6 de enero de 2015

Recintos de lo sagrado

PABLO CINGOLANI -.


Bajábamos imantados por un escueto sendero, poblado de hendiduras, de papales y de queñuas, rumbo a una playa del lago que brillaba de arena y de bella como pocas. Acudíamos allí a desayunar: un puñado de maní es más nutritivo y más convincente en un paraje tan encantador. De repente, sin que hubiese advertido su aproximación, bajando y bajando, un lugareño compartía mi ruta. Fue muy directo:
—¿Y a dónde vas?—me encaró con la misma naturalidad con la que otro te dice hola o llueve o ganó Platense pero intuí el matiz que se escondía en el interrogante y eso me intrigó.
—Voy a la playa—le contesté con la misma naturalidad con la que otro te dice adiós o son las nueve de la mañana o dame la plata, esto es un robo, pero intuía, seguía sintiendo, que este diálogo no era circunstancial: escondía algo más. De repente, con la misma naturalidad con la que cualquiera te dice Groenlandia es una isla toda de hielo o bienvenido a Burundi, el hombre me indicó:
—Allí abajo, en la playa, está la casa de la sirena…
Esto sí que no me lo esperaba tan así, tan naturalmente. Como se paga la cuenta de la luz o se rinde un examen en la facultad de abogacía.
No me lo esperaba. Así estuviera en una isla –la Isla del Sol- en medio de un lago –el Lago Titikaka- que, se sabe, es morada de sirenas, morada ancestral, morada insistente, incluso de sirenas famosas - como son Qesintuu y Umantuu.
No me lo esperaba, aunque sentí la intención en la voz del tipo, aunque sentí la vibra de una precipitación (¿de una revelación?) cuando el desconocido ser apareció de la nada, se me acercó entre las plantas de papa y me habló –cuando en toda la bahía, no había ni sombra.
No me lo esperaba y menos esperaba tanto: vivimos en un mundo despiadado donde el mercado financiero y la televisión han abolido los prodigios y los milagros. Donde lo que pasa o lo que no pasa se ha vuelto tan previsible que abruma y que asusta. Donde hasta los sueños son previsibles. El lugareño siguió hablando:
—Allí abajo, ¿ves? Allí está la casa de la sirena…—y su mano de pescador, su mano de campesino, su mano mítica, se dirigió hacia uno de los extremos de la bahía donde destacaba un tajo feroz, una grieta negra, una abertura enorme en el cerro que franqueaba las aguas: era, en verdad, una imagen impresionante, contrastante, tan nítida que era imposible escaparse a su influjo. Era cartesianamente la entrada a una cueva y se lo dije.
—Claro, pues—seguramente ya mi redundancia le parecía absurda y entonces afirmó por tercera vez: ¡esa es la casa de la sirena! con la misma naturalidad con la que otro dice véndame un kilo de pan o dos pasajes a Disneylandia o gracias por el fuego.
Quise hacerme el etnógrafo –esa vanidad de los blancos- y preguntarle detalles pero a él no le importó: como si su misión ya estuviese cumplida, simplemente, se despidió y se fue. Desvió su camino por la ladera que bajábamos juntos y se fue para el otro extremo de la bahía, donde dormían dos botes solitarios. Después, desde una altura, lo vimos alistando uno de ellos y echándolo al agua. Después, lo vimos cruzar toda la entrada de la bahía y perderse rumbo al oeste, donde están la ciudad sumergida y la isla Khoa, donde habitan demasiados misterios juntos.

* * *

Esta historia cuentan los sabedores en Ilave, en Juli, en Pomata, en esos lados del oeste: dicen que la ciudad sumergida entre las islas del lago era una ciudad apacible donde la gente vivía feliz hasta que sus pobladores, los muy necios, empezaron a volverse malvados. Hasta aquí, nada raro: el paraíso perdido por la corrupción humana. Lo bueno de la historia es esto: frente a la situación descripta, Viracocha hizo dos cosas, y en este orden: primero, envió miles de pumas para que desgarrasen y devorasen a los infelices y a los desgraciados, y una vez que los felinos se los hubiesen comido y digerido a todos, lloró, lloró Viracocha, lloró por los muertos y lloró tanto que inundó a la ciudad, creando el lago, pero fue tanto su llanto que también inmoló a sus pumas, a sus queridos pumas justicieros, que no pudieron escapar a tanta lágrima.
La ciudad sumergida del Lago Titikaka fue encontrada por el oceanógrafo francés Jacques Ives Cousteau en su famosa expedición andina de 1969 -¿No te acuerdas esas películas que veíamos cuando éramos niños?
Los pumas trágicamente se ahogaron y sucumbieron pero Viracocha para honrarlos supo volverlos testimonio, supo volverlos piedra: esto también es tal cual: encontré uno de ellos en la bahía de Kona, en el extremo septentrional de la playa de Japapi. Era tan vivida su imagen que me hizo acordar a Valentín, a mi gatito, que tanto extrañaba cuando andábamos lejos de él, allá en la isla.
Las sirenas deben haber escapado y sobrevivido a la hecatombe viracochana. O tal vez, ellas fueron perdonadas y eximidas de la furia divina, tal vez porque amamantaban a sus hijas con poemas y líquenes, tal vez porque ya sabían el arte de tejer las algas o conocían de cuestiones tan críticas de porqué se suicidan los cactus.
Quién sabe qué. Quién sabe porqué. Vivimos en un mundo tan despojado de alma que pocos saben que vivimos en las montañas y que las montañas son recintos de lo sagrado y así habría que respetarlas. Naturalmente lo son, como también son asuntos de Dios y no del hombre todas las especies nativas de peces del Lago Titikaka, o su clima o el cambio de su clima. Asuntos del hombre o su desviación son la contaminación de sus aguas y la alteración inesperada del clima. No creemos en sirenas, no creemos en un carajo, salvo en la puta plata y así nos va.
Qesintuu y Umantuu fueron las sirenas que ampararon a Tunupa. Lo protegieron gentilmente y de manera generosa: lo alimentaron y lo curaron en su campamento de turmalinas y caracoles. En muchas de las iglesias coloniales de las orillas del gran lago, ellas están labradas en piedra, pulsando un charango o una guitarra, derramando voluptuosidad y una sensualidad sin límites. No sólo allí: hay sirenas retratadas –ellas, otras, todas- en las iglesias de los desiertos del sur o en los centros mineros, como Potosí. Sirenas sumergidas en la arena: la metáfora del deseo absoluto. La liberación total. La fe sin fisuras.
Tunupa me inspira. Tunupa fue un forjador, un hacedor, el gran creador en los Andes: las sirenas lo condujeron desde las playas de Carabuco –a donde otros malvados lo arrojaron a las aguas, desnudo y herido, y cuyas lucecitas de pueblo pobre se ven a la distancia, a la noche, desde la isla- hasta su última morada, el fin de su travesía, donde culminó su obra fundadora: el volcán de esplendores que corona la orilla norte del gran mar de sal cuajada y que lleva su nombre y su gloria eterna y la eleva siempre hacia las estrellas: Tunupa-Cruz del Sur, como bien dice Gabriel Restrepo, ese que me inspira. Como me inspira Tunupa.
Estas historias se fusionan, se mezclan, se yuxtaponen, se contradicen pero están vivas, laten, se rastrean, se recrean, son parte de una memoria, de un estar, de una resistencia. Son parte de esa magia que resiste en la Isla del Sol, Lago Titikaka, a 3800 metros de altura.

* * *

Todas estas cosas pasaban por mi mente y aceleraban mi corazón cuando me acercaba, caminando por la playa de arena blanca, a la cueva, a la casa de la sirena.
Pensaba también que aún el mundo es un lugar donde todavía existen maravillas verdaderas, donde podés conectar, donde podés fascinarte, ilusionarte de verdad. Sabía que eso que estaba viviendo era verdad.
Sentía que allí y en ese momento era el espacio-tiempo donde quería estar, caminar, respirar, y que valía la pena vivir y que valía la pena vivirlo.
Y así, tan naturalmente, seguimos caminando por la playa inmaculada y llegamos a la entrada de la casa de la sirena como cualquier otro llega a la puerta de un casino de Las Vegas o la parada del minibús a las 5am.
Hay que elegir o hay que luchar, eso pensé, antes de entrar.


Imagen: Isla del Sol, Lago Titikaka.

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