28 de junio de 2015

Balcarce



MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Sé para donde cae. Nunca estuve, nunca llegué a Balcarce, pero en un armario abierto de mala manera, en la casa abandonada que se había quedado «como cuando», quieta, encontré un tarro de vidrio con tierra y a él atado con liza un sobre doblado, hecho una tira, y dentro una hoja escrita con la letra rotunda de mi abuela expresando el deseo de que cuando muriera pusieran aquella tierra en su féretro. No fue el caso. Para cuando murió hacía algunos años que habían botado  la tierra, junto con papeles familiares, argentinos y navarros, nacimientos, defunciones, bodas, testamentos, facturas extrañas y algunas fotografías... recuerdo una de una casa baja, más destartalada que otra cosa, con un pozo, unos caballos, perros y gente, niñas, y recuerdo un cementerio... Y a ratos me da por pensar que si escribo es contra ellos, contra los que quemaron esa y otras historias familiares, hasta que de ellas no quedó nada, al grito abusivo de «La memoria es sagrada», que es una forma de imponer la tuya, de adoctrinar, de arrebatar, de dominar en propio nombre y en el de quienes te inspiran con la religión de la mano, encima. Borrar la historia, borrar la memoria. Estaba en el aire. Había que olvidar, todo; esa era la consigna, o qué sé yo. 

No estaba en la ciudad cuando desmantelaron aquella casa y atascaron el fuego de la cocina y de la chimeneta con los documentos de una historia familiar, pequeña, común, irrelevante, de mala, de pésima suerte si se quiere, pero que en cierta manera me pertenece porque de ella vengo. Había salido de viaje y no sabía que al menos allí, no iba a regresar, salvo en sueños y de manera recurrente. Y de Balcarce solo me han quedado jirones de historias, pocas, tan pocas en el fondo... y es que había tanto tiempo para escucharlas, mañana, mañana, además, seguro que no las voy a olvidar, mañana, seguro además que van a estar ahí para contármelas, en las primeras tardes del otoño, con el fuego de San Miguel. No estaban, no estoy, son brumas de «Allá lejos y hace tiempo», el libro que habla del campo, aunque de otra parte, pero el niño que lo leía, el que está tumbado en el pasto mirando pasar las nubes, no es uruguayo ni argentino, ni siquiera sabe con certeza de dónde es. 


4 comentarios:

  1. Estas palabras llegarán a Balcarce. Muy bueno.

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    1. Gracias. Me gustaría mucho que así fuera.

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  2. Hay textos ante los que mi racionalidad se bate en retirada y me rebanan las emociones. Este es uno de ellos. Hermoso, perfecto, triste.

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  3. No veo mejor forma de preservar la memoria que escribir. Me ha pasado perder mis pasado en su forma física por las muchas mudanzas, hoy ni siquiera queda mi segunda casa a la que volver para hacerme de recuerdos más vívidos que los de mi memoria. Larga vida a la salud de la mente, al poder de la evocación y la nostalgia que no nos dejan apartarnos del pasado.
    Saludos.

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