3 de septiembre de 2014

Ver nevar

PABLO CINGOLANI -.

Eran las cuatro y media de la noche en la ciudad de El Alto. Noche cerrada, noche deshabitada, sin ángeles a la vista. De repente, empezó a nevar. Un velo ensoñador cubrió el ambiente. La noche vaciló y se licuaba frente al fulgor de millones de pequeños diamantes cayendo, bailando, atrayendo hacia sí la gracia, el aliento transparente de los dioses, la sensación de infinito.

Ver nevar es balsámico, cura, cicatriza, procura luz: uno siente que el mundo se detiene y que en esa hipnótica danza se concentra toda la belleza del universo. Uno siente que toda la emoción está allí, desatada pero mostrándose tan pero tan suavemente, que nada contradice el hecho que el momento se vuelva una eternidad de palpable paz e iluminación.

Uno puede tocar tanta luz. Uno siente que el mundo quiere decirte algo y que sí: te lo dice, te lo está diciendo mientras ves caer la nieve.

Es que la nieve te devuelve la fe, te refresca la sensibilidad, te inspira en lo más hondo.

Es el hecho de verla caer y que algo tan efímero, algo tan sutil, algo de una fragilidad extrema, se vuelva tan potente, tan tenaz y tan capaz de hacerte asumir el hecho como irrepetible y como invencible.

La razón es demolida, se evade y todos tus sentidos confluyen en el acto imperioso de ver nevar. Ver tanta maravillosa grandeza de la naturaleza. Ver nevar como negación del dolor. Ver nevar como la abolición de la maldad, así sea sólo por ese impulso extático que tu corazón sabe y buscar perpetuar.

Ver nevar como afirmación de esa magia que habita toda realidad aunque esa misma realidad la niega, la desmerezca, la exilie de nosotros. Ver nevar como ver el mar. Ver nevar en silencio y sentir el ensimismamiento del mundo, sentir su encanto, dejarse hallar por su osadía.

Nieva, y no hay nada más que hacer que asistir al suceso, que dejarse llevar por el ritual, que ampararse en el sosiego, en esa calma que late desde afuera hacia adentro y que te inunda de tal regocijo que no hace falta que te diga más.

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