29 de septiembre de 2014

Virtudes y desolaciones

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Hay compañías que no hacen exigencias, ni proponen condiciones, tampoco velan por acuerdos, jamás reclaman compensaciones. Están allí, celebrando un viejo, inacabable pacto sin testigos, libre de arras y de aspavientos de fidelidad. Pareciera que su manera de estar, su naturaleza, no fuera otra que acompañar. De cuando en cuando un destello que ilumina la conciencia, se instala en el alma y la enriquece de asombros. O la oscurece por la revelación del dolor y las deudas del duelo.

Entre las presencias de acompañar, parece la de la poesía un sigiloso privilegio. Sus maneras de estar no imponen. No invaden. Sutiles esperas incansables que en un instante cualquiera ofrecen su misterio, sin subastas. No padecen desdeño y como han abolido el tiempo y sus precarias angustias, entonces la vejez no existe. Ni nada que no sea un completo y vivo presente en revelación permanente. Como corresponde a la ambición de los seres y a la poesía, quizás ésta su único talismán contra las ferocidades de la estupidez y de la muerte.

La poesía permite repasar las edades de la vida y ver allí la nuestra como una aventura, a veces descuidada, que en el acto de acompañarse, ahora, arroja sentidos y riesgos que la dignifican, fortalecen el deseo de atravesar las realidades, su espesura de absurdos, sus lamentos de injusticias. Deseo que traspasa y modifica. A ese todo, tantas veces despreciado como ajeno, ahora le surge la tibieza de manos que no piden, ni agreden, ni bendicen, ni roban, apenas manos que se toman para percibir un pulso nuevo, de amorosa cadena escogida y sin candado. Manos que transmiten la incomprendida telegrafía del tumultuoso golpeteo del corazón. Mensajes sin código que se pierden en la solitaria vigilia de algunas noches, tan llenos de enigmas. Saltarines o lentos; amordazados o en torrentes. Sin clave morse la poesía los desentraña. El viejo corazón humano, calumniado y en estos días, mientras los militares tocan el kepis con su mano, los civiles ponen la suya en la frontera externa del corazón, y él se detiene.

Sentir que el todo, el anhelo de una comunidad total, es un conjunto de poderosas particularidades, que la búsqueda de lo general no es el croquis de la uniformidad, y el aburrimiento de un común sin matices, es posible en las compañías de la poesía.

Sin recomendaciones de salvación, sin las promesas de remedios del doctor Lobb, infalibles en 1914, a la poesía hay que dejar que se anuncie. Ella sola con uno solo. Sin el maestro, confesor, ni experto. Esta vez, la vista cansada de repeticiones, recorre como caracol que deja su baba, las vidrieras de librerías, o estantes con el polvo de la luz, o la carreta del librero que queremos, y hay un guiño: ese es el tuyo. Sin duda, no habrá arrepentimiento. Te revolverá la vida para bien y para mal.

Así, leo a Adam Zagajewski y me susurra el traje negro de Tadeusz Kantor.

Imagen: Adam Zagajewski

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