1 de junio de 2015

Viña a quemarropa

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Entre el 5 de agosto de 1980 y el 1 de noviembre de 1981, fueron cometidos diez asesinatos y cuatro violaciones en la Región de Valparaíso. Durante ese período, los antecedentes que permitían vincular un delito con otro eran dos revólveres Colt calibre 38 de cañón largo, víctimas interceptadas en el interior de automóviles –parejas de amigos o novios, además de taxistas- y lugares apartados. Ante el miedo colectivo y los nulos avances de las pesquisas (el prefecto de Investigaciones de Valparaíso, Orlando Gutiérrez, llegó a decirle a un periodista del canal UCV, frente a las cámaras: “Ustedes saben más que nosotros”), la prensa chilena bautizó el caso como “El sicópata de Viña del Mar”. El documental “Fallo mortal”, de Nicolás Alcalde Llados, da cuenta de dos versiones sobre el origen de esta denominación, utilizada en infinidad de titulares y crónicas del período: una versión lo atribuye a la creatividad de un editor del diario La Estrella de Valparaíso y otra, a un comentario de un periodista de Radio Agricultura, ante la similitud y continuidad de los crímenes.

Las obras de mejor factura y de mayor rigurosidad sobre el caso son los libros "El cronómetro de la muerte" del periodista porteño Ricardo Ruiz Lolas y "Los sicópatas del Viña del Mar" del escritor Alfonso Alcalde (esta última de tres tomos). Desde el campo audiovisual, pese a los varios intentos del mismo tipo, destaca el documental "Pena de muerte" del director viñamarino, Tevo Díaz. Todas ellas instalan más de una duda sobre un proceso que, a estas alturas, nunca podrán ser aclaradas. 


HUELLAS

Noche del 30 de junio de 1980 (también figura como 26 de junio de 1980), Viña del Mar. Un sujeto de jockey y bufanda se dirige hacia un automóvil estacionado en la avenida Sporting, en cuyo interior se encuentran Emilio Marín y Berta Chacón (otras crónicas los identifican como Emilio Martínez Riquelme y Berta López). Apunta con un revólver desde una ventanilla lateral y les ordena que bajen el vidrio. Los ocupantes obedecen. Exige que le entreguen todo el dinero que lleven consigo, más sus relojes y una chaqueta de Marín. Este último se niega. El asaltante le dispara en el hombro izquierdo, a corta distancia, y huye. Llama a una comisaría desde un teléfono público informando la presencia de un herido a bala en el sector. Escondido entre las sombras, espera la llegada de un furgón policial y se retira del lugar. Marín sobrevive al ataque. 

Noche del 12 de noviembre de 1980, Viña del Mar. Los celadores de Sausalito –balneario turístico ubicado en el cerro Santa Inés- deciden hacer una ronda con sus escopetas para averiguar el origen de unos bocinazos de automóvil provenientes del lado de la laguna. Desconocen completamente el robo que afectó a Juan Espinoza Moreno y su esposa, Flor María Osses, la madrugada del 26 de junio de ese año en calle Limache, así como el asalto frustrado a una estación de servicio de avenida Uno Norte, con sólo minutos de diferencia. Tampoco lo relacionan con los robos que afectaron el 22 y 23 de junio, dentro del mismo balneario, a Raúl Rojas Olguín, Hugo Aragón Valdivia y Adelina López Zamora y luego a Jaime García Valenzuela, respectivamente. En el trayecto, los celadores se topan con dos hombres que avanzan en sentido contrario. Estos les hacen señas intermitentes con una linterna fingiendo normalidad y cada uno sigue su camino (el escritor Alfonso Alcalde señala que sólo hay un celador, un anciano desarmado, que porta una linterna. Al alumbrar hacia unas sombras en movimiento, ve un hombre que le muestra, con toda calma, un revólver y otro que asiente, conminándolo a seguir avanzando en silencio.) Unos metros más allá descubren el cuerpo agonizante del médico Alfredo Sánchez junto a su automóvil abierto. Los hombres de la linterna han desaparecido de Sausalito sin dejar rastro. En los alrededores de la laguna, cerca de diez automóviles se retiran silenciosamente del lugar para evitar comprometerse en lo sucedido.

El propio testimonio que la enfermera Luisa Bohle, novia y acompañante del médico Sánchez esa noche, da al escritor Alfonso Alcalde confirma que los atacantes son dos, que actúan a rostro descubierto y que el lugar cuenta con decenas de testigos. Primero, Alfredo Sánchez es abordado por uno de los sujetos por el lado derecho del vehículo. Le ordena con un gesto que baje el vidrio y le entregue su carnet de identidad. Sánchez obedece, pero considera sospechosa la situación. Decide tocar la bocina para alertar a los otros vehículos de lo que ocurre. Molesto, el sujeto procede a golpear a Sánchez varias veces con la cacha del revólver, bufando como un animal. Toma un descanso y le dispara un tiro. Le quita los anteojos y sigue golpeándolo. Vuelve a dispararle y retoma los golpes con el revólver hasta hacerle perder el conocimiento. 

Cuando Luisa Bohle intenta cerrar la ventana, el segundo de los atacantes abre la puerta, saca el cuerpo del médico del automóvil y con su cómplice intentan tirarlo a la laguna. La enfermera aprovecha el momento para intentar escapar. Corre, pero le dan alcance. Uno de los hombres la amordaza con el chaleco y la empuja en la parte posterior del automóvil. En ese momento, ella logra verles los rostro y trata de grabarlos en la memoria. Luego la trasladan al sector de las cocheras (donde descansan los caballos de las victorias de la Plaza Vergara) y se turnan para violarla. Finalmente, como si tratara de algo trivial, deciden perdonarle la vida. 

La enfermera, a pesar de su mal estado, camina en busca de ayuda. Encuentra una garita y el celador le niega el teléfono. Llega a una comisaría y un teniente la somete a preguntas por veinte minutos antes de decidirse a acompañarla al lugar del crimen. El uniformado no permite trasladar al médico moribundo en el radio patrullas y esperan la llegada de la ambulancia. Tiempo suficiente para que Alfredo Sánchez muera desangrado, a las cinco de la madrugada, en la Asistencia Pública de Viña del Mar. 

Tarde de verano de 1981, Viña del Mar. En la calle 7 Norte, un individuo de mediana estatura, pelo corto, ojos claros, polera, jeans y zapatillas se detiene junto a una citroneta estacionada frente a un edificio. Mira hacia el interior, ve una niña de doce años –se llama Ariadna-, se baja los pantalones y le exhibe los genitales por unos segundos (según la versión posterior del individuo, su intención era orinar junto a un árbol y sólo se percató de la presencia de la menor cuando la oyó gritar). Ariadna rompe en llanto lo que motiva la huida del sujeto y el regreso de Inés, su madre, en ese momento hablando por citófono al departamento de una amiga. Tras escuchar el relato de la niña, Inés enciende el motor de la citroneta y sale en persecución del individuo. Lo ubica a los pocos metros. Al verse sorprendido, éste corre por las calles adyacentes. Sin perderlo vista, Inés sigue avanzando incluso en contra del sentido del tránsito, hasta donde la calle comienza su ascenso al cerro. Cuando el sujeto da muestras de cansancio, saca un revólver de la polera, gira y dispara a la citroneta. A pesar de que el vidrio parabrisas queda destrozado, Inés y Ariadna resultan ilesas. Inés estampa la denuncia en la policía y cuando es citada a una rueda de reconocimiento ante un grupo de sospechosos, identifica al exhibicionista de 7 de Norte. Sin embargo, éste no corresponde a ninguno de los detenidos puestos detrás de un biombo, sino a uno de los carabineros encargado de su custodia.

Noche del 28 de febrero de 1981, Viña del Mar. Un caminante solitario recorre la orilla del estero Marga Marga -calles Quinta y Echevers, zona utilizada como estacionamiento-, momento en que es alumbrado por las luces delanteras de un automóvil que ingresa al lugar. El caminante intenta ocultar el rostro mientras sigue avanzando hacia uno de los automóviles estacionados en el interior. Tras un intercambio de gestos y palabras, el caminante hace seis disparos a través del vidrio parabrisas. Tres dan en el objetivo y bastan para dar muerte al transportista Fernando Lagunas Alfaro. Su acompañante, Delia González, cree reconocer al agresor y grita: “¡Te conozco, paco!” (apodo dado a los carabineros chilenos), por lo que también es ultimada con tres disparos. A raíz de los gritos y detonaciones, varias luces de departamentos cercanos se encienden. Los testigos del vehículo que acaba de ingresar y de los restantes automóviles aparcados bajo los sauces, ven cómo el agresor se retira del lugar finalizada su carnicería. 

Alfonso Alcalde sostiene la siguiente tesis: Delia González maneja antecedentes sobre la muerte de Enrique Gajardo Casales (primera víctima del sicópata, cuyo cadáver fue encontrado en el camino Troncal el 5 de agosto de 1980), los que comenta sin recato alguno entre amigos, conocidos y clientes en los alrededores de la Plaza Vergara, sector donde ejerce su oficio de prostituta. Al tomar conocimiento de aquello, el “comando intelectual” de asesinos decide la ejecución inmediata de la mujer. Según esta tesis, Lagunas Alfaro se suma como víctima del psicópata sólo por estar en el lugar y el momento equivocados. La viuda del transportista manifiesta a Tevo Díaz en "Pena de muerte", en cambio, que el perseguido en esa ocasión era su marido y que la víctima fortuita fue su acompañante del momento, Delia González. 

En esa misma hora, tras una acalorada discusión con su esposa donde ésta lo acusa de ser el buscado sicópata, el empresario y playboy viñamarino Luis Gubler sale de su hogar de Miraflores Bajo, con dirección a la capilla del colegio Sagrados Corazones de los Padres Franceses, en avenida Uno Norte. Reza por unos minutos, un sacerdote le da la comunión, sufre un arrebato de ira y en un intento de salir del lugar quiebra un vidrio. Durante ese período, se produce, además, el robo de una casulla del templo (vestimenta exterior de los sacerdotes católicos para hacer misa) que aparece tirada, horas más tarde, en la orilla de una playa donde acaba la avenida Uno Norte, a sólo unas cuadras del estacionamiento del Marga Marga.


PRENSA SABUESO

Mañana de 1 de marzo de 1981, Viña del Mar. El periodista de El Mercurio de Valparaíso, Ricardo Acevedo, cuenta en “Fallo Mortal” haber descubierto durante su reporteo por la orilla del estero Marga Marga huellas de botas militares. Después de preparar la crónica de la próxima edición, se dirige con el fotógrafo a la Policía de Investigaciones para entregar esta información que consideran valiosa para el caso. Al principio, los detectives le restan importancia. Dada la insistencia de Acevedo, lo instan a olvidarse del asunto. Como no logran convencerlo, las advertencias se vuelven más evidentes. El periodista y su colega, haciendo valer el instinto de sobrevivencia, finalmente asienten y se retiran del cuartel. 

De manera paralela, el periodista Ruiz Lolas recibe de una oficial de carabineros un dato relevante: la denuncia del crimen de Lagunas Alfaro y Delia González la realizó una persona domiciliada en Agua Santa 980. Ruiz Lolas y un fotógrafo concurren a esa dirección y se encuentran con una casona enorme –piensan que se trata de una empresa, una distribuidora o algo por estilo-, con decenas de automóviles con vidrios polarizados estacionados en los alrededores. Al llamar al citófono, una voz los conmina a irse, sin molestarse en escuchar sus explicaciones. Ante la insistencia de Ruiz Lolas, del interior sale un sujeto que le asegura que, ya sea por las buenas o por las malas, él personalmente los retirará del lugar. Los reporteros acatan y más tarde se felicitan por esta decisión. Sus averiguaciones les permiten enterarse que la dirección en cuestión corresponde a un cuartel de la Central Nacional de Inteligencia (CNI), organismo de represión de la dictadura, en cuyas dependencias se someten a torturas a opositores políticos. Los agentes de la CNI fueron los primeros en encontrar los cadáveres de Laguna Alfaro y Delia González y en dar cuenta a Carabineros de lo ocurrido. 


EN EL CAMINO

Noche del 25 de mayo de 1981, Viña del Mar. Margarita Santibáñez -única sobreviviente de un nuevo ataque de los dos psicópatas viñamarinos, cuyo saldo es su violación y la muerte a balazos de Jorge Inostroza Martínez y, horas antes, del taxista Luis Morales Álvarez- logra retener un par de detalles del dúo de atacantes que aprovecha la detención del automóvil donde viaja con su hija pequeña y un amigo de su esposo (el mismo Inostroza Martínez), en el camino Los Ositos de Reñaca: movimientos y tono de voz autoritarios, además de la credencial de carabinero que uno de ellos sujeta en su boca por unos segundos, durante un descuido. Según la conversación de Margarita Santibáñez con el escritor Alfonso Alcalde, cuando revela estos detalles en la comisaría, el oficial de guardia la trata de loca y le advierte que no vuelva a repetir esa "estupidez", sino desea aumentar sus problemas. 

Noche del 28 de julio de 1981, Viña del Mar. Guillermo Cortés transita con su camión tolva por el sector El Olivar, cerca de las 21 horas, con dirección hacia Quilpué. En el sector La Herradura divisa un taxi marca Pony estacionado (vehículo muy utilizado para prestar este servicio en esos años), con el parabrisas quebrado y las luces encendidas. Junto al vehículo, dos individuos lanzan un bulto hacia la quebrada, derribando en el intento la reja de protección. Finalizada la faena, se suben al taxi y avanzan en la misma dirección que recorre Cortés, adelantando su camión. Pasado cinco minutos de viaje, Cortés ve de nuevo el taxi estacionado en la orilla del camino. Uno de los ocupantes intenta deshacerse de otro bulto. Cortés decide detenerse para convidarles un trozo de nylon, de manera que puedan cubrir el parabrisas quebrado y continuar el viaje con más seguridad. Cuando baja del camión y camina hacia el taxi, el individuo se sube al vehículo con rapidez, aplica marcha atrás y luego acelera en dirección a Quilpué, sin respetar el disco pare del cruce de los caminos El Olivar y Troncal.

Horas más tarde, se sabrá que el bulto encontrado en la quebrada corresponde al cuerpo del taxista Raúl Aedo León. Tras recibir un balazo por la espalda de parte de uno de sus pasajeros, Aedo fue lanzado cerro abajo. Agónico, el taxista luchó por su vida intentando trepar entre las ramas y afirmándose de la misma reja derribada, por lo que su verdugo lo remató de un segundo disparo, antes que lograra alcanzar tierra firme. En ese mismo lugar, había sido encontrado un año antes el cadáver de Gajardo Casales, oportunidad en que iba acompañado por una joven mujer a quien el dúo de sicópatas le perdonó la vida tras violarla. Nunca fue posible ubicarla para obtener su declaración, pese al esfuerzo desplegado por autoridades policiales, judiciales y políticas. 

Noche del 30 de junio de 1981, Valparaíso. A unos metros del cuartel de la Policía de Investigaciones, en la esquina de calle Yungay con Uruguay, es encontrado un Subaru 600 abandonado. Pertenece a Ana María Riveros quien el día anterior denunció a Carabineros haber sido víctima de una violación y su acompañante, Óscar Nogueira Inostroza, asesinado. Los agresores fueron dos sujetos que los interceptaron en un taxi Pony con el vidrio parabrisas quebrado, cuando ella conducía el Subaru en el sector de la cuesta El Pangal, comuna de Limache. 

Noche del 31 de octubre de 1981, Viña del Mar. Los jóvenes Sergio Dávila, Marco Fernández, Sergio Páez y Héctor Córdova planean pasar la noche en un encuentro fraternal bajo el puente Capuchinos, frente a la playa Caleta Abarca. Un individuo se acerca, les pide los documentos, les ordena que se alejen del lugar –dice que es muy peligroso que permanezcan allí, sin dar una razón precisa- y les propone que vayan en dirección al Hotel Miramar. Apenas transcurridos unos minutos, los jóvenes son devueltos a Caleta Abarca por el verdadero guardia del balneario. El individuo del principio aparece nuevamente y les insiste que se vayan hacia el sector de Recreo si no desean ser detenidos (no les dice que es policía, pero se expresa como si lo fuera). 

Madrugada del 1 de noviembre de 1981, Viña del Mar. Tras liquidar de un disparo a Jaime Ventura Córdova bajo el puente Capuchinos, frente a la playa Caleta Abarca, el falso guardia del balneario sale en persecución de la acompañante de la víctima, Roxana Venegas Reyes. Forcejea con ella, le entierra la cara en la arena y le dispara hiriéndola de muerte (él dirá en su defensa que se le escapó un tiro accidentalmente). Tanto en ese momento como en su regreso por la línea del tren hacia Valparaíso, el sujeto es visto por los mismos cuatro jóvenes que intentó alejar de la playa y por otro par de testigos quienes, ante su demencial proceder, prefieren quitarse de su camino. 


(Continuará)

Imagen: https://elarchivoene.files.wordpress.com/2013/05/img1072.jpg

2 comentarios:

  1. Un polémico caso. Estoy seguro que con tu vuelta de tuerca se clarificarán muchos pasadizos oscuros. Excelente narración, estimado amigo.

    ResponderEliminar
  2. Nicolás Alcalde Llados6/8/15

    Tuve la suerte de compartir horas con Ricardo Ruiz y Tevo Díaz conversando sobre este apasionante caso, lleno de intrigas aún no resueltas y que tal como señalas "a estas alturas, nunca podrán ser aclaradas". Un abrazo.

    ResponderEliminar

*