a sus hijos, y encontrarse con sus amigos de siempre, y viajar; y soñar, y beberse un buen vino, y cada tanto echarse un buen polvo antes de entregarse a una siesta reparadora.

Tal vez por ello fue una mueca maravillosa del Universo, un gesto único y redentor de los funcionarios celestiales, no haberle advertido a Torcuato que el día en que lo encontraran muerto en su cama, aquella mañana de Marzo del ´93, no habría a su alrededor ninguna esposa, ni hijos, ni amigos de siempre, ni flores que lo saludaran a su paso.

Quién sabe si con aquella noble actitud del Absoluto, Torcuato Linares – donde quiera que esté – siga siendo tan feliz como entonces. Como siempre.

Como nunca.

7 comentarios:

  1. Borgeano, humorístico, poético e inevitablemente triste. Al final todo era espejismo, arenisca, camellos de niebla. Me sorprendió. Muy bueno, amigo Edu.

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  2. No lo sé. Acaso el autor no sea otra cosa que un espejismo. Gracias, amigo Jorge.

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  3. Triste vida la de Torcuato. Si toda ella,sin duda, fue un espejismo.
    Como siempre amigo Eduardo, muy bueno.
    Saludos

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  4. es que tú puedes escribir sobre cualquier cosa, cualquier tema, o incluso escribir sin tema, y te tengo que leer; es cómo lo dices, mucho más que qué es lo que dices (quequereque)

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    1. Aunque no lo crea, la entendí, Pirugenia! ja! Un abrazo agradecido

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  5. Buenísmo! copado el relato.

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    1. Muchas gracias por leerlo y por el comentario, Diego

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