Carta a la Duquesa de Alba

CONCHA PELAYO -.

Mi admirada Duquesa:

Esperaba que esta carta, que forma parte de un libro que se publicará en breve, hubiera visto la luz estando usted con vida, pero la muerte, tan veleidosa, nos sorprende a cada paso y ha venido a sorprenderla a usted, duquesa, y a mí que no esperaba la noticia.

Mi carta comenzaba así: Parece que la estoy viendo allí en el vestíbulo del Cine Amaya de la calle Martínez Campos de Madrid. Corrían los años sesenta y yo era una jovenzuela estudiante de Secretariado de Dirección en la Escuela Superior del Secretariado, situada en la Calle de Claudio Coello, muy próxima al lugar donde ocurrió el atentado de Carrero Blanco. Como digo, vivíamos muy cerquita del cine pues nuestra residencia de monjas josefinas estaba en la misma calle y aquella tarde mis amigas y yo habíamos decidido ir al cine. Cuando accedíamos al vestíbulo del Cine Amaya  y nos disponíamos a comprar las entradas,  alguien a nuestro lado comentó: “Mira, la Duquesa de Alba” Yo, entonces, no la conocía más que por el ABC, el periódico que leía mi padre todos los días y me encantaba mirarlo pues había muchas fotografías de sociedad y la había visto retratada en varias ocasiones, pero no sabía nada de usted porque yo solo reparaba en las actrices de cine y en los escritores. De las duquesas, se lo juro, no tenía ni idea. Pero me fijé en usted allí en el vestíbulo del cine. Me pareció  muy guapa, joven y elegante. Llevaba un abrigo suelto de esos en forma trapecio que hacían furor por entonces, un peinado liso y  las puntas metidas hacia dentro en forma de coca.  Llevaba un bolsito tipo Chanel y unos zapatos de tacón alto. Me causó muy buena impresión. Su aspecto no tenía nada que ver con el de ahora,  tan  desenfadado y original, si quiere. Su metamorfosis en la vestimenta me  recuerda a la que sufrió, si se me permite la comparación, a Agustín García Calvo, ilustre zamorano ya desaparecido y que fue mi primer profesor  de latín en el “Claudio Moyano” de Zamora. Don Agustín, con los años, como usted Duquesa, sufrió la misma transformación  en su indumentaria. De joven profesor, vestido con impecables trajes, corbata y el pelo cortado, pasó a convertirse en melenudo de greñas rizadas y canosas, ataviado  con tres camisas, una sobre otra, de diferentes colores y anudadas las tres en la cintura. Completaba su indumentaria con un colgante del que pendía un extraño objeto amarillo que parecía un limón. Los pantalones solían ser vaqueros y los zapatos de punta. Así, de esa guisa, le vi. muchas veces en Zamora impartiendo magistrales conferencias en el Paraninfo del Colegio Universitario. Hablaba de lo inconveniente que es el Poder, del dinero…fíjese Duquesa, usted representa todo lo contrario de lo que preconizaba el profesor, porque  usted tiene mucho poder y mucho dinero, no en vano, su patrimonio es uno de los mayores de España, o de Europa, vaya usted a saber.  Don Agustín también hablaba mucho del lenguaje, decía que utilizamos el lenguaje sin saber que lo utilizamos, que no somos conscientes de ello. Y cosas por el estilo que me son muy difíciles de explicar. También hablaba de arte. De las obras de arte. Usted, Duquesa, creo que los salones de sus palacios son auténticos museos repletos de Goyas, Velázquez,  Pissarros, Vang Gogh, qué sé yo. Un fortunón.

 Al respecto, le oí decir un día al profesor que al arte cuando se le pone precio deja de ser arte. Estoy segura, Duquesa, de que le hubiera encantado conocer a Agustín García Calvo, porque era un intelectual y a usted le gustan los intelectuales. Conquistó a su segundo marido, que lo era y, al parecer, fue muy dichosa con él. Y debió conquistarla por la palabra, por su discurso. Y es que las mujeres nos dejamos engatusar por los hombres, sobre todo, por la palabra,  por su inteligencia y por su sentido del humor. Casi todas las mujeres se rinden ante estas cualidades masculinas. No todas, claro, hay muchas que lo primero en lo que se fijan es en su físico y en la cartera. Usted debe conocer a muchas de esas pero yo no me refiero a ese tipo de mujeres sino a las primeras. Claro, que también hay algunos hombres que viven pendientes de su físico,  que está muy bien  porque hay que cuidarse y la imagen es importante, por supuesto, pero seguro que a usted no le gustan esos que se tiñen o que usan peluquín y ya no le digo los que se cruzan  los  cuatro pelos por su calvorota. No hay nada más patético. Estará usted conmigo señora Duquesa.

Como le decía, de aquella Cayetana que yo conocí en el vestíbulo del Cine Amaya, como ocurrió con Don Agustín, no queda nada. Ahora ha adoptado una indumentaria informal, divertida, primaveral diría yo. Las flores, los lacitos, los bolsos bordados de colores, su pelo natural, rizado y canoso. Cómo la favorece, Duquesa; y lo que debe de ahorrar en peluquería. Seguro que nunca atinan con lo que le gusta y ha desistido. Seguro que es una  maniática como yo misma que siempre que acudo al peluquero salgo bufando. No aciertan nunca.  En fin Duquesa, es usted un bello espectáculo  en todos los sentidos, incluso hasta cuando habla y estira el labio superior, moviéndolo de un lado a otro como para darlo un poco de sí  pues da la sensación de que se le acartona contra la encía y le resulta difícil moverlo. La verdad es que siempre es noticia, haga lo que haga, diga lo que diga o vaya donde vaya. La boda con Alfonso ha levantado toda suerte de comentarios pero a usted le da lo mismo. Y, ¿sabe que le digo? Pues que ha hecho  muy bien eligiendo a un mozo mucho más joven para que la lleve, la traiga, la sujete si tropieza  y para lo que guste usted, Duquesa. Y además, Alfonso parece un tipo simpático que  la hace feliz y eso es lo que importa porque, que sepa,  los españoles le tenemos cariño y simpatía y queremos que disfrute de los años que le quedan, que no serán muchos debido a su edad, aunque no se sabe. Pero no dude Duquesa que, cuando esto ocurra, va a dejar un hueco irreemplazable en este país, ahora tan maltrecho.

A mi hija también le cae  muy bien aunque no se cree  que haya sido usted tan guapa cuando le digo que lo era cuando la vi aquella vez en el Cine Amaya. Durante años siguió manteniendo su belleza natural y así me lo hizo saber  el hijo de una amiga, siendo estudiante de Derecho en Salamanca que fue a entrevistarla a su Palacio de Monterrey y dijo que le pareció usted bellísima pese a haber rebasado los cincuenta. Dice que fue emocionante cuando apareció en una de los salones donde la esperaba. Por lo visto, hablaba  muy bajito, casi en un susurro, con voz cadenciosa. Hablaron de toros sobre todo, porque ese era el tema de la entrevista.  El hijo de mi amiga se fijó en que llevaba las uñas pintadas de rojo y algunas aparecían saltadas, con falta de retoque y también reparó en una carrera en sus medias negras que corría indiscreta por una de sus pantorrillas. Ya ve Duquesa, nunca me he olvidado de esos dos detalles que acercan a las duquesas como usted a mujeres como yo y como a cualquiera hija de vecindario. Esas cosas, no crea, gustan al populacho.

En fin Duquesa, yo nunca he tenido la oportunidad de tener una conversación con usted pero, sinceramente, me cae fenomenal y solo le deseo muchos años de vida. Hasta siempre.

Descanse en paz Duquesa.

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