12 de febrero de 2015

De amor ya no se muere

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Como tantas veces, el reencuentro fue a través de Facebook. Una solicitud de amistad que me pareció adecuado aceptar y que puso el tiempo en reversa. De mi lado, bromas pesadas, trampas y aprovechamientos. De su lado, rabietas, deseos de ahorcarme y, cuando se calmaba, algo que podía considerarse amistad.

Su madre, con tal de que tuviera amigos, nos brindaba una atención de los dioses. Inclinando su escote sobre las bandejas con alimentos y bebidas, nuestras pupilas indiscretas podían captar sus bien llevadas décadas.

Pero no fue suficiente. A pesar de su esmero, uno a uno los amigos se fueron retirando. A ella nada que objetarle, sino todo lo contrario. Coincidían en que el problema era su hijo. Demasiado raro, complicado e infantil. Pude haber pensado lo mismo, pero no lo hice. Como premio a esta disidencia, seguí disfrutando de los cortes a la parrilla de vacuno, ave y cerdo, junto con los primeros combinados clandestinos recibidos de unas manos enjoyadas, de uñas largas y pintadas.  

Después de los almuerzos, su madre dormitaba con las piernas abiertas y descalza en el living de esa casa. Su padre, un ex marino mercante con tendencia a la bebida, sometido a la eterna cuarentena impuesta por su esposa, buscaba consuelo en los expendios de alcoholes.

Mientras tanto, el hijo de ambos (supongo que lo era) dedicaba su tiempo a grabar música de la radio en cintas de casete –incluyendo las tandas comerciales pues no sabía manejar el botón de “pause”- y a practicar juegos electrónicos en su consola Atari y en los locales de flippers. Durante su época de estudiante, lograba pasar de curso gracias a la caridad de los profesores, motivada más en su comportamiento quitado de bulla, que en su materia gris.

Las fotos actuales en su muro de Facebook muestran al mismo muchacho robusto de entonces, pero con unos cuantos años encima. Aparece de terno y corbata, peinado al agua con partidura y patillas, siguiendo una moda extemporánea. Entre sus datos agrega una confusa explicación respecto de sus labores en una empresa de alimentos envasados de Valparaíso.

Los textos y fotos de días sucesivos dan cuenta de su deseo de experimentar cambios físicos –dieta estricta, ejercicios en un gimnasio y tratamientos permanentes en un salón de belleza unisex- para mejorar su apariencia. Se plantea, además, el desafío de concretar una relación afectiva en el menor tiempo posible.   

Los casetes grabados, el Atari y los flippers le ceden el lugar a los teléfonos celulares del año, modernos, de múltiples aplicaciones y renovados cada seis meses (su costumbre de elevar la cabeza hacia la estratósfera le daba todo tipo de facilidades a los amigos de lo ajeno), además de computadores personales de primera línea, cámaras fotográficas, videograbadoras y reproductores de cedés. No debe contar con un gran sueldo. Sin embargo, su soltería y vivir a expensas de sus padres le permiten darse estos lujos.

Esta tecnología a su disposición explica la serie de fotografías suyas, tipo selfi, almacenadas en el sector que Facebook destina a las imágenes. Las locaciones son de diferentes lugares: su pieza, un camarín, un galpón de la empresa, el casino y algún pub de Viña del Mar. Sin embargo, siempre un detalle acaba arruinándolo todo: basuras, toallas en el suelo, loza sucia amontonada, un perro entrometido y hasta trozos de papel higiénico usado.

Las publicaciones de su muro virtual, casi en su totalidad, se refieren a las relaciones de pareja. Que una muchacha le dedica una mirada en el supermercado o en el microbús y le arregla el día. Que otra lo desprecia unas cuadras más allá y lo sume en la congoja por el resto de la semana.

Luego viene el turno de textos extensos, redactados a la diabla, separados únicamente por comas, sin puntos seguidos ni apartes. En ellos divaga sobre su estado emocional, siempre alusivo a la ausencia de amor en su vida. Recurre a las palabras “mujer” y “ella” para identificar a una indirecta destinataria de sus mensajes (o tal vez sean varias, no existe manera de saberlo). En otras ocasiones, cuando le falta inspiración, publica frases hechas al estilo de las antiguas tarjetas postales, en su mayoría palabras de esperanza para el corazón y consejos respecto de las bondades del amor verdadero. Lo que nunca falta son los links con baladas lacrimosas del cancionero popular de los últimos años. 

Pareciera como si la contingencia le importase un soberano bledo. Sea un acontecimiento político (una elección de autoridades, una marcha callejera, una protesta masiva), una tragedia natural (terremoto, aluvión o sequía) o un triunfo deportivo (Chile comienza a ganar en los Mundiales de Fútbol), él siempre los pasa por alto y continúa transmitiendo de sí mismo y del amor que tiene para dar. Ególatra es lo menos que le han dicho y él como si nada.  

Sus divagaciones han tendido, con el tiempo, a volverse demasiado personales, poco pudorosas y autoflagelantes. Es ahí cuando quienes se consideran sus amigos deciden intervenir, comentándole lo innecesario de semejante exposición en una red social. Asimismo, le recomiendan no tragarse todas las solicitudes de amistad de mujeres de otras partes del mundo -como Rusia, Antillas y Filipinas-, pues muchas de ellas pueden ser falsas o de integrantes de bandas dedicadas a quitarles el dinero a incautos como él. Otras veces, las menos, meten su nariz sujetos malintencionados que lo suplantan en identidad y escriben mensajes a su nombre del tipo: “Les confieso que me gusta el pene”.

Él no deja de mostrarse orgulloso por su nueva condición de administrador de comunidades de amigos virtuales, más aún si puede ejercer el rol de celestino armando nuevas parejas que a nadie le consta que sean reales. Todo aquello que no signifique un apoyo a su causa erótico afectiva, él lo considera una agresión. Por momentos, cuando se defiende apelando a la lástima, sus conocidos lo instan a dejar de comportarse como un niño pequeño o como una quinceañera despechada. Sólo basta la defensa cerrada de una que otra amiga sin ventaja, de esas que no lo conocen en persona sino sólo a través fotografías, para descartar cualquier cambio en su conducta. “Lo siento, tenía que decirlo y ya no opinen más”, escribe cuando quiere dar por cerrado algún tema, argumentando que en Facebook se han publicados cosas peores. 

Nuestro amigo acaba superándose a sí mismo. Ahora alude al primer beso con lengua dado en su vida. La destinataria es "esa mujer". Recibe decenas de comentarios instándolo a ser más discreto. Luego vienen las bromas respecto de su virginidad y el lugar del cuerpo que aún mantiene incólume. Él borra esa publicación, no sin antes ordenar silencio a sus contertulios en la red. El muro le pertenece, protesta, y hará con él lo que le venga en ganas. Una cantinela que no habría acabado jamás sino es por aquella última exhalación interrumpida por su cinturón de cuero. La decisión nace de su fallida mutación de sapo a príncipe tras el mencionado ósculo, promesa garantizada en el curso en línea para conquistas express.

Dos días tardan en aparecer las primeras bromas en su Facebook, que aún permanece abierto. Su madre no sabe cerrarlo definitivamente y nadie le dirá cómo hacerlo. 

2 comentarios:

  1. Es un relato a mi opinión bien estructurado y que conlleva la levedad de nuestra condición humana frente a la tecnología invasiva , que va dejando sus miserias expuestas y los sentidos en medio de una permanente frustración .

    Muy Bueno .

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  2. Eduardo Feinmann19/2/15

    Un punzazo en las bolas. Poderoso relato.

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