20 de noviembre de 2014

Relato #2.- El Espejo.



RICARDO MENA -.





I.






II.








III.






Epílogo. El Espejo.










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Nota del editor: La pieza solo existe en un manuscrito, el malagueño (W), propiedad de Don Juan Medina Tostado (f. 66) y consta como atribuida. Las interpretaciones varían. Las consigno. JAEGER (2001:112): “‘El Espejo’ es un atentado contra la literatura. Lo dice todo sin decir nada. Todo es nada. Nada importa. Las palabras no significan nada.’” SMITH (2002:34): la pieza “es un espejo y por lo tanto no dice nada, sino que refleja. Más que ser un atentado contra la literatura, como dijo Jaeger en su monografía sobre el autor (por lo demás de gran valor), ‘El Espejo’ obliga al lector a convertirse en autor. Si uno se concentra bien en el vacío blanco del texto dentro de su marco tripartito con su epílogo (típica forma personal de nuestro autor), si se hace la prueba de pensar en el vacío del marco textual durante unos minutos (unos cinco), se verá quiénes somos y cómo pensamos nosotros mismos. La pieza nos refleja. Esa es su radicalidad. Su vacío es deliberado. En tanto en cuanto uno cree conocerse a sí mismo, la pieza nos ofrece una prueba para comprobarlo: la pieza pertenece al género de horror-terror psicológico. Si no se tiene una personalidad sólida es mejor no hacer la prueba de rellenar su vacío con nuestras propias palabras y dejarlo tal cual. Ignorarlo parece ser lo más sensato.” RODRÍGUEZ (2010:55): “Es interesante comprobar cómo reacciona una persona ante este relato sin predisposiciones filosóficas y sin ninguna experiencia o imaginación. Cuando le enseñé esta pieza a mi hijo de ocho años y le dije qué le parecía, me contestó: ‘¡Está vacío!’ Días después volví a hacer la prueba. Entonces vio cosas horribles que nunca habría pensado que diría. Para mí supone una monstruosidad. Es una pieza monstruosa precisamente por su carácter mutante y cambiante. Cuanto más se medita en ella más destruye nuestros ideales, valores y creencias.” TROVERS (2012:22): “La pieza es atribuida, y no ofrece signos externos de venir de nuestro autor (aparte su estructura formal tripartita con epílogo de fácil copia); creo que haríamos bien en no concederle la menor importancia. Parece, sin duda, una burla contra su propio método de composición perpetrada por uno de sus enemigos (¿Maxwell? ¿Quizás Montoya?).” Para mí la pieza es de una belleza magistral: nitidez, claridad, bondad, iluminación, clarividencia, brillo, virginidad, el amor a la vida, a los placeres de la vida, a la lucha por la perfección y la luz, a la vocación, la armonía, la dulzura, el gongorismo, la sonoridad, en una palabra: la dicha de estar vivo. Aunque es atribuida, me gusta mirarme en esta pieza por las mañanas. Me levanta el ánimo tal y como lo hace el segundo movimiento del concierto para piano nº 21 de Mozart (K. 467).



2 comentarios:

  1. Siempre tan extrañamente interesantes tus relatos! Como dicen ustedes mola!!!

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  2. Donde hay nada está uno mismo, con toda su solemne monstruosidad, y Mozart, repartiendo notas divinas del multiuniverso.

    Muy bueno, querido amigo.

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