29 de septiembre de 2014

Bolivia sin psicosis

PABLO CINGOLANI -.

Esos años en La Paz podía sucederte cualquier cosa. La ciudad, cerril y agreste, no estaba domesticada y era un imán poderoso para una rara fauna cosmopolita. Detrás de la iglesia de San Francisco, sobre la calle Murillo, aún sobrevivían las tejas, los muros, los musgos, los gatos y unos antiguos cuartos que los curas alquilaban para usos profanos. Eran fríos y llenos de sombra. Asustaban. En uno de ellos, un amigo, Jaime Medrano (QEPD; el nombre es ficticio), tenía instalado su negocio de antigüedades.

Jaime era un anticuario no convencional. Era capaz de ofrecerte y de venderte todo. Cuando digo todo es todo: si tu deseabas algo y el no lo atesoraba en esos cuartos centenarios y fantasmales donde se estaba —recuerdo la poca luz de ese sitio, la luz espejeando el rostro de las vírgenes de yeso y los ángeles pintados y me sigo estremeciendo—, simplemente iba por ahí, se desataba y lo olfateaba. Y de tanto afanarse, lo encontraba, yendo y viniendo por esa Bolivia que las carreteras asfaltadas están enterrando en el olvido.

Jaime era un caminante y un buscador, además de pintor ­—un Chagall naif— y medio adivino, medio mago. Lo asesinaron en El Alto, de un cuchillazo en el vientre, hacen ya muchos años, sólo por robarle nada, sus zapatillas, su sombrero, su chamarra de cuero. ¡Pobre Jaime, qué injusto morir así! Cuando lo desgraciaron, como ilustra el Riki, volví a sentir eso que siempre siento en estos casos: que uno debe dejarse de huevadas y vivir nomás, a cada momento y como si éste fuera el último, porque el día menos pensado –o la noche menas pensada, como le pasó a Jaimito-, ¡zas! viene alguien, viene algo —un huayco, el auto de un borracho, un piano desde una azotea— y te despacha para el otro lado y sanseacabó, mi hermano. Rememoro a Jaime Medrano no para desgarrarnos ni hostigarnos sino por este motivo feliz: en sus dominios, en esos ámbitos que supieron de soledades de monje y coros felinos de convento, fue donde conocí a Alan Ansen. Era 1987 o 1988.

¿Alan Ansen? Me dirán: ¿y quién carajo es Alan Ansen? Yo tampoco tenía puta idea quien era el señor Ansen pero eso sucede siempre así, como lo anota monseñor Gurdieff en su Encuentros con hombres notables: es cuestión de intensidad, de carga espiritual y de compartirla. Un día, un yanqui, penetrado por los años pero lleno de energía, ingresó a la tienda de mi amigo anticuario. Recuerdo bien la circunstancia: Jaime retornaba desde Cotagaita, desde el sur, de donde volvió cargado de yerba argentina (a pedido de Carolina), vasijas de barro y amuletos de cobre y unas sublimes botellas de majuelo, que estábamos degustando. Era invierno en La Paz: el sol rabiaba. El yanqui, muy cordial y muy caballero el hombre, empezó a balbucear en español que Bolivia era muy “biutiful”, que la altura era “sou jard”, y que se yo qué cosas más. Le pasamos muy cordiales y muy caballeros la botella de majuelo, jurándole que no había nada mejor que ese elixir contra el mal de puna, y el tipo aceptó y la cosa se fue aclarando: esos gestos, hermanan, y siempre será así, aquí y en cualquier lugar del mundo. Luego, ya en confianza, a punto de abordar el barco ebrio, nos extendió unas fotos: mostraban tabletas para el consumo de alucinógenos. Recuerdo una, con nitidez visual de lince: la coronaba una cabeza de jaguar, y sus dos ojos eran dos hermosas e infinitas turquesas del desierto. Me quedé helado porque era obvia la intención. Todo es todo, pero siempre hay excepciones. Volteé hacia Jaime y lo sentencié con la mirada. Hermano, eso no se puede —le oí decir, seco.

Las tabletas, las cucharitas y los canutos para jalar (cebil y otras plantas) son hermosos. Las conocía por verlas brillar en el museo del Padre Le Paige y sabía otra cosa que me había contado el propio Lautaro Núñez, allá en San Pedro de Atacama, una vez que fui a conocerlo: que los huaqueros las buscan con afán, porque son pequeñas y son fáciles de ocultar y trasladarlas y valen mucho dinero entre los coleccionistas de arte de Hong Kong o de Ámsterdam. Alan se sintió avergonzado, cuando le conté la historia, sorbo de majuelo va, sorbo de majuelo viene. En verdad, el gringo estaba pecando por ingenuo: enterada de su viaje a Bolivia, una amiga le había dicho que le encantaría tener una. La cosa se empezó a desbarrancar hacia el lado que me interesa de esta historia, cuando Ansen pronunció el nombre de su amiga: Marianne Faithfull. Le brinqué al gringo: ¿Marianne Faithfull? ¿La chica de Brian/Mick/Keith/Jones/ Jagger/Richards, la más famosa groupie de los Rolling Stones? Si, contestó Alan, con una naturalidad que no te dejaban dudas, no como esos tipos que te juran que fueron abducidos o recibieron mensajes telepáticos de Buda. Te lo dije: en La Paz, esos años, podía sucederte cualquier cosa.

La mejor parte de conocerlo a Alan Ansen fue cuando nos enteramos quien era verdaderamente el tipo. Era un poeta y un beat, y era amigo y una especie de muleta (a lo Dalí) del más reverenciado de todos los escritores malditos de su generación: William Burroughs. Es sencillo: si uno busca cualquier edición de las Cartas del Yagé (publicado en coautoría con Allen Ginsberg), puede leer que “los autores expresan su agradecimiento a Aileen Lee y a Alan Ansen quienes, en 1953, ayudaron a escribir a máquina y a conservar las cartas de Burroughs, y a Melville Hardiment que más tarde conservó las de Ginsberg”. Esto mismo sucedió con la obra más celebrada de Burroughs, cocinada en Tánger: El Almuerzo Desnudo, un libro que toda alma noble debería leer al menos una vez en la vida. Esto último lo cuenta el citado Ginsberg en otro libro destacable: Los escritores de los escritores. Cuando caí en cuenta de quién era Ansen, advertí que conversar con él era más valioso que mil tabletas atacameñas de esnifado.

La parte sustantiva y que quiero dejar sentada de las conversaciones con Ansen fue más o menos así:

—Alan, brother. Hay una cita que jamás me olvidaré de El almuerzo desnudo. Es cuando Bill se refiere a Bolivia y dice que aquí hay una región sin psicosis y que le gustaría ir allí…

—Sí, la recuerdo—me sorprendió la afirmación de Alan y más aún esto que agregó: —la tenía en mente cuando vine para aquí.

—¡Guau! ¡Qué bueno! Ahora, decime esto: las cartas de la ayahuasca se terminan en Lima, y allí Burroughs se emperra y dice que se quiere ir de inmediato porque no aguanta más a la ciudad. Lanza varios destinos posibles: Pucallpa, Tingo María, Talara, Panamá…

—Sí, sí—me interrumpió Ansen—también lo recuerdo… Jaime, brother, pásame el majuelito. Pablo: ¿qué mierda quieres saber?—fue tan directa la pregunta que todos nos reímos.

Tomé aire, tomé todo el aire que pude y le lancé mi conjetura:

—Escucha (en realidad, dije: lisssen…): cruzando la data del libro del yagé con el deseo expresado en El Almuerzo…, y tomando en cuenta que Burroughs anduvo desaparecido algunos meses desde la última carta de Lima, a principios de julio de 1953… mi hipótesis es: ¿no habrá venido a Bolivia?

Alan me miró con asombro. Devolviéndole la botella a Jaime, le dijo por lo bajo (pero lo oí): “este cabrón es bueno” y luego me encaró y respondió con aplomo: —sí, Burroughs vino a Bolivia, pero sólo a un puerto, a un lugar en el Lago Titicaca a dónde llegaban los barcos… ¿cómo se llama?

—¡Guaqui!—gritamos Jaime y yo.

—¡Guaqui, yes!—gritó a su vez el Alan.

La historia era buena y era añeja, de un tiempo que ya se había ido. Eran los días que existía la Flota del Titicaca, los barcos a vapor que salían desde Puno, en Perú, cruzaban el lago por la noche y llegaban hasta Guaqui en la mañana: muchos pasajeros desembarcaban y luego iban en vehículo hasta La Paz. Hay relatos de viajeros, durante gran parte del siglo XX, que elogian siempre la buena comida y el bar surtido del barco, la amabilidad de capitanes y tripulación y el esplendor del amanecer con la Cordillera Real de los Andes vista desde la borda. Burroughs había abordado una de esas naves míticas. En su carta a Ginsberg, la carta boliviana que debió ser incluida en The Yagé Letters, Burroughs contaba de su arribo a Puno, de su emoción al saber que viajaría en un barco a semejantes alturas y de la tremenda borrachera que se alzó con otro pasajero, un arqueólogo finés, y de cómo se descompuso y se desmayó al llegar a Guaqui. El capitán del barco lo advirtió tan vulnerable que no lo abandonó y más bien lo retorno a Puno, donde Burroughs pasó unos días hidratándose con sueros en el hospital local. De allí, volvió a Lima, y de allí a casa.

Quedaban dos interrogantes: el destino de la carta y el arqueólogo finlandés. Alan Ansen, me miró con cara de obituario, y sentencioso contó cómo esa carta se había quemado una noche de LSD, Grateful Dead y pesadillas. Eso nos narró esa vez, esos años, el 87, el 88. También nos dijo esa vez que el que sí había llegado a La Paz había sido Allen, que incluso había un poema que andaba por ahí que la aludía.

Algunos años después, recibí una carta, otra carta, en mi casilla de correos. La había franqueado Alan Ansen y estaba firmada en Venecia. Alan, celebraba la memoria de nuestros encuentros con Jaime en los cuartos, y se entusiasmaba: recordé —anotó con una caligrafía muy prolija— a qué venía el dichoso arqueólogo de Helsinki a Bolivia.

Burroughs había escrito algo así en la carta que se volvió ceniza: X. va para Bolivia para internarse en la tierra de unos brujos, unos chamanes, que conocen más de plantas que ningunos otros en el mundo. No hay dudas —esto lo afirmo yo— que esa tierra de brujos no era otra, no podía ser otra, que la región Kallawaya, esa “región de Bolivia en la que no se dan psicosis. Gente cuerda del todo en esos montes. Quisiera ir allí antes que se eche a perder con alfabetizaciones, publicidad, televisión y automóviles.”, tal y como lo publicó William S. Burroughs en El almuerzo desnudo, el año 1959. Fin de la historia.

Fotografía: La Paz desde El Alto.

3 comentarios:

  1. Nada como el tiempo que paso, ahora las ciudades son un caos total

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  2. Buenísimo. Lo leo y releo y cada vez me gusta más. Un abrazo fuerte, querido Pablo.

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  3. Biutiful, sin que importe cómo se escriba correctamente, porque la palabra en Spanglish pega bien con tu Bolivia post-gringo Alan. Como Muzam, lo leo y releo. Bien caminado.

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