25 de junio de 2017

Viña a quemarropa

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Entre el 5 de agosto de 1980 y el 1 de noviembre de 1981 fueron cometidos diez asesinatos y cuatro violaciones en la Región de Valparaíso (hubo dos muertes más, un par de asaltos y una violación en el período, pero que fueron descartados de la serie). Los antecedentes que llevaron a vincular un delito con otro eran un revólver Colt calibre 38 de cañón largo, víctimas interceptadas en el interior de automóviles –parejas heterosexuales, además de taxistas- y/o en lugares apartados: senderos, playas, carreteras. 

Ante el miedo colectivo y los lentos avances de las pesquisas, la prensa bautizó el caso primero como “El Mirón”, luego “El Sicópata” y finalmente “Los Sicópatas de Viña del Mar”. 

HUELLAS
Noche del 30 de junio de 1980 (también figura como 26 de junio de 1980), Viña del Mar. Un sujeto de jockey y bufanda se dirige hacia un automóvil estacionado en la avenida Sporting, en cuyo interior se encuentran Emilio Marín y Berta Chacón (otras crónicas los identifican como Enrique Martínez o Emilio Martínez Riquelme y a su acompañante como Berta López). Apunta con un revólver desde una ventanilla lateral y les ordena que bajen el vidrio. Los ocupantes obedecen. El sujeto exige que le entreguen todo el dinero que llevan consigo, más sus relojes y una chaqueta de Marín, pero este último se niega a soltar sus pertenencias. El asaltante le dispara en el hombro izquierdo, a corta distancia, y huye. Un llamado a la comisaría desde un teléfono público informa la presencia de un herido a bala en el sector. Marín sobrevive al ataque.

Mañana del 6 de agosto de 1980, Viña del Mar. Un grupo de jóvenes encuentra el cuerpo sin vida del técnico electrónico de la Empresa Nacional de Minería (ENAMI), Enrique Gajardo Casales. De manera paralela, es divisado sobre la avenida España, apenas sostenido por los troncos y las ramas de los árboles de la plaza Bellamar del cerro Esperanza, un automóvil Austin Mini de propiedad de la víctima.

Al momento de ser ultimado, Casales se encontraba acompañado de una joven mujer a quien el (o los) agresor(es) le perdona(n) la vida tras violarla. No es posible dar con su paradero para obtener una declaración de lo sucedido, pese al esfuerzo desplegado por autoridades policiales, judiciales e incluso funcionarios de la dictadura. 

Noche del 12 de noviembre de 1980, Viña del Mar. Los celadores de Sausalito –balneario turístico ubicado en el cerro Santa Inés- deciden hacer una ronda con sus escopetas para averiguar el origen de unos bocinazos de automóvil provenientes del lado de la laguna. Desconocen completamente el robo que afectó a Juan Espinoza Moreno y su esposa, Flor María Osses, la madrugada del 26 de junio de ese año en calle Limache. Tampoco saben del asalto frustrado a una estación de servicio de avenida Uno Norte, con sólo minutos de diferencia. Tampoco lo relacionan con los robos que afectaron el 22 y 23 de junio, dentro del mismo balneario, a Raúl Rojas Olguín, Hugo Aragón Valdivia y Adelina López Zamora (quien además fue ultrajada) y luego a Jaime García Valenzuela. En el trayecto, los celadores se topan con dos hombres que avanzan en sentido contrario. Estos les hacen señas intermitentes con una linterna fingiendo normalidad y cada uno sigue su camino (el escritor Alfonso Alcalde señala que sólo hay un celador, un anciano desarmado, que porta una linterna. Al alumbrar hacia unas sombras en movimiento, ve un hombre que le muestra, con toda calma, un revólver y otro que asiente, conminándolo a seguir avanzando en silencio.) Unos metros más allá, los celadores descubren el cuerpo agonizante del médico Alfredo Sánchez junto a su automóvil con las puertas abiertas. Los hombres de la linterna han desaparecido de Sausalito sin dejar rastro. En los alrededores de la laguna, cerca de diez automóviles se retiran del balneario.

El propio testimonio que la enfermera Luisa Bohle, novia y acompañante del médico Sánchez esa noche, da al escritor Alfonso Alcalde confirma que los atacantes son dos, que actúan a rostro descubierto y que el lugar cuenta con decenas de testigos. Primero, Alfredo Sánchez es abordado por uno de los sujetos, desde el lado derecho del vehículo, quien hace movimientos circulares con su linterna. Luego, le ordena con un gesto que baje el vidrio y le entregue su carnet de identidad. Sánchez obedece, pero considera sospechosa la situación. Decide tocar la bocina para alertar a los otros vehículos de lo que ocurre. Molesto, el sujeto procede a golpear a Sánchez varias veces con la cacha del revólver, bufando como un animal. Toma un descanso y le dispara un tiro. Le quita los anteojos y sigue golpeándolo. Vuelve a dispararle y retoma los golpes con el revólver hasta hacerle perder el conocimiento.

Cuando Luisa Bohle intenta cerrar la ventana, el segundo de los atacantes abre la puerta, saca el cuerpo del médico del automóvil y junto a su cómplice intentan lanzarlo a la laguna, sin conseguirlo. La enfermera aprovecha el momento para intentar escapar. Corre, pero le dan alcance. Uno de los hombres la amordaza con su chaleco y la empuja en la parte posterior del automóvil. En ese momento, ella logra verles los rostros. Luego, es llevada en el vehículo al sector de las cocheras -allí descansan los caballos de las victorias de la Plaza Vergara-, donde los agresores se turnan para violarla. Finalmente deciden dejarla con vida. 

La enfermera, a pesar de su mal estado, camina en busca de ayuda. Encuentra una garita y el celador le niega el teléfono. Llega a una comisaría y un teniente la somete a varias preguntas por veinte minutos antes de decidirse a acompañarla al lugar del crimen. 

La versión de Luisa Bohle a la Policía de Investigaciones sobre el ataque difiere en algunos puntos con la anterior. Ni ella ni su novio obedecen a los movimientos de luces de las linternas de los individuos para que desciendan. Uno de ellos introduce su brazo dentro del automóvil y baja el vidrio de la puerta (se supone que tenía una pequeña abertura pues no se menciona que el cristal haya sido quebrado con un piedrazo o disparos). Sánchez recibe un golpe en la cara con el revólver. Luisa grita asustada y un disparo la hiere en la mano derecha. Se suman dos disparos más en contra del doctor a corta distancia. El delincuente abre la puerta del vehículo, saca del interior a Sánchez -herido de gravedad-, lo arrastra por el suelo y lo apoya en un árbol. Luisa es obligada a salir y a subirse en el asiento trasero. Le cubren el rostro con un chaleco y la inmovilizan mientras a su lado se ubica uno de los agresores. El otro se pone al volante pero no sabe cómo encender el motor ni reconoce el tablero de luces. Le piden ayuda a Luisa y le descubren el rostro por unos segundos. Avanzan por caminos interiores. La obligan a bajar en un lugar oscuro. Se turnan para violarla en la parte delantera del automóvil, primero el que iba sentado junto a ella y luego el chofer. Al finalizar el ultraje, los agresores se dan a la fuga y son vistos por el cuidador del lugar, identificado por Investigaciones como Eleuterio Meneses Glasinovich, quien porta una escopeta y una linterna. Alertado por los gritos y disparos, Meneses alumbra hacia las sombras en movimiento. “Apaga la luz, somos nosotros”, le dice una voz en tono autoritario.

Luisa regresa al lugar donde fue atacada junto a su novio. No lo divisa por ningún lado. Sale del Sausalito y en la calle Los Lirios aborda un taxi hasta la Comisaría ubicada en 3 Poniente con 4 Norte. Regresa junto con un Carabineros a la laguna y encuentran al doctor tendido en el suelo, aún con vida. Se había arrastrado cerca de 70 metros perdiendo mucha sangre. En ese trayecto fue visto por los ocupantes de varios vehículos, uno de ellos un amigo cercano, quien no lo socorrió. Más tarde, este testigo argumentará a Investigaciones que no actuó por miedo. La enfermera no denuncia robo alguno. 

El Carabinero que acompaña a Luisa no permite trasladar al médico moribundo en el radio patrullas por temor a manchar con sangre el interior del vehículo fiscal, por lo que esperan la llegada de la ambulancia. Tiempo suficiente para que Alfredo Sánchez muera desangrado, a las cinco de la madrugada, en la Asistencia Pública de Viña del Mar. 

Tarde de verano de 1981 (también figura como 1980), Viña del Mar. Ricardo Ruiz Lolas consiga en su libro “Cronómetro de la muerte” el siguiente hecho: en la calle 7 Norte (con 6 Oriente), un hombre de mediana estatura, pelo corto, ojos claros, polera, jeans y zapatillas se detiene junto a una citroneta estacionada frente a un edificio. Mira hacia el interior, ve una niña de doce años –identificada como Ariadna-, se baja los pantalones y le exhibe los genitales por unos segundos (según la versión posterior del detenido por este y otros casos, su intención era orinar junto a un árbol y sólo se percató de la presencia de la niña cuando la oyó gritar). Ariadna rompe en llanto lo que motiva la huida del exhibicionista y el regreso de Inés, su madre, quien hablaba por citófono en el departamento de una amiga (según la versión entregada a la Policía de Investigaciones, las mujeres salen juntas de la casa de una de ellas y regresan a buscar un objeto que han olvidado, dejando a la niña sola dentro del vehículo, momento aprovechado por el exhibicionista para cometer su delito). Tras escuchar el relato de la niña, Inés enciende el motor de la citroneta y sale en persecución del individuo. Lo ubica a los pocos metros. Al verse sorprendido, éste corre por las calles adyacentes. Sin perderlo vista, Inés sigue avanzando incluso en contra del sentido del tránsito, hasta donde la calle comienza su ascenso al cerro Santa Inés. Cuando el sujeto da muestras de cansancio, saca un revólver de la polera, gira y dispara a la citroneta. A pesar de que el vidrio parabrisas queda destrozado, Inés y Ariadna resultan ilesas. Inés estampa la denuncia en la policía y cuando es citada a una rueda de reconocimiento ante un grupo de sospechosos, identifica al exhibicionista de 7 de Norte. Sin embargo, éste no corresponde a ninguno de los detenidos ubicados detrás de un biombo, sino a uno de los carabineros encargado de custodiarlos. Más adelante, confundida por la presión y el miedo, no distingue si el exhibicionista corresponde a un carabinero o a un guardia de seguridad. 

Noche del 28 de febrero de 1981, Viña del Mar. Un caminante solitario recorre la orilla del estero Marga Marga -calles Quinta y Etchevers, zona utilizada como estacionamiento en la parte seca del cauce- y es alumbrado por las luces delanteras de un automóvil que ingresa al lugar. El caminante intenta ocultar el rostro mientras sigue avanzando hacia el interior, hasta detenerse frente a otro automóvil detenido bajo un sauce. Tras un intercambio de gestos y palabras con sus ocupantes, el sujeto hace seis disparos a través del vidrio delantero. Tres dan en el objetivo y bastan para dar muerte al transportista Fernando Lagunas Alfaro. Su acompañante, Delia González Apablaza, balbucea unas palabras antes de ser ultimada con tres disparos. A raíz de los gritos y detonaciones, varias luces de departamentos cercanos se encienden. Los testigos del vehículo que acaba de ingresar y de los restantes automóviles aparcados bajo los sauces, ven cómo el agresor se retira del lugar finalizado su cometido. 

En esa misma hora, tras una acalorada discusión con su esposa donde ésta lo acusa de ser el buscado sicópata de Viña del Mar, el empresario de la zona, Luis Gubler Díaz, sale de su hogar de Miraflores Bajo, con dirección a la capilla del Colegio Sagrados Corazones de los Padres Franceses, en avenida Uno Norte. Reza por unos minutos, un sacerdote le da la comunión, sufre un arrebato de ira y en un intento de salir del lugar, quiebra un vidrio. Durante ese período se produce el robo de una casulla del templo, vestimenta exterior de los sacerdotes católicos para hacer misa. Horas más tarde, la casulla aparece tirada sobre las arenas de la playa donde acaba la avenida Uno Norte, a sólo unas cuadras del estacionamiento del Marga Marga.

La Policía de Investigaciones toma conocimiento de la pareja asesinada a orillas del estero mediante un llamado realizado en forma anónima por un sujeto apodado “El Llavero”, voyerista habitual del sector. Ya en el lugar, los policías se percatan que el cuerpo de Delia González, además de los disparos a bala recibidos, tiene heridas corto punzantes de poca profundidad. Otro dos testigos –un hombre de apellido Suez y una prostituta que lo acompaña- declaran que mientras permanecían en el lecho del estero, escucharon dos disparos, la voz de una mujer diciendo “perdón” o “perdóname” y luego dos disparos más. Años más tarde, con un detenidos por este crimen, cobraría más fuerza la versión que las palabras finales de la mujer bajo el puente fueron “te conozco, paco” (apodo informal que se les da a los Carabineros en Chile), versión reforzada por el propio periodista Ruiz Lolas. 

Minutos más tarde, continua el relato de Suez, dos hombres ascienden desde el estero e ingresan a un edificio de la calle Etchevers. Suez se topa con los mismos hombres cuando hace la denuncia del ataque en la comisaría. A Suez le llama la atención la familiaridad con que ambos se desenvuelven en el recinto policial, sin pronunciarse ni mostrarse preocupados por el ataque al taxista y su acompañante, hecho del que necesariamente debieron percatarse. Dos testigos más –uno de ellos un cuidador de automóviles de nombre Alberto Delfín Pulgar y el segundo, Teodoro Marchessini- dan cuenta de la presencia de un hombre de 45 años, alto, de cabello corto y escaso ascendiendo desde el estero, además de un automóvil “antiguo” estacionado en el cuadrante.

Una sexta testigo, identificada por Investigaciones como la “Vieja de los Globos” por vender este tipo de mercadería en forma ambulante, declara que, minutos antes del doble homicidio, ella concurre al estero a orinar. Mientras lo hace, escucha dos disparos, gritos de mujer y cuatro disparos más. Atemorizada, se tiende en el suelo y, armada de valor, levanta la cabeza. Desde donde salieron dos disparos, divisa a un Carabinero que la había detenido en numerosas ocasiones por dedicarse al comercio ilegal y llevado, luego, hasta la Comisaría de 4 Norte y 4 Poniente, quien conversa con otro hombre. Describe al uniformado como joven, delgado, alto, tez blanca, cabello negro, cara angulosa. 

PRENSA SABUESO
Mañana de 1 de marzo de 1981, Viña del Mar. El periodista de El Mercurio de Valparaíso, Ricardo Acevedo Figueroa, cuenta en el reportaje audiovisual “Fallo mortal” de Nicolás Alcalde Llados, haber descubierto, durante su reporteo por la rivera del Marga Marga, huellas de botas militares. Después de preparar su crónica, se dirige con el fotógrafo a la Policía de Investigaciones para entregar este antecedente por considerarlo valioso para la solución del caso. Al principio, los detectives le restan importancia. Dada la insistencia de Acevedo, lo instan a olvidarse del asunto. Como no logran convencerlo, las advertencias se vuelven más evidentes. El periodista y su colega finalmente asienten y se retiran del cuartel. 

También en “Fallo mortal”, el periodista del diario La Estrella, Ricardo Ruiz Lolas, revela otro detalle descubierto durante su reporteo: una oficial de Carabineros le informa que la denuncia del crimen de Lagunas Alfaro y Delia González la realizó una persona domiciliada en Agua Santa 980. Ruiz Lolas y un fotógrafo concurren a esa dirección y se encuentran con una casona enorme –piensan que se trata de una empresa, una distribuidora o algo por estilo-, con decenas de automóviles con vidrios polarizados estacionados en los alrededores. Al llamar al citófono, una voz los conmina a irse, sin molestarse en escuchar sus explicaciones. Ante la insistencia de Ruiz Lolas, del interior sale un sujeto que le asegura que, ya sea por las buenas o por las malas, él personalmente los retirará del lugar. Los reporteros acatan y más tarde se felicitan por esta decisión. Sus averiguaciones les permiten enterarse que la dirección en cuestión corresponde a un cuartel de la Central Nacional de Inteligencia (CNI), organismo de represión de la dictadura militar, en cuyas dependencias se someten a torturas a opositores políticos. Los agentes de la CNI fueron los primeros en encontrar los cadáveres de Laguna Alfaro y Delia González y en dar cuenta a Carabineros de lo ocurrido. 

EN EL CAMINO
Noche del 25 de mayo de 1981, Viña del Mar. Jorge Inostroza Martínez conduce su automóvil Fiat Ritmo por la subida Los Ositos, con destino al sector alto de Reñaca. Viaja con él Margarita Santibáñez Ibaceta -conviviente de su amigo, el cuidador de la construcción donde Inostroza es albañil- y la hija pequeña de ésta. A Margarita le llama la atención un taxi Peugeot 404, con dos sujetos en su interior, que los sigue de cerca, pero no dice nada. A diferencia de los otros vehículos, el taxi no los adelanta, sino que mantiene una velocidad constante detrás de ellos. Aprovechando la detención de Fiat en la avenida Santa Luisa –en la entrada de la construcción desde donde se puede acceder a la vivienda de Margarita-, el taxi que los seguía, los intercepta. Del interior baja un individuo cubierto con un pasamontañas que le dice a Inostroza –apodado por sus amigos “el Caszely” por su parecido con el futbolista que lleva este apellido- que quiere conversar con él, pero en otro lugar y lo obliga a subirse en el asiento trasero del Fiat, junto a Margarita y su hija. El sujeto del pasamontañas enciende el motor y sigue al taxi por unos doscientos metros. Se detienen en las cercanías del edificio El Faro. Margarita ve como Inostroza es sacado a la fuerza del automóvil y llevado hasta un poste de electricidad. El hombre del pasamontañas le ordena sentarse en el suelo y le dispara dos balazos a quemarropa. Al regresar, obliga a Margarita y a su hija a salir del Fiat y a subir al taxi. El conductor enciende el motor y avanza unos cien metros en dirección a Concón. Al preguntar Margarita por la suerte de Inostroza, el agresor gira hacia ella y le responde: “Lo matamos por sapo”. 

Durante la segunda detención del taxi, la niña es arrebatada de los brazos de Margarita por el asesino del albañil, mientras su compañero se dispone a violarla, pese a los ruegos de la mujer para no lo hiciera por encontrarse en su período menstrual (lo que es falso) y por la presencia de su hija, distraída en ese momento amistosamente por el otro sujeto.

Margarita logra retener algunos detalles de los tripulantes del taxi. Movimientos bruscos y tonos de voz autoritarios. Además, durante unos segundos, uno de ellos sujeta una credencial, placa o documento similar con la boca (por esos días, con el país sometido a una dictadura militar, a las personas les resulta familiar este tipo de documentos, viéndolos en allanamientos, detenciones, controles callejeros y toques de queda). Margarita logra esconder entre la pierna y la media un guante del individuo que la ultraja. Cuando éste se percata que lo ha extraviado, la obliga a desnudarse para revisarla. Ella, asustada, le devuelve el guante. Es grueso y de lana. Margarita le confidencia al escritor Alfonso Alcalde que, al contar en la comisaría los detalles que relacionan a los atacantes con uniformados, el oficial de guardia la trata de loca y le advierte que no vuelva a repetir esa "estupidez", sino desea aumentar sus problemas. 

Sin embargo, los funcionarios de Investigaciones que integran la “Brigada antisicópata” sí ponen atención a este como a otros detalles dichos por la víctima. Tanto el cadáver como el automóvil de Inostroza son modificados de su posición original, una vez que los sicópatas y Margarita Santibáñez ya se han retirado del lugar en el taxi Peugeot. El Fiat queda en un primer momento con la punta en dirección al norte, hacia Concón, y con las ventanas cerradas. Cuando Margarita regresa a su casa después del ataque, lo ve hacia el oriente, es decir, apuntando a las dunas y con las ventanas abiertas. Una vez que la mujer retorna con su pareja y dos hombres más al sitio del suceso (un hermano y un trabajador de la obra), encuentran el cadáver de Inostroza tendido sobre la arena, con la mano derecha en el pecho. Más tarde, al volver acompañados de dos Carabineros y un perro, la mano está ahora flexionada sobre la cabeza. 

Decenas de testigos coinciden en la presencia de los automóviles Fiat y Peugeot el día del crimen. Otros agregan un tercer automóvil “grande y antiguo”. 

El taxi Peugeot 404 en que se movilizan los sicópatas registra como chofer a Luis Morales Álvarez, también conocido como “El Monito”, muerto horas antes de un disparo y cuyo cadáver es encontrado en un basural del Camino a Granadillas. 

Noche del 28 de julio de 1981, Viña del Mar. Guillermo Cuevas Brito (identificado por la prensa también como Guillermo Cortés) entrega dos testimonios –uno a Investigaciones y el otro al Ministro en Visita del caso- que difieren uno del otro en importantes detalles. En el primero señala que mientras transita con su camión tolva por el camino El Olivar con dirección hacia Quilpué, cerca de las 21 horas, divisa un taxi marca Hyundai, modelo Pony, estacionado con las luces encendidas en la orilla de la vía (vehículo muy utilizado para prestar este servicio en esos años). Junto al taxi, por el lado del conductor, un hombre de 1,75 metros de estatura, chaqueta y unos pantalones embutidos en unas botas “tipo comando”, limpia los trozos quebrados del vidrio delantero. Cuevas cree reconocer a un amigo, detiene el camión y se baja con la intención de ofrecerle un pedazo de nylon para cubrir el orificio. Al percatarse que no se trata de quien él creía, de todos modos decide insistir en su ayuda. Sin embargo, antes que alcance de decir una palabra, el hombre se sube al taxi, donde lo esperaba otro individuo en el asiento del copiloto. Encienden el motor y arrancan a toda velocidad. 

En una segunda versión dada al Ministro en Visita, sin corregir la declaración anterior, Guillermo Cuevas relata que en el sector La Herradura del Camino al Olivar, junto al taxi Hyundai, dos individuos lanzan un bulto hacia la quebrada, derribando en el intento la reja de protección. Unos metros más allá, el camión de Cuevas es adelantando por el automóvil. Transcurrido cinco minutos de viaje, Cuevas ve de nuevo el taxi estacionado en la orilla del camino. Uno de los ocupantes intenta deshacerse de otro bulto. El camionero decide detenerse para convidarles un trozo de nylon, de manera que puedan cubrir el vidrio quebrado y continuar el viaje con más seguridad. Cuando Cuevas baja del camión y camina hacia el taxi, el individuo se sube al vehículo con rapidez, aplica marcha atrás y luego acelera en dirección a Quilpué, sin respetar el disco pare del cruce de los caminos El Olivar y Troncal.

En la huida, el taxi está punto de chocar con el automóvil del comerciante de Limache, Jorge Yazer Eltit. Con la intención de enrostrar al chofer su irresponsable maniobra, Yazer sale detrás del vehículo y viaja, casi pegado a éste, por cerca de dos kilómetros. En una luz roja, el comerciante logra ver que los ocupantes del taxi son dos sujetos de unos 30 años aproximadamente, de ropas oscuras y gorros pasamontañas en sus cabezas, quienes no le prestan mayor atención a sus reclamos. Yazer corrobora el detalle del parabrisas quebrado relatado por el camionero Cuevas. La conducción del taxi continúa en forma descuidada y se encuentra a punto de colisionar con otros vehículos. Yazer atraviesa con ellos las comunas de Quilpué, Villa Alemana y Peñablanca. En esta última, toma camino hacia su casa y los pierde de vista.

Horas más tarde se sabrá que el bulto encontrado en la quebrada corresponde al cuerpo del taxista Raúl Aedo León. Tras recibir un balazo por la espalda de parte de uno de sus pasajeros, Aedo fue lanzado cerro abajo. Agónico, el taxista luchó por su vida intentando trepar entre las ramas y afirmándose de la misma reja derribada. Al percatarse, su verdugo lo remató de un segundo disparo, antes que lograra alcanzar tierra firme. En ese mismo lugar había sido encontrado, un año antes, el cadáver de Enrique Gajardo Casales.

Noche del 28 de junio de 1981, Valparaíso. 20.45 horas. El Subaru 600 que conduce Ana María Riveros en compañía de Óscar Nogueira Inostroza por la cuesta El Pangal, comuna de Limache, es adelantado y arrinconado hacia la berma por un taxi Hyundai, modelo Pony, con el vidrio parabrisas quebrado. Del interior baja un hombre con dos revólveres en cada mano que obliga a la conductora a retroceder con su automóvil hasta un trecho clausurado del antiguo camino, conocido por unos pocos con su nombre original de callejón San Alfonso. Sin mayor preámbulo, el encapuchado ordena a la pareja descender del vehículo. Cuando aparece el conductor del taxi, conduce a Óscar Noguera hacia unos matorrales, a pocos metros. El otro sujeto, mientras tanto, sube con Ana María al asiento trasero del Subaru y le cubre el rostro con un pasamontañas. Tras diez minutos, ella escucha los gritos desesperados de su acompañante y luego dos disparos. En unos segundos, la voz de alguien que sube al automóvil dice: “Está listo”. Se cierra la puerta y se enciende el motor. Apenas iniciado el trayecto, el que conduce tiene problemas para manipular las luces y mover el asiento hacia atrás -está demasiado pegado al manubrio, reclama, y es un hombre alto- por lo que le pide indicaciones a su víctima. Tras avanzar unos 300 metros, Ana María se percata que ingresan a un camino de tierra donde es violada por los dos delincuentes. Al pasar un automóvil junto a ellos, las luces le iluminan el rostro a uno de los atacantes. La víctima aprovecha a verlo y más tarde lo describe como un hombre bien rasurado, buena dentadura, ojos verdes y una loción marca Dana (de alto precio). Finalizado el ultraje, los sujetos le roban su reloj pulsera y el automóvil. Ana María recibe ayuda de un vecino que la acompaña hasta un cuartel de Carabineros, cerca de las 22.30 horas. El oficial de guardia, al escuchar el relato de la víctima –que incluye descripción de los agresores, marca y patente del automóvil en que huyen y modo de operar coincidente con los otros crímenes en la región-, envía personal policial a revisar el lugar donde se acaba de cometer el delito. Luego, da instrucciones y contacta al juez. Durante todo ese tiempo, los sicópatas aprovechan de emprender la huida.

Un testigo, identificado como Santiago Gari Jiménez Vivanco, relata a la Policía de Investigaciones que cerca de las 23 horas, mientras transita junto a su esposa desde la zona interior hacia Villa Alemana, ve en el sector El Pangal, además del taxi Pony con la parte delantera con dirección a Limache y un “auto japonés” pequeño (el de Ana María), un segundo taxi, marca Biscayne, estacionado en la berma, con las luces encendidas, iluminando a los otros vehículos. En la puerta delantera derecha del “japonés”, que está abierta, hay un hombre de mediana estatura. Un segundo individuo está parado entre el taxi y el Biscayne, de espaldas a la carretera, por lo que las luces le dan de lleno en el rostro. Es de contextura gruesa, macizo y lleva chaqueta de tweed. Parece dar instrucciones pues algo grita con la mano izquierda levantada, tal vez mover el Pony a una parte más oscura. Junto a la puerta izquierda del Biscayne, otro hombre de 1,70 metros de estatura y contextura mediana, observa a los otros dos. Jiménez se desplazaba a velocidad reducida pues hay mucha niebla.

Una segunda testigo entrega su declaración en dos oportunidades, primero a los detectives de la Unidad de Limache y luego a la Brigada Antisicópata. Se trata de la detective de la Policía de Investigaciones Cristina Rojo Vergara. Cuando transita con su esposo hacia Olmué, nota en el lugar la presencia de un automóvil grande, modelo antiguo, probablemente Impala o un Biscayne, color negro, atravesado en el camino en posición hacia el oriente, es decir, hacia donde se encuentra el taxi Pony. 

El automóvil de Ana María Riveros es abandonado a la medianoche en la esquina de las calles Uruguay con Morris, a metros del cuartel de la Policía de Investigaciones de Valparaíso. El profesor de Educación Física, Carlos Leiva Estay, testigo del hecho, describe a dos hombres bajando del vehículo en ese momento: uno de un metro 74 de estatura, cerca de 30 años, contextura atlética, tez blanca, bigote delgado y rubio; el segundo, de la misma edad, cabellos oscuros, tez blanca, nariz gruesa, viste jersey oscuro de cuello subido. Uno de ellos cierra la puerta del conductor con el taco del zapato y hace un comentario respecto de dejar el automóvil allí. Leiva tiene la oportunidad de cruzar la mirada con uno de ellos. Los dos llevan las manos vacías y ríen a carcajadas. Una prostituta que contempla desde una ventana de un segundo piso corrobora esta descripción, pero agrega la presencia de un automóvil grande, antiguo, color negro, con las luces encendidas, mientras los dos hombres se alejaban del sector.

CAPUCHINOS
Noche del 31 de octubre de 1981, Viña del Mar. Los jóvenes Sergio Dávila, Marco Fernández, Sergio Páez y Héctor Córdova (según la Policía de Investigaciones sus nombres corresponden a Eduardo Ávila Gajardo, Marcos Rodríguez San Martín, Sergio Rodríguez Rojas y Héctor Escobar Oñate) planean pasar la noche en un encuentro fraternal bajo el puente Capuchinos, frente a la playa Caleta Abarca. Un individuo –descrito por ellos como alguien de alrededor de 30 años, calvicie incipiente, perfumada y bien vestido- se acerca, les pide los documentos, les ordena que se alejen del lugar –dice que es muy peligroso que permanezcan allí, sin dar una razón precisa- y les propone que vayan en dirección al Hotel Miramar. La versión manejada por Investigaciones agrega la presencia de un segundo individuo, escondido detrás de unos bloques de cemento. 

Apenas transcurridos unos minutos, los jóvenes son devueltos a Caleta Abarca por el verdadero guardia del balneario, identificado como Adrián Contreras. El hombre del principio aparece nuevamente y les insiste que se vayan hacia el sector de Recreo si no desean ser detenidos. No les dice que es policía, pero se comporta como si lo fuera. Horas más tarde, estando ya acostados al interior de unas carpas ubicadas en la playa, los jóvenes escuchan dos disparos. El miedo los hace desistir de abandonar la carpa para averiguar qué ocurre. Los vecinos de las casas colindantes oyen gritos, sin que nadie intente prestar ayuda. 

Madrugada del 1 de noviembre de 1981, Viña del Mar. Tras liquidar de un disparo a Jaime Ventura Córdova bajo el puente Capuchinos, frente a la playa Caleta Abarca, el falso guardia del balneario sale en persecución de la acompañante de la víctima, Roxana Venegas Reyes. Forcejea con ella, le entierra la cara en la arena y le dispara hiriéndola de muerte (más tarde, el inculpado en este caso dirá que se le escapó un tiro accidentalmente).

Rosemarie Pabs y Roberto Salinas -pareja de novios que se encuentra en la plaza adyacente a Caleta Abarca-, declararon a la Policía de Investigaciones que, tras oír unos disparos, ven a un hombre ascender desde la playa, con un arma en la mano, y correr en dirección hacia una discoteque cercana. Luego aborda un jeep que lo espera en Avenida España y acelera hacia el centro de Viña del Mar. El cuidador del sector, Adrián Contreras, corrobora la versión de la pareja, precisando que el sujeto asciende desde la playa por los postes del tendido eléctrico para abordar un vehículo que lo espera con otro sujeto en su interior. 

Carlos Muñoz Fernández, apodado “El Cafetero”, se encuentra esa noche vendiendo café frente a la discoteque ya mencionada. Tras oír disparos desde el Puente Capuchinos, ve correr a dos sujetos por la línea del tren y subir por el tendido eléctrico hacia la Avenida España. Ambos abordan un automóvil blanco, grande, que los aguarda y abandonan el lugar.

Al amanecer, son ubicados los cadáveres de ambos jóvenes con heridas a bala. Varios metros separan a uno del otro. Jaime tiene un disparo a corta distancia, mientras su compañera un balazo en el pecho, realizado a no más de veinte centímetros y con salida de proyectil. Durante la autopsia, sólo se logra recuperar la bala del cuerpo del muchacho. El lugar donde está el cadáver de Roxana es rastreado y la arena de la playa colada, pero no se ubica la bala que le dio muerte.

(Continuará)

2 comentarios:

  1. Un polémico caso. Estoy seguro que con tu vuelta de tuerca se clarificarán muchos pasadizos oscuros. Excelente narración, estimado amigo.

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  2. Nicolás Alcalde Llados6/8/15

    Tuve la suerte de compartir horas con Ricardo Ruiz y Tevo Díaz conversando sobre este apasionante caso, lleno de intrigas aún no resueltas y que tal como señalas "a estas alturas, nunca podrán ser aclaradas". Un abrazo.

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