20 de octubre de 2014

Simplemente desgarro



PABLO CINGOLANI -.

para M.M

a Pablo S,
que acaba de partir
in memoriam.

Busco paz al fondo de la quebrada. Es un lugar agreste, (casi) salvaje. No hay ruidos de coches, no hay carteles que te impongan nada, no hay señal de teléfono móvil, no hay basura. Sobre todo eso: no hay un gramo de basura. No hay ni una pizca de desperdicio humano que demuestre lo que somos: una sociedad que consume y vomita, una sociedad desechable, que se arroja a sí misma en una botella de plástico sin ningún mensaje adentro: ni siquiera auxilio pedimos.

Voy a los cerros o voy al fondo de las quebradas, sobre todo por eso: por no ver basura. Camino y camino, subo y subo, viendo cómo voy dejando atrás el horror; primero verdaderos y asquerosos basurales sin vergüenza, pudriéndose y pudriéndonos a simple vista: ver la basura, ver la clase de basura que botamos, me habla, me grita la clase de insensatez y de desprecio que nos domina. No hay ninguna magia en la basura: es pura mierda pura, es imposible encontrar belleza alguna, es imposible sentir la belleza si no la aniquilas de tu alma –sino ella, la muy insolente, te aniquila a vos.

Llega un momento donde te das cuenta que la basura ha quedado atrás. No hay más basura: sólo piedras, sólo viento, sólo el espacio atrapándote, sólo el espacio abandonado –o el agua abandonada, cantaba Djavan- que se vuelve tuyo, propio, entrañable. Venimos de ahí, mi hermano, venimos de ese espacio no intervenido, no contaminado, no poseído por nadie. Espacio libre (aún), pero cercado a la vez por los cien mil jinetes apocalípticos, por los cien mil millones de jinetes desalmados (¿Quién dijo que eran cuatro?); espacio propio, y ajeno desde ya: espacio negado, espacio que nos niegan. Espacio físico (¿Acaso no lo ves?), espiritual (¿Acaso no lo sientes?). Espacio místico que nos niegan.


Te alejas de la basura, encuentras las piedras: de las tinieblas a la luz, de la vida desdichada a la vida victoriosa. Para desmentir al pastor (que todos llevamos dentro), he aquí la fórmula: fervor, emoción y Jack Daniels. La culpa, ¿sabés? La culpa es basura.

Entonces, te sucede. Te das cuenta. Vos me dirás: ¿me doy cuenta de qué? te das cuenta que habitas un santuario, que has logrado entrar –superaste a los mil pulpos, engañaste a los mil ogros, derrotaste a los ejércitos invisibles del odio profanador, no sucumbiste a lo vano en vano. Otra fórmula: pasión y astucia y siempre Jack Daniels.

Confieso: voy por esos andares geográficos –un cerro es un cerro- por el simple hecho de seguir trazando mi mapa, pura cartografía del alma, pura búsqueda del desenlace del destino, así sea agosto o sea marzo, así llueva o muerda el sol, así vaya siempre a los mismos sitios o no sepa nunca a donde voy.

Lo que siempre encuentro allá arriba, lejos de la basura, en el espacio abandonado que hago mío, es la verdad de la verdad, es la madre de todas las verdades –el tesoro de los tesoros- y es obvio que soy incapaz siquiera de describirla. Diré, que acaso, esa verdad, esa verdad tan antigua, esa verdad tan de hiedras, se me antoja parecida a una piedra. No a cualquier piedra. No a cualquier piedra. Sino a esa piedra que, de repente, brilla ante tus ojos, lejos de la basura, lejos de todo lo que te mata y te niega, y es capaz, la mera piedra, la pura piedra, de develarte todo y nada de una sola vez. Por decir: el secreto de las piedras. ¿Me seguís?

El secreto que guardan las piedras, el secreto que te está esperando guardado en esa tu señalada piedra, no es ese gran secreto que esperan todos. No es la posibilidad de vivir eternamente como deliró Alvar Núñez Cabeza de Vaca tras atosigarse de cáñamos, ni la conexión con seres de otras galaxias. No es tampoco la lotería ni menos que menos son sueños feroces de codicia, de lujuria, de más neurosis.

El secreto de la piedra es el sueño de la piedra. Y el sueño de la piedra es bien simple. El sueño de la piedra es tan simple que es contundente. Es tan potente que puede asustarte o halagarte, eso dependerá siempre de vos. El sueño de la piedra, no de cualquier piedra, sino de esa piedra, es que vos te conmuevas con ella. Es que vos la sientes, sientas a la piedra. Y sientas, por sobre todas las cosas, sientas la paz de la piedra. Sientas su paz. Ese es el sueño de la piedra. Estar ahí, estar ahí por siempre, para conmovernos. Estar ahí, estar ahí eternamente, para que la sientas. Estar ahí, estar ahí sin rendirse jamás, sólo para que sientes y te conmuevas con su paz.

Te digo: esta re-significación existencial de las piedras es (lo creo así) muy necesaria, muy urgente.

Vivimos en un mundo que hace culto a la desolación, simplemente desgarro, sin faros que iluminen los océanos del sentimiento (porque el corazón no paga, la emoción ya pasó de moda) pero no por eso, vamos a darles el gusto de suicidarnos por la sociedad. No somos Artaud, mi lord, ni queremos serlo.

¿Por qué seguir el camino de espinas que sepultó a Jim Morrison? King Lizard está oculto en una piedra. La revolución está dentro de una piedra. Inkarrí late dentro de una de ellas. Sólo es cuestión de encontrarla. Puede parecer delirante y claustrofóbico todo esto, pero no. No es así.
Llueve, llueve en la montaña, y la lluvia, vos sabés: la lluvia es anticipatoria, como creen los aymaras, como cantaba Peter Gabriel.

Tal vez sólo se trata de esto: cuando digo piedra digo poesía. Cuando digo espacio abandonado, digo poética. Cuando no digo nada, es que no digo nada o es lo que vos tenés que decir o lo que ustedes tengan para decir. Aquí viene el discursito del futuro y la verdad: el discursito del futuro me chupa un huevo, Sólo existe el momento eterno, y las piedras que son la mejor manera de entender/celebrar esa metáfora. Otra manera de decir Rolling Stones u otra manera de decir José María Arguedas u otra manera de decir lo mismo: lo que ustedes digan.

Porque no hay más nada que decir que no se haya dicho. No hay más nada que inventar que en suma: no nos haga daño. El afán por la novedad ha arrasado culturas y llevado a la exterminación de los pueblos. El progreso es tan absurdo como seguir alabando al Moby Dick de Melville sin prohibir sin hacer prohibir la caza industrial de ballenas. El drama de la modernidad es que abolió a los héroes, hasta la posibilidad de los héroes: los últimos héroes verdaderos fueron los guerrilleros sudamericanos, fueron nuestros guerrilleros, y Giap, el general vietnamita. Luego, no hay más héroes, la redención se escapa o es tan escueta que asquea: caben dentro de la TV; los impone Hollywood, son los que matan más iraquíes o más sirios o más (a)narcos. Guerra televisada, luego guerra escamoteada por los culos. Qué mundo verdaderamente de mierda. Qué mundo donde hace falta que volvamos a escuchar a las piedras. El sueño de las piedras, El sueño de la justicia social y la justicia lítica. El sueño de la paz.

¿Quién quiere morir? ¿Quién quiere matar? ¿Quién quiere morir o matar para vivir? Todo ese sacrificio sublime deberíamos respetarlo. Otra fórmula, otra fórmula invencible: memoria, honrar a los muertos, y Jack Daniels, siempre Jack Daniels.

La clave final: la piedra, esa piedra, tu piedra, es intensa, intensamente bella.
No se parece a nada de lo bello que te dicen que es bello: toda esa vulgaridad obscena del capitalismo.
No se parece a nada salvo a esa piedra, tu piedra, la más bella de todas.
Es bella porque atesora y envuelve, en sí misma, toda la belleza del mundo, además de su propia belleza, de su belleza intrínseca, de su belleza que irradia, solo por el hecho de ser ella, de ser piedra.
Nada se compara a vos, cantó Sinead O`Connor

¿A dónde me llevó mi texto?- (que) estoy escribiendo.
Llueve, sigue lloviendo en los Andes: la maldad del mundo se está lavando, la maldad del mundo, un día, una noche como esta, se terminará de lavar, se terminará de ir

Escribo también sintiendo a esas cenizas de John William Cooke que manos compañeras arrojaron al río, a un río –como él deseaba, hace cuarenta años, cuando se murió, cuando seguía anhelando, como una piedra anhela, tantas cosas. Se murió de arrebato de vida, pero se murió mi compañero John William Cooke

Llueve, llueve demasiado, llueve como enero.
Siento la lluvia, en septiembre. Lluvia anticipada, lluvia profética.
Un pueblo que oprime a otro pueblo…
Llueve en mi texto, llueve sobre las/mis piedras.
Simplemente desgarro, simplemente llueve…


Imagen: Uyuni: Quebrada de Palala - Tupiza (Bolivia)

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