7 de noviembre de 2014

Veintisiete

ENCARNA MORÍN -.

Hace unos días que Nati ha vuelto a entrar a su casa por la vieja carretera. Aunque le supone un pequeño merodeo, se ve obligada a pasar por delante del colegio. Ver el nombre de su hijo en letras grandes en la fachada del edificio la reconforta consigo misma, con su recuerdo y hasta con la vida. Solo ella sabe lo que esto significa.

Su niño tenía diez añitos cuando llegó como alumno al colegio del barrio junto con su hermano. Las familias habían conseguido movilizarse para lograr que aquella antigua batería militar fuera expropiada para construir en su lugar un colegio para los niños y niñas de la vecindad, que desde entonces dejaron de ser transportados a otra zona.

Ese año, todos se hicieron fotos con sus grupos que quedaron archivadas y cuidadosamente guardadas en un álbum. Un día, intentando ordenar el despacho tropecé con ellas. Una carita sonriente me hizo un guiño. Estaba en la primera fila de un grupo de 27 alumnos de quinto curso. 

El 27 es el número que cabalísticamente ronda por su historia. El colegio cumplía 27 años de existencia y ya era el momento de ponerle un nombre en condiciones. Hasta ahora seguía siendo la Batería de San Juan, por más que ya no existiera la misma. Por decisión unánime solicitamos que llevara su nombre, por eso es que en la fachada dice “Alcorac Henríquez”. Un joven valiente que desafió a su destino con las armas del amor, la vitalidad y el optimismo. 

Todo lo bueno que dejó en su paso por la vida se quedará para siempre con quienes tuvieron el privilegio de tenerle y compartir su vida con él. Su alma alegre corre por los pasillos del que fuera su colegio, contagiando de energía a quienes transitamos por ellos cada día.

El 28 de febrero de 1977, a las 11 de la noche, nació Alcorac. La joven madre se encontraba exhausta tras el parto del que fuera su primogénito. Llevaba el nombre del dios supremo de la mitología aborigen canaria. Un hijo muy querido y deseado. Eran los tiempos en los que la frialdad hospitalaria hacía que los bebés permanecieran separados de sus madres mientras duraba su estancia en la institución. Así que después de salir del lugar confortable y seguro útero materno, fue a parar a una sala llamada “Nido” juntos con otros tantos bebés recién llegados a este mundo.

Una sorpresiva visita del pediatra, a las diez de la mañana del día siguiente, dejó a Nati más que preocupada. Quería saber a qué hora llegaba el marido, con cara de circunstancias, propia del que tiene que dar una mala noticia. El sexto sentido de la joven madre la colocó en alerta, y aún convaleciente, salió presurosa tras el médico hasta el final del pasillo para averiguar qué era lo que estaba pasando. La explicación de que se trataba de un soplo en el corazón la dejó angustiada. Pero en todo momento pedía a Dios que por favor, la dejara estar con él, que no se lo quitara todavía. Aquel cuerpecito lleno de vida le despertaba una inmensa ternura. Podía quererle más que a sí misma, mucho más de que jamás pensó que se podría querer a un ser humano. 

No tenía aún el año cumplido, cuando le hicieron su primer cateterismo. En esta ocasión la joven madre escuchó la peor de las noticias de forma brusca y un tanto despiadada. El cardiólogo no se anduvo con rodeos para comunicarle que Alcorac no viviría más allá de los cuatro o cinco añitos. En ese momento ella abrazó a su pequeño y tomó la firme decisión de que iban a pelearla. Lucharían juntos hasta donde hiciera falta.

Fue así como le ganaron mucho tiempo a la vida. Juntos emprendieron esa batalla y juntos la ganaron. Cuando a los 20 años le colocaron el primer marcapasos, él no estaba de acuerdo con someterse a esa prueba, pero por mami lo hacía. 

-Mamá esto lo hago por ti- afirmaba cada vez que se sometía a alguna intervención en la que no confiaba demasiado. -A veces me siento un conejillo de indias, y me dan ganas de no pasar por más pruebas. Pero cambio de opinión cada vez que pienso en ti mamá.

Lleno de vida y de esperanza, hizo todo aquello que habría hecho un chico joven en buenas condiciones de salud. No hubo límites para él. Si se encontraba mal y quería salir a la calle la explicación era bien sencilla:

-Si me encuentro mal y me quedo en casa, voy a seguir estando mal. No me voy a sentir mejor por quedarme quieto, así que mientras pueda voy a vivir la vida-. Y la vivió intensamente, repartiendo optimismo y vitalidad entre quienes formaban parte de ella. Eligió vivir plenamente ya que para él nada era imposible. Consciente de que en algún momento debía partir, dejó incluso indicado cual era el lugar en el que quería que esparcieran sus cenizas.

Sus íntimas conversaciones con Nati, las noches en vela y las largas horas en el hospital, iban siempre acompañadas de caricias en forma de masajes en su espalda. Los masajes de la madre eran milagrosos. No solo conseguían aplacar el dolor de su pecho, también le aportaban una gran serenidad y le acariciaban el alma. Mamá siempre sabía lo que había que hacer en cada momento.

Por eso hacía tiempo que le avisaba de que quería morir en sus brazos, lejos de los tubos y monitores de las salas hospitalarias de las que había sido ocupante durante tanto tiempo. Y así fue. 

-Mamá, yo tengo que morir antes que tú, porque si tú no estás, nadie va a saber cuidarme como tú lo haces- decía esto tres días antes de su despedida, cuando se le colocó insistente el maldito dolor en el pecho.

-Hijo no estés hablando de muerte, tú no vas a ir delante de mí de ninguna manera-

-Mamá, acepta la realidad que es así. Yo estoy seguro contigo. No quiero que tú me faltes nunca.

Aquella tarde del 27 de junio de 2004, mientras retransmitían la final de la carrera de motociclismo, ella le masajeaba la espalda para aplacar el dolor, como hacía habitualmente. Hubo un instante en el que la tele quedó con la pantalla en negro, se colapsó la imagen. Él pidió un poco de agua a su mami. Ella fue a buscarla cuando acertó a escuchar “¡Mamá!” y algo más… llego a tiempo de cogerle entre sus brazos. Ya no respiraba. De una forma serena y tranquila se fue de este mundo para convertirse en un ser de luz. Alcorac tenía 27 años cuando su corazón dolorido dejó de latir.

Luego vino la etapa del dolor tan temido. La vida sin Alcorac dejaba de tener sentido. Pero pese a todo, le sintió siempre cerca. Como si una parte de él la continuara acompañando para siempre. Hasta se acostumbró al diálogo silencioso en el que solo participaban ellos dos. 

Cocinar su comida favorita se convirtió en un tormento. Estuvo años sin hacer los moros y cristianos. Fue el plato que quedó pendiente para el día siguiente y que él no llegó a comer. Las judías quedaron en remojo hasta que se pudrieron. Las croquetas y albóndigas tardaron un tiempo en volver a la mesa de aquella familia. Y el experto en quesos de todo tipo ya no pudo asesorar a la familia y amigos. Un buen queso en aquella casa se le atragantaba a todo el mundo pensando en cómo él lo saborearía si estuviera.

La perrita Laika hizo huelga de hambre por unos días y la azotea terminó con las macetas rodando por los suelos. Aquella casa de la familia se quedó de pronto vacía. Su presencia estaba impregnada en todos los rincones. En el garaje su moto amarilla, pintada por él mismo, languidecía de tristeza muerta de asco en una esquina.

No fue un pintor, ni un político, ni un militar ni siquiera un alcalde… fue simplemente un niño que viene a representar a todos los niños que aun habitan en cada ser humano.

Una nueva etapa se abre en nuestras vidas. Bienvenido a tu cole Alcorac Henríquez. Un privilegio poder lucir tu nombre en nuestra fachada.

Fotografía: Héctor Vera lópez

11 comentarios:

  1. Anónimo17/10/14

    Con lágrimas en los ojos te mando un "abreso" enorme querida Encarna.

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  2. Otro "abreso" Huguito lindo...

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  3. Anónimo18/10/14

    Sintetizar en unas palabras la vida de Alcorac, es todo un logro literario, nos haces revivir la experiencia como madre de Nati. Felicitarte Encarna es lo menos que puedo hacer. Un abrazo Menci.

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  4. Anónimo18/10/14

    Por su sencillez y cercanía, este relato conmueve... nos acerca a la vida, al amor de la familia, a los niños, a la inocencia.
    Precioso
    Willyermo

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  5. Anónimo18/10/14

    Hola Encarna soy Omar, el primo de Alcorac, ya he leído este bonito texto junto con Nati y Pepe y estamos muy emocionados y agradecidos. Un abrazo grande de nuestra parte

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  6. Una history conmovedora.!

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  7. "Cocinar su comida favorita se convirtió en un tormento. Estuvo años sin hacer los moros y cristianos. Fue el plato que quedó pendiente para el día siguiente y que él no llegó a comer. Las judías quedaron en remojo hasta que se pudrieron. Las croquetas y albóndigas tardaron un tiempo en volver a la mesa de aquella familia. Y el experto en quesos de todo tipo ya no pudo asesorar a la familia y amigos. Un buen queso en aquella casa se le atragantaba a todo el mundo pensando en cómo él lo saborearía si estuviera.

    La perrita Laika hizo huelga de hambre por unos días y la azotea terminó con las macetas rodando por los suelos. Aquella casa de la familia se quedó de pronto vacía. Su presencia estaba impregnada en todos los rincones. En el garaje su moto amarilla, pintada por él mismo, languidecía de tristeza muerta de asco en una esquina"

    La belleza de la vida, el esplendor de los detalles y todo el dolor de la pérdida que tú sabes expresar tan bien, querida Encarna.

    Un abrazo muy fuerte.

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  8. Gracias Encarna por hacernos recordar a esa maravillosa persona a la que me siento orgulloso de haber conocido y haber sido el gran amigo de mi hijo David el cual nunca lo olvido y recordaba muy a menudo.
    Seguro que juegan juntos de nuevo en el cielo y nos cuidan.

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  9. Hola Encarna me quede sin palabras con esta conmovedora historia de la forma como la cuentas un angel mas que brilla en el cielo saludos.

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  10. Anónimo29/1/16

    Con un nudo en la garganta escribo;UN PLACER HABER LO CONOCIDO,jamas olvidare su sonrisa.(Armas81)

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  11. Sin duda, un relato maravilloso. Allá donde estés, un abrazo enorme amigo

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