6 de abril de 2015

Tiempo de alisado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 

No hay caso. La sensación de haber malgastado el tiempo permanece. No me refiero a la distribución de tareas del alba al anochecer, con las correspondientes interrupciones para alimentarse o ir al baño. Aunque bien entiendo y admiro a los cultores de esta práctica, pasada más de la mitad de este camino obligado, hay ciertos hábitos que no se cambian ni a cañones. Por lo tanto, nada qué hacer con mi tendencia a dispersar metas, a tentarme con el fluir del agua y las palabras bien hilvanadas. Menos con el temor al futuro.

El asunto es menos complejo que cualquier experimento colectivo o iniciativa individual. Hablo de algo espontáneo y, precisamente por ello, difícil de alcanzar; no depende del esmero ni voluntad alguna. A ver si me voy desenredando.

Fui testigo directo de cómo el género humano puede hacer realidad esta teoría que ni yo mismo comprendo cabalmente. Ocurrió hace unas semanas. Fines de marzo, principios de abril. Faltaban unos minutos para la ocho de la mañana en la explanada que une un sector con otro en la estación Grecia del Metro. Al descender la escalera que desemboca a un pasillo, me topé con dos muchachas de mochilas y uniforme de liceo. Una esperaba con placidez que la otra le alisara el pelo con una plancha eléctrica, de esas que ocupaban y desocupaban en ese mismo momento otras mujeres, pero dentro de sus casas, departamentos y moteles. El vapor salía del intersticio de la máquina, se elevaba sobre sus cabezas y dejaba su huella húmeda en la pared. Ascendía, luego, sobre los peldaños de la escalera y encaraba la explanada antes de bifurcarse entre las ramas de los árboles de una frondosa jardinera lateral. El cielo, mientras tanto, no se decidía aún a cederle el paso al amanecer, como si tuviese otra alternativa aparte de inclinarse ante los ciclos naturales. En los bordes de la carretera principal, construida en lo más alto de esa mole de cemento que se empina hacia la Cordillera, ya no quedaba huella de vapor alguna, única prueba para el resto de Santiago de que no se trataba de un efecto más del cóctel de medicamentos, el cansancio o la falta de sueño de este relator. Los transeúntes avanzaban en ambas direcciones, sin detenerse. Salvo yo, atrapado por ese acto de juventud rebelde y matinal. La premura de las otras estudiantes indicaba que la campana, el timbre o el grito del director anónimo eran algo inminente, como el mismo amanecer, aunque el cielo lo retardase, a pesar de los intentos sodomitas de la Cordillera. Seguí con la vista el cordón de la plancha eléctrica hasta un enchufe en lo alto de la muralla. Sólo un salto colosal habría permitido el contacto y no vi a nadie en derredor que las haya podido apuntalar en esta parte del plan. Tal vez una de ellas subida a la espalda de la otra, acción en equipo perfecta y autosuficiente. Volví a contemplar el proceso de peinado, el cual era ejecutado por sus protagonistas con una sorprendente armonía. En la niña en el rol de peluquera no había ni un atisbo de transigir en su afán de hermosear a su amiga, mientras ésta perdía su mirada en los peldaños, quizá con qué ensoñación. Podría ser el recuerdo del pelafustán destinado a gozar -a la rápida, a escondidas, en plena calle, de mala manera, con brusquedad y sin precaución alguna-, del cuerpecillo suyo, pero una vez avanzado el día, cuando su cabellera ya no estuviera lisa, tibia ni con olor a panadería, sino cansada y dulcemente sudorosa. En espera de ese momento, en actitud de regalada vagancia, el pelafustán aspiraría un cigarro de hierba tirado en el parque que divide la avenida Rodrigo de Araya o bien entre los blocks de edificios donde comienza la población Santa Julia, interrumpido sólo por unos motores a la distancia y uno que otro gato ronroneando por la invasión de su territorio. Es cierto, contaminé con mis propios desechos este perfecto ejercicio colaborativo, por lo que intentaré ahora volverlo a su estado más puro. Una amiga alisándole a otra el pelo, tomando prestada la electricidad de la estación del Metro para el uso de la plancha (empresa pública con participación de privados, según me parece, así que menudo espanto si se enterasen los ejecutivos), mientras sus compañeras de curso bostezaban en el helado patio de baldosas del liceo, a las ocho en punto, ante el tedio provocado por las palabras del director anónimo y al pensar en lo que les aguardaba en el aula. A eso se le llama aprovechar el tiempo de manera adecuada, me digo al volver a las niñas del Metro que se encontraban muy lejos de terminar su tarea.

Reinicié la marcha antes que la manada que avanzaba a mis espaldas tomara cualquier iniciativa en mi contra. 

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