27 de octubre de 2014

Dubois, letra que con sangre entra (tercera parte y final)

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Habíamos dejado al tal Emilio Dubois Morales sentado en una banquillo en el patio de la cárcel (recordémoslo: aventurero de origen francés, de mostachos y barba puntiagudos, radicado en Valparaíso, acusado de robo, intento de robo, injurias graves y homicidios), con restos de puro entre los dedos, dándole la espalda a una muralla de ladrillos del antiguo Almacén Central de Pólvora (perdón, ese detalle es nuevo, agreguémoslo), justo en esos segundos (¿rápidos?, ¿lentos?, sólo él habría podido precisarlo pero no le alcanzó el tiempo) en que sentía (¡y vaya cómo!) las balas del pelotón de fusileros perforando su cuerpo hasta desvanecerlo delante de decenas de espectadores.

A diferencia de otros fusilamientos, los cronistas consignaron una muerte inmediata, sin necesidad del tiro de gracia. Previniendo el eventual sentimiento de simpatía hacia el condenado –alimentando por rumores como el desaparecimiento de un supuesto testigo clave que iba a declarar en su favor y por la inusual premura de la justicia chilena por concluir el proceso lo antes posible-, las autoridades planificaron un itinerario breve y programado. Ubicación del cuerpo dentro de un ataúd, traslado en una carroza hasta el Cementerio Número 3 de Playa Ancha, entierro en una tumba anónima arrendada por el período de un año -previa colecta del Patronato de Reos-, nada de ceremonias, todo con la intención de provocar el olvido.

Vanos esfuerzos.

Letras oportunas

Inspirados en la figura de Emilio Dubois, varios escritores dieron tiraje a las imprentas en los años venideros con obras de diversa óptica y estilo, unas con carácter documental, otras especulativo, algunas reivindicativas – literarias y la mayoría con inclinaciones moralistas.

Mientras los hechos aún estaban frescos en el recuerdo de los porteños, un par de publicaciones intentaron sacar provecho de esta contingencia, una de ellas de extenso título: "La verdadera historia de Dubois: las memorias del célebre criminal: su vida en Francia, Inglaterra, Venezuela, Perú, Bolivia y Chile: sus compañeras Úrsula y Elcira”, firmado por E. Tagle M. y C. Morales F, aparecida en Santiago en 1912. Los autores, con la excusa que su fuente correspondía a un manuscrito que llegó hasta sus manos de terceras personas (se referían a Úrsula Morales y Elcira Marín, ambas amantes del francés; la primera, de nacionalidad colombiana, casada con él un día antes del fusilamiento y madre de su hijo; la segunda, una chilena que conoció en sus vagabundeos por Valparaíso) dieron rienda suelta a la imaginación a partir de hechos que los medios escritos ya había publicado. ¿Su aporte?: más cucharadas soperas al guiso mitológico del personaje.

La segunda publicación corresponde a “Emile Dubois: Relación verídica de sus crímenes y aventuras”, de Inocencio del Campo, aparecida en Valparaíso en 1907. Vale la pena detenerse en el nombre del autor, pues se trataría, según la versión del escritor Abraham Hirmas, de uno de los reos que intentó convertir a Dubois en el cabecilla de la fuga masiva desde el interior de la cárcel, tras el terremoto de 1906, y que habría muerto acribillado por los disparos de los guardias del penal (lo que hace sospechar el carácter apócrifo del texto).  Al percatarse que el control del motín era algo inminente, el francés habría optado por desertar del movimiento. Para algunos, su decisión se debió al convencimiento de que la justicia acabaría devolviéndole la libertad y, para otros, a la idea de no agravar aún más su comprometida situación. En ambos casos, el mote de “traidor” rondaría la figura de Dubois, en desmedro de su perfil heroico y pese a la molestia de sus acérrimos defensores, que aún no son pocos en el puerto y en el resto del mundo. 

Del Campo señaló que tras el cataclismo –en redacción similar sino idéntica a una crónica de El Mercurio de Valparaíso del 25 de agosto de 1906- el penal fue presa de tumulto, destrozos y fugas. “(…) se dio orden de hacer un rejistro (sic), encontrándosele (a Dubois) debajo de unas latas completamente transformado, y abrigado con un poncho. Además, se había afeitado la pera, para desfigurar el rostro. Los grillos y las esposas habían sido limados. Interrogado en el acto, contestó que un compañero de prisión le había proporcionado un poncho y un sombrero y que había hecho limaduras; pero que no tenía intención de fugarse”.

Agregamos una tercera publicación de la época, "La catástrofe del 16 de agosto de 1906 en la República de Chile", aparecida en Santiago el año siguiente del cataclismo, firmado por Alfredo Rodríguez Rojas y Carlos Gallardo Cruzat, donde tangencialmente se aborda el caso Dubois en un estilo documental, sin aportar información adicional a lo ya sabido o inventado por otros escritores.

Pasadas las décadas, las publicaciones sobre Emilio Dubois no se dieron tregua: “Valparaíso” de  Joaquín Edwards Bello (1963, crónicas); “Los más sensacionales crímenes de Chile”, de Claudio Espinoza Molina (1966), de lectura dinámica y apasionante, no sólo del caso Dubois sino de los restantes contenidos en el volumen; "De las memorias del Inspector Cortés", del ex detective René Vergara, (Santiago en 1976); el documento “Memoria para optar al título de abogado” de Ventura Maturana (hombre fuerte de la policía política del ex dictador Carlos Ibáñez del Campo); la obra de teatro autodefinida como costumbrista y policial titulada “Drama histórico nacional en un acto y seis cuadros, escrito especialmente para el Circo Popular de la Empresa Díaz y Campo”; la lira popular “Triste fusilamiento de Emilio Dubois en Valparaíso” del poeta Daniel Meneses; las crónicas periodísticas de Claudio del Solar aparecidas en el diario La Estrella de Valparaíso con el título de "El criminal del siglo. Vida, amores, crímenes y el proceso Dubois basado en archivos y testimonios de la época” en 1981; y la investigación “L’ Animita” de Oreste Plath de 1993.

A este registro vale la pena agregar la publicación del cómic “Apócrifos del Caballero Oscuro” (2012), de Germán Adriazola, donde Batman combate el crimen dentro de nuestras fronteras. En uno de sus capítulos, Batparaíso, el héroe es encerrado en un closet por el Guasón y aparece en el Valparaíso de 1906, cuando el dentista Charles Davies es atacado por un desconocido en la entrada de su consulta y residencia. El hombre murciélago se suma, de esta manera, a la captura del malhechor de mostachos y barba puntiagudos.  

Una evolución respecto a la imagen del -a estas alturas- legendario Emilio Dubois la entregó el libro de crónicas “Valparaíso, el mito y sus leyendas”, de Víctor Rojas Farías (2001). Superando la mera recopilación de antecedentes (algo presente en las mayorías de las publicaciones sobre el tema, con una que otra variante menor), Rojas Farías se adentró en las múltiples facetas que le ha otorgado el imaginario colectivo de Valparaíso al personaje y que detallamos a continuación:

1. Ladrón de origen francés, elegante y cordial, que repartía entre los pobres el producto de sus robos. Una vez fallecido se volvió animita milagrosa para necesitados y menesterosos;

2. Poeta y pintor francés enloquecido quien, en su afán de crear una obra única, decidió convertirse en artista del crimen, pagando con su vida semejante delirio;

3. Aventurero galante y heroico quien, al radicarse en Chile, cayó en una trampa tendida por la policía con el fin de acusarlo de una serie de asesinatos. Esta versión es avalada por la historia de tres sujetos de apellidos Grossi, López y Martínez, todos detenidos y confesos del homicidio de Ernesto Lafontaine, en Santiago, antes de la captura de Dubois en Valparaíso. Cuando este último estuvo en manos de la justicia, se le atribuyó la muerte de Lafontaine, junto a las de los comerciantes porteños Challe, Titius y Tillmanns, estableciéndose la inocencia de los tres detenidos iniciales.  A partir de este antecedente, la historia tiene su revés: se dijo que los supuestos problemas físicos de los tres sujetos –Grossi era un anciano de débil contextura, López era manco y Martínez tenía varias costillas hundidas- volvía inverosímil que fuesen los autores del crimen de Lafontaine, por lo que las confesiones habría sido obtenida mediante torturas.  Para aumentar el nivel de la tragedia, hubo versiones que señalaban que Grossi y López fallecieron en la cárcel de Valparaíso un día antes de ser puestos en libertad, sepultados por un derrumbe durante el terremoto de 1906;

4. Una persona santa y endemoniada, primero elegante y cordial, luego descuidada y hosca, enferma crónica que asesinaba bajo un estado de sonambulismo;

5. Un francés elegante y aristocrático que seducía y luego asesinaba señoritas porteñas por el solo placer de presenciar los gestos de dolor de las moribundas. Ya fallecido, comenzó a conceder deseos pero en representación de Satanás, con la correspondiente condena de quienes deciden invocarlo.

Novelas

A nuestro juicio, los mayores aportes literarios a este truculento pasaje de la historia del puerto corresponden a tres novelas de escritores chilenos: “Emilio Dubois, el genio del crimen”, de Abraham Hirmas (1967), “Todas esas muertes” de Carlos Droguett (1971, Premio Alfaguara, España) y “La vida privada de Emile Dubois” de Patricio Manns (2004).

En la primera novela, el periodista Abraham Hirmas desplegó su talento como narrador de prosa rápida, en un estilo limpio, lineal y fluido, evitando una toma de posición demasiado evidente, pero con tendencia compasiva hacia las víctimas, constituyéndose en una herramienta fundamental para conocer los hechos precisos del caso. “En una de esas tibias noches nace Luis Brihier Lacroix en el luminoso mes de abril de 1868. Mientras su padre, José Luis asomado a la ventana, sueña con el porvenir del recién llegado y confía en que será herrero como él o pescador como sus amigos, su madre, María Rosa, duerme enervada por el sufrimiento. Ninguno de los dos imagina que el pequeño será, con los años, uno de los criminales más despiadados que registra la historia policial del mundo”.

Por su parte, el Premio Nacional de Literatura, Carlos Droguett, en el estilo denso, torrentoso y acumulativo que caracterizó toda su obra, asumió como propia la historia del aventurero francés, como una suerte de alegato en contra de la opresión de los poderosos. “Dubois no fue un asesino vulgar. Lejos de eso. Hay en sus asesinatos –y los hemos recorrido pacientemente- una dignidad esencial, la misma que se encuentra en los grandes artistas, escritores, pintores, músicos. Si hubiera tenido a mano una pluma hubiera sido un novelista psicológico; pero la fuerza que sentía desarrollarse avasalladora en él no encontró mejor plano en qué emplearse que el cuerpo humano, que el alma humana a la que tenía siempre presente y cuya soledad lo atraía. El cuidó siempre la perfección y la mesura en su difícil trabajo; odiaba los gritos de terror de las víctimas, los estertores de la agonía, los movimientos últimos, evidentemente ridículos, torpes (…); por eso sus hechos eran rápidos, relampagueantes y limpios. Su odio a la grandilocuencia, su desprecio por la palabra simplemente exterior, le hizo abandonar el teatro y por eso no se quedó en la literatura y siguió caminando hasta que bajó hacia la ciudad". Esa ciudad era Valparaíso. 

Finalmente, Patricio Manns, en “La vida privada de Emile Dubois”  desarrolla a modo de ucronía, una historia paralela, tal vez más rica y completa que la real, del paso del francés por Chile buscando hacer justicia por sus propias manos al abuso y la usura: “Dubois parecía un hombre muy especial. Había llegado a Valparaíso cuatro años antes, en 1900, procedente de Buenos Aires. Se sabe que nació en Valensole, cerca de Manosque, al norte de Aix-en-Provence, en el mediodía francés, pero él no entregó jamás indicios de lo que fueron esos años de su vida ni la razón por la cual, en algún momento de su juventud, pasó a España, radicándose en Barcelona o, al menos, en Cataluña. También se ignora cómo y cuando llegó a Buenos Aires, y por qué razón decidió instalarse en Valparaíso. Alto y delgado, poseía una fuerte contextura. Llevaba barba y vestía con atildada elegancia –y mucha propiedad- sus finas camisas de punto, sus chalecos de bellas líneas, sus pantalones de fantasía y sus botines de cabritilla. Combinaba todo aquello con una capa negra o un capote oscuro, guantes blancos y un alto sombrero de fieltro”.

Cierre


Si aún, amigo lector, queda con gusto a poco en esta revisión del legado histórico - literario de Emilio Dubois, sólo podemos agregar que, al igual que en el caso de los escribientes, aquella construcción del cementerio de Playa Ancha contribuye al recuerdo del francés aventurero, aunque sea según lo imaginado por cada uno de los visitantes que ascienden hasta donde el cerro, la tierra y el mar confluyen. Se trata de un lugar simbólico, en todo caso, pues los restos de Dubois, al año de vencerse el arriendo del espacio, fueron depositados en una fosa común hoy desparecida. La tumba que existe en la actualidad, moldeada con insistencia por el viento, a pesar de no contar con osamentas, restos ni polvo de cadáver alguno, ha sido, es y seguirá siendo el escenario para la devoción popular.

4 comentarios:

  1. Que manera de mover el mundo literario la historia de Emile Dubois. Además, la forma en que entregas tu relato Claudio, nos invitas a seguir conociendo mas de este personaje desde otras miradas, especialmente las de los tres últimos autores que citas (Hirmas, Doguett y Manns).

    Un abrazo

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  2. Don Claudio, usted sabrá la dirección exacta del primer asesinato en calle Huérfanos?
    Saludos

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    1. Eduardo, he tratado de averiguar ese dato, pero, hasta ahora, no he podido dar con él. Apenas sepa algo, le aviso.

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  3. Anónimo1/2/17

    A mi parecer, la novela de Hirmas no constituye ningún aporte. No pasa de ser un plagio descarado a la obra de Inocencio del Campo. Páginas enteras copiadas textual, y cuando el autor pone de su cosecha, nos entrega datos falsos y equivocados. El crímen de Lafontaine fue en Huérfanos 865. Saludos

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