8 de marzo de 2015

De amores, resquemores y roscamores

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

En contra de cualquier pronóstico, dices preferir el programa de televisión de famosillos cruzando la alfombra roja del Festival de la Canción de Viña del Mar. Tus palabras me toman por sorpresa, pues yo tenía en mente continuar con la segunda temporada de la serie Breaking Bad. La historia del profesor de química en bancarrota, con una familia y un cáncer terminal a cuestas, que decide dedicarse al narcotráfico para juntar dinero, nos tuvo acurrucados por una semana sobre la cama, frente a la pantalla y con el ventilador al máximo. Si hasta nos olvidamos de las cuatro comidas básicas y del resto de nuestras obligaciones de dueños de casa (se me viene a la mente algo que leí sobre una congregación ultra católica que prevenía a sus fieles sobre los riesgos pecaminosos de quedarse en cama hasta muy tarde, por lo que yo me vi excomulgado desde la adolescencia). Aseguras no haber perdido el interés por la serie ni por mi compañía, sino que requieres una capacidad de resistencia aún mayor que la actual para ver la sangre de los capítulos siguientes. Ahora, a punto de poner fin a tus vacaciones de verano, sólo deseas relajarte -cito textual- “viendo y escuchando estupideces” relacionadas con el Festival de Viña.

Todo -o más bien casi todo- lo que tenga que ver con la gran kermés del fin de verano, acaba por superarme. Me recuerda los años cuando era el gran sedante suministrado por la dictadura para que comenzáramos un nuevo año laboral o de estudios en calidad de borreguitos obedientes y masoquistas (no muy diferente a lo que ocurre hoy en día, en plena madurez democrática, qué paradoja). Si tan solo fueran burdas imágenes coloridas y ruido perdido en la intrascendencia, vaya y pase. Sin embargo, tras unos segundos de exposición frente a la pantalla, tanta rebeldía mental acaba siempre convirtiéndose en un hipnotismo idiotizado: dejarse llevar por cada uno de los detalles exhibidos en la pantalla, tragándose toditas las patrañas dichas por los comentaristas (si lo dicen, por algo será, repite mi consciencia, más parecida al murmullo de una vieja de almacén que a la voz de un académico, un científico o un profeta), sumergiéndome en un pozo depresivo sin fondo. No logro conformarme cómo el mundo (o esta parte del mundo) eligió este camino tan burdo y no otro, más amable, integrador, serio y bienintencionado. Por ejemplo, miles de televidentes dándole la mayor sintonía a una chica que llora de emoción al grabar el canto de una ballena azul en el sur de Chile (tema de su tesis de grado en una universidad europea), programa captado por mí a las siete de la mañana de un sábado, mientras tú dormitabas como caracolito sobre mi vientre schopero. 

Evito hacer demasiado explícita mi incomodidad para que no me acuses de aguafiestas (lo soy, pero no se trata de ponerlo en evidencia en todo momento). ¿Por qué no me instalo en otro lugar del departamento o salgo a dar una vuelta por el vecindario?, te podrás preguntar. Simplemente por esa sensación -que va y viene- de que lo nuestro pende de un hilo. O más bien, que soy yo el que pende de un hilo extendido varios metros sobre el pavimento con la imagen de la virgen María emergiendo del fondo de la Tierra y con los brazos abiertos. También, por las conclusiones de un amigote sobre sus continuos fracasos amorosos, los cuales intentaba inútilmente proyectar en mí, mientras nos bebíamos un schop en un sucucho de Valparaíso. Él aseguraba necesitar una mujer santurrona, sumisa, que no llame la atención con su voz ni menos con su cuerpo, enclaustrada las 24 horas del día en casa y, lo más importante de todo, compartiendo sus mismos gustos y preferencias. Le hablo de las musulmanas y sus telas pudorosas, de chicas montevideanas paseando a la orilla del Río de la Plata y de las provincianas del interior de Italia. No me oye y sigue transmitiendo. Un buen trago de schop sirve para desconectarme del monológo y pensar en cuán ajenas son estas situaciones contigo. Más bien debo agradecer el formar parte de tu supuesto buen gusto, en contra de todas las leyes de la lógica, como me lo han hecho presente amigos comunes y competidores, cada vez que tienen la oportunidad.

A medida que los invitados cruzan la alfombra roja, con ellas luciendo vestidos, joyas, zapatos y peinados, notas mi mueca de desagrado y me preguntas qué me ocurre. Me explayo sobre la motivación de la conducta de las mujeres (de vez en cuando, la atención de los comentaristas se centra en un acompañante masculino, pero es excepcional y sólo si se muestra como un mamarracho). Se las ve cómodas, felices, radiantes, buscando lucirse lo máximo ante las cámaras y el público apostado en las orillas, detrás de las barreras de seguridad. Ocultan la preocupación cierta de acabar siendo blanco de críticas por su look de parte de los panelistas de los programas de televisión (una mujer envidiosilla o un gay misógino armados de insidia hasta los dientes) con comentarios hirientes, arbitrarios y categóricos. Siempre habrá un motivo para alimentar la hoguera: un trozo de tela, una tintura, una pintura, un mechón de pelo o un taco fuera de lugar. Te pregunto, con ímpetu de bachiller, si esta actitud de las mujeres tiene una explicación genética o en una imposición cultural. Si te sientes condicionada de antemano a practicar el jueguito de muñequitas de vitrina o si la civilización pudo haberme destinado a mí al papel de bestia de circo, recibiendo aplausos por el buen cultivo del cuerpo o, lo más probable, epítetos injuriosos por su deterioro. Tú, mientras tanto, abanicándote la mejilla con fajos de billetes, con el humo del cigarro y el frescor del schop pasando por tu garganta, sin manzana de Adán que moleste. No pude dejar de recordar tu bamboleo coqueto por las pasarelas improvisadas en la avenida Uno Sur de Talca, durante tu candidatura a Miss Maule, hace ya unos lustros. También esa rabia contenida por los piropos que oía a mis espaldas por tu bien llevado bikini. A los comentarios de soslayo de tus amigas, cuestionándose sobre lo que habrá visto una luminaria como tú en un tipo como yo, con tu vitoreado tercer lugar en el concurso para jovencitas de primer año de universidad (demasiado bajita, dijeron los jurados, cosa que en el fondo celebré, porque me permitió retomar posiciones).

 “¿Y qué sentido tiene desgastarse pensando en esas cosas?”, me dices antes de subir el volumen de la televisión y concentrarte, quizás, en esa cirugía que te hará recuperar las glorias pasadas de aquel tercer lugar.

1 comentario:

  1. Magistral relato. Una voz de la conciencia joyceana que gorgotea desencanto, inquietud, incertidumbre. La permanente feria de las vanidades ensombrece al resto de las aristas humanas. Y la vanidad suele ir afirmada del egoísmo, la banalidad y lo efímero.
    Joyita total.

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