8 de octubre de 2014

Echale tierrita

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Los historiadores y los buscadores de folios perdidos, de ciudades escondidas y objetos misteriosos como esos espejos que conservan por siglos las imágenes de cuánto se vio en ellos, aseveran, y les debe asistir razón, que nuestra nación es joven.

Esta idea de poca edad la derivan de haberse internado por años en los andurriales de ese cúmulo de tiempo amontonado y sin dirección que llaman historia. Ciudades en ruinas, bibliotecas incendiadas, templos abandonados, cementerios sin ángel y sin nombres, emblemas desconocidos, y el antiguo olor a sangre de crímenes en la oscuridad y matanzas a cielo abierto.

A veces el mar con su ritmo de indiferente eternidad, limando secretos en el fondo.

Sin embargo la asignación de edad, con pocos años comparativamente, a un país, a su régimen político, sirve de explicación y acaso de excusa, cada vez que se critican las deficiencia de las instituciones que soportan y desarrollan la forma escogida de Estado o gobierno; o de argumento para pedir comprensión cuando el horror y el asco hacen revulsiva la vida.


Algo de lo anterior se puede mirar en el discurso de Estocolmo del Nobel Gabriel García Márquez. Se refiere allí al extenso recorrido con intolerancias, guerras, violencias de los pueblos de Europa para llegar al estadio institucional en que se encontraban en ese momento, 1982. La referencia le permitía al escritor reivindicar, para América Latina, la libertad de encontrar su destino en medio de procesos de semejante o particular impiedad y torpeza.

Sin embargo esa Europa rememorada está hoy en uno de los atolladeros de la historia, amenazada y con un ideal de sociedad endeble, a punto de hacerse pedazos, sin respuestas convocadoras y cargadas de las potencias de la ilusión. Quieren darle la razón a esa frase de repentina certeza, dicha por uno de los personajes de Cien años de soledad: el tiempo da vueltas en redondo.

A partir de iguales recuerdos, a pesar de lecturas apresuradas de Rousseau, Montesquieu, los años de nuestra América, desde la creación, nos ofrecen el privilegio de no repetir un curso desdichado en la conformación del país, en la idea del Estado, si queremos insistir en su fatalidad.

Por ello, tal vez, resultan fastidiosas la gastada palabrería de otra vez reformar, cambiar, ajustar, en procesos infinitos, la justicia, el congreso, el ejecutivo. Como si la existencia social quedara reducida a crear un orden que deja intacta la anomalía. Un juego de formalidades sin propósito que no conducen a nada. Que deforma más lo que arropa. Que cansa por inocuo. Que mortifica por absorber el dinero de los impuestos sin misericordia alguna. Es de suponer el sentimiento de frustración que aplasta a quienes se engolosinaron en la voluntad popular, los votos vendidos por bicocas y ahora claman por imponerlo obligatorio. Subirá el precio. ¡Viva la paz!

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