23 de septiembre de 2014

El pozo/MADRID-COCHABAMBA (Cartografía del desastre)

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

He almorzado con mis fantasmas, amablemente, con tenedor y cuchillo. El arroz estaba en punto; la salsa de habanero también. Hasta nos hemos pasado la servilleta y deseado las buenas noches.

Soñé que el poncho de mi padre, que fue de su padre y que para Emily será del suyo estaba en el congelador. Desperté y lo busqué. Cierto. Extendí su campo gris con bordes blancos, tejido en kaitu diminuto. Entre sueños y fantasmas me he acostado. El sol brilla ahora sobre los troncos cortados de los árboles llorones de corteza clara, en el hemisferio norte con augurio de invierno.

Cochabamba vaga por mí como si fuese yo la herradura. Trepan las mulas por los costados y siento el retumbo de la tierra con violines de cascajo. Entre eucaliptos, entre qhewiñas que a manera de gárgolas se asoman al valle abajo.

Había una chichería en Tiquipaya. La calle no me acuerdo. No tenían nombre las calles. Vid enroscada en molle. Pendón rosado y clavel blanco. Casi postal de bucolismo cochabambino, con cántaros enterrados quince centímetros en el suelo, igual a Illataco, con intención de mantener la chicha fresca.

Jugando al sapo. Pesados tejos de plomo. El batracio que parece croar, subido en pedestal de madera. Primero asoma la tarde. Las uvas toman ese sol de costado, así besaba Judas al crucificado. Los vasos se suceden. La chicha de entrada viene buena, después mala, tercero asquerosa, cuarto ya no importa y en el crepúsculo se acalla la música de los tejos acariciando los labios del sapo. Hay una mesa, grande, con un mísero foco caído desde un cable que imita una serpiente famélica. Alrededor discutimos, cantamos misk’i imilla a ritmo de rocanrol.

¿Había mujeres en aquella chichería de Tiquipaya en una calle sin nombre? Seguro que sí. Ellas ponían el perejil al picante y algo de sosiego en las tragedias que nos inventábamos. Era chic ser maldito, y luego poeta. Les gustaba: una pizca de Marx, otra de Malraux, y, para terminar, y acabar amamantando de un pezón sobre el que moría el sol, un verso mal traducido. Para entonces la chicha ya olía a mierda, sabía a mierda. El pendón rosa estaba dormido. La patrona redonda como repollo dormitaba. Canes delgados buscaban sobras, como si nosotros los pobres fuésemos a dejar nada, a no disputárselo a los perros. Noche cerrada. Ni siquiera brillaban los dientes, o los ojos. Cosa de somalíes esa, de congos, de mandingos… los mestizos no brillamos, de día somos marrones, más tarde opacos.

Un vaso de metal con agarrador, aluminio -creo-, raspaba el fondo de los cántaros para aprovechar la borra. Nos la entregaban, aguada, con chorro de alcohol blanco para satisfacer la sed aunque debiéramos decir hambre. La guitarra tenía las cuerdas inflamadas, tripas de chorizos tarateños. Dedos, uñas, hasta la boca que chupaba la teta de la pietá, gesticulaban, se movían de forma extraña. Rac, rac, la borra no fallecía, se reinventaba. La necesidad abría braguetas, allí mismo, y desde una linga flácida se derramaba orín. Bucolismo cochabambino… en la oscuridad se habían borrado fronteras, nombres, amores, amistades. Soliloquio colectivo.

No sé cómo, pero lo hice, me levanté y me dirigí al cartel que rezaba baño. Sin puerta, un corte rectangular en una pared. Tropecé con un promontorio sin prestar mayor atención. No había canales de azulejos para mear y ver correr el líquido en medio de carnes y zanahorias. Solo un gran círculo en el piso. Creí era eclipse total y caí en cuenta de mis falencias astronómicas. Sobre la boca, un madero, no de pino porque es blando. Otro. Dos metros de largo y treinta centímetros de ancho. Un puente colgante al menos tiene de dónde sostenerse, hay costados de soga. Este no. Pienso ahora en Krakauer, en los alpinistas del Eiger, y no se hubiesen animado allí. Lo que es peor, porque alguna luna brillaba, es que abajo, a unos metros en la profundidad, algo putrefacto de lomo espinado se movía. Hablaba en lengua gutural y en verdad creí que tragaba. Un ser tragando constantemente, sin pausa ni sincronía.

Retrocedí y volví a chocar contra el promontorio. Pero necesitaba cagar y eso exige por encima de cualquier amor y me decidí. Avancé. Pensé en los cuentos de niño de la revista Epopeya, en Mungo Park y me lancé tambaleando. Bajé con dificultad los pantalones, ya ni tenía calzón, lo empleé antes, a la intemperie, para limpiar un culo que con semejante chicha se ensuciaba a menudo. El maizal quedó como una lavandería, seguro, al día siguiente, con tantas personas de tripas movidas.

El monstruo hablaba. Y saldrán a seducir a las naciones Gog y Magog… Había una chichería en Tiquipaya de la que ni recuerdo el nombre. Pero estuve allí, sobreviví a mitos más espantosos aún que los del escritor de Providence.

Mientras salía, no eran ni las diez, el bebé de una empleada gateaba hacia el eclipse. Pude lanzarme, detenerlo, agarrarlo, salvarlo. Pero la luna me tenía hechizado. El monstruo engulló, hubo un sonido satisfactorio y no vi al infante de nuevo. Gateé a mi vez hasta la mesa. Las chicas abandonaron; los amigos tenían la mandíbula caída sobre el pecho, babeaban. Estábamos derrotados pero el pozo engordaba, se cebaba de nosotros.


28/08/14

Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur-Chuquisaca), 23/09/2014

Fotografía: Martín Chambi

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