9 de mayo de 2015

Beirut

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

El largo martirio de Beirut, parcialmente pacificada con la retirada del ejército judío no hace mucho, impidió apreciar la valía de esta ciudad como obra -y estilo de vida- artística. No en vano llamada la París del Oriente Medio, le debe a la urbe francesa un aire de sofisticación, el cual a su vez llegó a los franceses gracias a la cultura árabe, a la turca también, en las centurias en que el oriente influyó, hechizaba en realidad, al colectivo europeo; una suerte de pago revertido. 

La conquista y destrucción del infiel tenía como escondida ambición aprehender de sus exóticos rivales lo sofisticado de su entorno. Gracias a la lucha contra el Islam, los bestiales ingleses refinan sus maneras y enriquecen su decorado. Lo mismo los francos, más habituados a vivir entre caballos y ciertamente alejados del baño, que adoptan del enemigo, mientras se modernizan, artes de urbanidad. Beirut, entonces, viene a tener, como herencia doble, su espíritu ancestral añadido a su ser natural por la gracia de otras naciones.

Eso en términos que intentan abarcar una cronología tal vez demasiado extensa para el Beirut que se quiere retratar, antiguo de un siglo. Ciudad de poetas y músicos, de hetairas, alucinógenos y demás manifestaciones del vicio. Sodoma moderna que competía en esplendor con las rutilantes ciudades de Europa, con salones de baile y vajilla inmortal cuyo gusto y ejercicio tenía un sabor de aventura del que carecían las capitales del continente blanco. Construida en laberinto, con la dificultad arquitectónica sobrecargada de la vieja Fenicia, los ancestros más profundos, y de la no menos extrema construcción árabe superpuesta, el placer en Beirut se daba al fondo, después de sortear los arabescos y recovecos de sus barrios, callejones interruptos, ojivas y medias lunas. Villa de etiqueta y de cognac, donde los sirvientes, egipcios de fez y no de turbante, escancian el vino de la historia. 

En el Líbano, el tiempo ha dejado largas estrías que desde las ruinas de ancianas aglomeraciones humanas, como Palmira -yendo hacia Damasco, o el imperio de la baja Armenia, Asiria y el helenismo paren una multifacética urbe de cara al Mediterráneo y sostenida por un bagaje cultural sin par. A ello se añade un mínimo aporte, aunque de agradables matices, del colonialismo francés, que fusiona con lo nativo la modernidad y crea en el oriente costeño una ciudad dual, con el sabor y la atmósfera semitas pero hablando francés.

Poco quedó de la ciudad antigua. La mayor parte se destruyó durante las guerras civiles de los 70. Las ruinas, que aún persisten, marcaron la división entre Beirut Este y Beirut Oeste, con las milicias musulmanas como dueñas del sector occidental y las cristianas del otro. En una película franco libanesa de algunos años atrás es la madre de las prostitutas de Beirut, que mantiene su negocio vivo entre ambos bandos, en un casi mítico refugio de una ciudad en guerra, la que dice que su ciudad no tiene sectores, que es única e indivisible, con una cordura mayor que políticos y guerreros que adjuntan a su atávica estupidez la soberbia de pensar que hacen historia. A la larga todos terminan en el burdel y recurrimos a Goya con sus descarnados dibujos para "El arte de las putas", de Moratín, donde se muestra a éstas arreando como asnos a la multitud de hombres: magnates y curas, pordioseros y generales, por igual. Durante la guerra, los autos que transportaban a meretrices y clientes se movían sin prisa por la tierra de nadie. Llevaban, colgado de la antena, un vistoso sostén de mujer que anunciaba a los francotiradores su negocio. Aquellos vehículos, como el alma maliciosa de Beirut, se respetaban.


13/07/04

Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), julio 2004

Imagen: Centro de Beirut, de noche

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

*