1 de marzo de 2015

Santos oficios

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Antes de la navidad reciente, murió en Barcelona Francisco Porrúa. Tenía 92 años y toda una vida dedicada sin flaquezas al oficio de editor. Lo ejercía en la editorial Sudamericana de la Argentina.

Los colombianos comenzamos a interesarnos en él cuando publicó, en 1967, Cien años de soledad. Gabriel García Márquez le guardó siempre gratitud. Por eso las ediciones de sus libros en el país austral salieron siempre en la editorial nombrada.

El interés por Porrúa no fue porque tuviera la suerte de ser el editor de una novela que se vendió como pan caliente y que sigue circulando entre lectores admirados. Más bien ese accidente que es la fama de un autor y su libro, permitió saber algo de don Francisco.

Había editado el primer libro de cuentos de Julio Cortázar. Se vendieron menos de cinco ejemplares. Y sin inmutarse convenció a la editorial de publicar el segundo, con un resultado en ventas, muy parecido.

De este hecho surge una primera observación sobre las exigencias del oficio de editor. Una sensibilidad y un ojo educados en las intuiciones de largo alcance. Consiste en ver más allá de la calidad literaria de un libro, la potencialidad de su autor. Algo que se siente y a lo mejor es indemostrable con razonamientos críticos o análisis de mercado. Esa obstinación obtuvo su recompensa: la publicación de Rayuela fue un éxito de librerías.

Es probable que de esta raza de editores queden pocos. La presión del ilusorio comercio dañó el oficio y dejó al lector sin un reto estético. Desorientado.

Con los años el hermano menor de Gabriel García Márquez, Eligio, empezó a obsesionarse por descubrir el secreto del éxito de Cien años de soledad. No le faltaba razón. Cada vez que hablo con Alberto Salcedo Ramos me hace un comentario sobre las calidades de periodista que observa en los reportajes de Eligio. Es una curiosidad secreta. En la misma Buenos Aires dónde arrancó el huracán de esa novela, había aparecido en 1959 la espléndida de V. S. Naipaul, Una casa para el señor Biswas. Con las complejidades de la narrativa india y otras magias, pasó desapercibida. ¿Por qué?

A la búsqueda de pistas, Eligio se fue a Buenos Aires. Encontró la ausencia de Paco Porrúa y los restos de la editorial en cajas apiladas cubiertas de polvo.

Siguió para Barcelona y una tarde temprana, en una esquina, encontró a don Paco, observando pájaros marinos en balcones de Gaudí. Hablaron. Sobre la novela de Gabriel, con un gesto que removía años, sin envanecimiento, le dijo: ¡Ah, si! Con esa novela nos fue bien.

De inmediato se puso a contarle su proyecto de traducir de nuevo a Ray Bradbury. Lo editaba en su editorial, Minotauro. Es de suponer que lo seducía del norteamericano su portentosa poesía.

Esa serena aceptación del destino, sin alharacas de orgullo, muestra otro rasgo del oficio: la discreción. Y de paso la persistencia.

Queda su ejemplo.

Imagen: Francisco Porrúa

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