14 de abril de 2015

Álamo loco y colibrí celebran con surazo

PABLO CINGOLANI -.

Valle seco. Maravilla. Explosión hipnótica y otoñal de flores silvestres. Valle que esconde sorpresas como el estómago de un camello. Amarillo rabioso, las flores. Te alegra la vida todo ese color que arrecia. Algo más: tanta rústica ferocidad amarilla, te provoca calma. Esa calma mística que siempre será la antesala de la esperanza. En esos afanes sensibles iba paseando con Dana, anfiteatro de cerros, la casa, cazando ilusiones, olfateándolas ella, y pensaba, yo pensaba, en el medio de la instalación decidida de un surazo: ¿cómo se llamará tanta belleza?

Le trasmito mi inquietud a Carolina, mi busca datos, mis manos. Ella encuentra un latinejo en difícil para el ambarino florido: no vale la pena ni transcribirlo. De paso cañazo, descubre en la maraña de la red el nombre de los vegetales que vemos todas las mañanas, todos los días, toda la vida, desde la ventana. Esto bien vale anotarlo: tabaquillos. Tabaquillos míos.

Tabaquillo. Arbusto indomable. Planta alada. Aparece de repente en los “lugares perturbados” (dicen los científicos) y crece y crece sin pedirle permiso a nadie y es tan simpática la cosa con su tallo elástico, sus manojos de hojas verdes que pelean contra la desgracia, su flor tan delicada (se parece a la prima pobre de una kantuta; esta se viste de galas, la otra con ropa usada) que te ayuda a dejar atrás la perturbación en cualquiera de sus variantes: desde la falta de dinero o la decepción política. Llamase así, tabaquillo, porque es pariente del gran tabaco, planta maestra apache y demás pueblos de las praderas del norte. Drake, el famoso corsario, biopirateó la planta y llevó el humo hasta Londres y la Reina Elisabeth, quemando chalas, soñó dragones incendiando su cama.

Me entusiasmo y busco más datos. Encuentro un sitio web mexicano, como Mauricio. Hay otros nombres del tabaquillo que son para espesar el deleite, literatura pura, popular y pura, evocativos a mas de no poder evocar: en Querétaro le dicen “buena moza”, y yo les dije que era bonita la planta y se merece el cariño de esa denominación; en Sonora el nombre del tabaquillo es genial, es “álamo loco”, tal vez por lo espigado y alto que vuela el vegetal pero con tanta fragilidad en los tallos y tanta danza y frenesí al viento que es cierto, es como un álamo que perdió la montura, un álamo orate, un álamo que merecería un cuento (como el álamo de La balada del álamo carolina de Haroldo Conti), un álamo que sólo el saber del pueblo sabe nombrar y reconocer. Hay un nombre, el que utilizan en la Baja California, que intriga: le dicen “levántate Don Juan”. Levántate vos también.

Sigo indagando. Busco en otra parte: en la biblioteca de papeles encuadernados. Busco un libro que hay que explorarlo. Es una biografía erudita sobre Martín Cárdenas. ¿Quieren héroes verdaderos? Ya lo nombré. Martín Cárdenas Hermosa. Muchos dijeron de él que estaba loco. Como el álamo. Pero en Cochabamba, no se lo decían con cariño. Pasó su vida caminando y recogiendo plantas, estudiándolas, amándolas. Memoria verde: es el botánico más importante no sólo de la historia de Bolivia, sino uno de los más reconocidos en el mundo entero. Clasificó para la ciencia universal casi 900 especies nuevas. Cactus y papas. Líquenes, helechos, floripondios: plantas, plantas, plantas. En el libro de marras, firmado por Rodríguez-Rodríguez hay un dato revelador: dice que el tabaquillo por estos lados se llama, bella y musicalmente también, “karalahua” o “karallanta” y que las hojas frescas se usan para cicatrizar. Pero esto es mejor: las hojas secas “y administradas en chicha”, provocan “el mismo efecto que el chamico”. Bendito Martín, el botánico. Bendito tabaquillo.

El chamico: alto alucinógeno. Alias datura, poderoso psicoactivo ancestral. Aludo a Burroughs: es tan potente que asusta, inhibe, se hace respetar. Maleza maleva, se asociaba al árbol de cebil y a los cactus voladores: el súper coctel chamánico de los Andes del centro-sur. Por asociación libre, enhebro, mezclo, junto al “levántate Don Juan” con el brujo yaqui de Castaneda y siento que en cualquier lugar anida, está agazapada, crece y crece la magia, magia de las palabras, magia real, magia: en la ventana, los tabaquillos y sus bríos; detrás, el horizonte del valle coronado por la wak´a, por la temible (o adorable) Muela del Diablo; en el medio, nubes bajas, retazos de cielo, bruma, surazo. ¿Es un viaje o no es un viaje? Por supuesto que sí. Es un viaje. Un viaje al rincón más inesperado de tu imaginación…. ¡un viaje hasta tu ventana, hermano!

Sigo escarbando en el infinito textual, vuelvo al laberinto virtual. Encuentro un estudio sobre paisajes culturales de La Paz. Leo algo que ya sabía, porque lo veía a diario: a los colibríes de montaña les encanta el néctar de los tabaquillos. Ahora entiendo todo. Ahora sí. Ahora siento por qué sucede esa danza gitana, ese amor brujo, ese romance intrépido entre el colibrí y el tabaquillo. Serenos tabaquillos del agreste valle. Serenos portadores de la verdad inmortal. Serenos Señores Vegetales que todo lo brindan, todo lo celebran, todo lo vuelven mágico.

Ataca el surazo pero eso no importa. Viento polar que atemoriza, saudades de la Antártida que sacuden a los cactus pero que, estoicos ellos, no se abrigan. Aunque no lo creas, el colibrí se embriaga más aún con el álamo loco en medio del surazo. No importa el hachazo del fresco. Vuelven la ventana taberna inesperada. Entonan himnos antiguos, huaynos, tangos, batanes, timbales, bagualas, blues ceremoniales, blues de piedras y las vizcachas que miran: se divierten, créeme. Logran que todo se suspenda, que la eternidad sea un poco más clara, cuando el colibrí cede y se posa, ebrio, en los brazos generosos del álamo demente.

—Ay, mi amigo, ay mi rey— le susurra el colibrí al arbusto— algún día quiero ser estrella…
—Y yo pajarito— le confiesa el álamo— quisiera arrancarme de mis raíces con la crecida e ir a la selva a conocer al jaguar.

Sueñan y sueñan la mostaza montés y el avecita, el ave mínima. El tabaquillo se bebe todo el viento austral, la geografía lo estremece y agita sus flores en ofrenda. El colibrí le empuja otra copa de néctar, y le anuncia grave a su compañero:

—Sueño Siempre con la Sagrada Serpiente.
—La he visto ayer—confiesa la buena moza— Ella me invitó a bajar por el río y ver a los ojos al tigre…
—¿Y te irás?­—hay un eco que implora en la voz del colibrí.
—No me iré. No me iré hasta que tú te vuelvas estrella…—El álamo sonríe porque ve jaguares en el cielo. Son las nubes. Son sus temores. Son sus deseos. El avecita duerme en el aire su borrachera.

¡Surazo, surazo, surazo! —los banqueros de Bangkok se abrigan, los picapedreros de Austria y los come calizas de Viacha, también. Los colibríes, no. Jamás se perderían una caricia del viento. Jamás dejarían de libar la vida con su amigo tabaquillo, con el gran álamo loco, aunque hiele, haga frío, mucho frío.

1 comentario:

  1. Me quito el cráneo... Don Latino a Max Estrella, en Luces de Bohemia, de Valle-Inclán (que anduvo por esos pagos con alguna compañía de cómicos)

    DON LATINO.
    -¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
    MAX.
    -Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la
    vida miserable de España.
    DON LATINO.
    -Nos mudaremos al callejón del Gato

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