27 de julio de 2015

De paso, un pijcho



PABLO CINGOLANI -.

"Fuimos los últimos románticos; escogimos por tema 
la santidad tradicional y la belleza..."
Yeats

Rescato de una bitácora fechada el 2004: “Esta expedición fue dura. 20 días de soledad, vagando por las montañas. No leí nada, no sé nada del mundo exterior (Esteban me dijo hace un momento: no escuchamos informativo). Fue todo muy reflexivo, muy introspectivo, muy de verme mucho por dentro: ojalá me sirva”, y hasta yo mismo me sorprendo al leerlo. Hacía poco había cumplido 41 años. Ahora, no sé si puedo volver a escribir algo tan… tan… (No sé, en verdad, cómo calificarlo, diré para tratar de acercarme), algo tan nítido como lo que acabo de transcribir.

Esteban fue mi guía. Cuando lo conocí, era un tipo recio, montaraz, agreste y arraigado. Le gustaba poner el cuero, era un corajudo. El me enseñó a caminar por sus cerros, a ubicarme, a no perderme. Enseguida mi cuerpo y mi mente reaccionaban, como si se agitase un destino oculto pero compartido, un enigma o un atavismo pero que sabíamos que nos juntaba, nos convocaba a ambos. Después, ya me lanzaba solo a las montañas. Conocía los lugares salvajes, identificaba accidentes naturales, sabía sus nombres o los inventaba; no me asustaba si llovía fuerte o nevaba. 

Pasaron los años, y un día lo escuché elogiarme lo bien que caminaba los cerros. Se lo dijo a otro montañés, no a mí, pero lo escuché y lo sentí como si me condecorasen con una medalla de oro. Hoy, Esteban ya no está. Murió: se lo tragó la montaña.

Si vos vieras el lugar donde se estrellaron, sabrías que fue una muerte honrosa: la ladera caía muy parada y más abajo, un tremendo peñón, lleno de aristas, enseñoreaba una laguna. Cómo fue que la camioneta se desbarrancó, se salió de la huella y cayó, vaya uno a saberlo pero lo que es seguro fue que la velocidad y el impulso de la caída provocaron que el filo de las rocas los matase a todos. 

Estrenaban el caminito a su comunidad por tremenda cordillera, por su geografía profunda, y la vía no estaba ni afirmada, ni asentada, ni nada: era un rasguño en la piel del cerro. Esteban y los que lo acompañaban murieron limpiamente, como en tributo y ofrenda doble: a ese empeño de abrir esa brecha entre las cumbres de piedra y por la piedra misma que los reclamó a su seno.

Sebastián tenía que estar allí, en esa cita de adioses precipitados. Me lo contó en voz baja, arrimándose, no sea que la tierra también se la quiera cobrar de manera anticipada. Pobre Esteban, le digo mientras nos sentamos a compartir, “de paso, un pijcho” —como el mismo Sebastián anotó tan sabia y afectuosamente en esta mi bitácora encontrada y desempolvada. De paso, un pijcho: tal vez allí se sinteticen las búsquedas y los hallazgos si uno pudiese develar su hondura y asumir a cada momento su consecuencia.

La coca tiene eso: si la agasajas y la honras, te va conectando y te trama serena y mansamente con los misterios, con eso insondable que nos rodea. Era bastante irreal o injusto o anunciado, saber que Esteban que se había afanado como ninguno para que el camino sea abierto, una vez que eso sucedió, se convirtió en su víctima propiciatoria. 

Así es la vida, me asegura Sebastián. Y uno no sabe o a lo mejor lo sabe pero no quiere aceptarlo así nomás o sólo falta un poco más de lejía para hacer todo más tolerable o cascarle otra empujada al quemapecho y así sentir que esas montañas son terribles y son espantosas pero a la vez que esas montañas, que las montañas son las más bellas de todas las tumbas y que también son hermosas y que el Esteban ya es montaña y que no hace falta más que volver a mirarlas, volver a admirarlas, volver a caminarlas y ya está. No hay fatalidad ni tampoco desenlace: todo fluye y, a la vez, todo está ahí. Todo fluye, todo viene, todo se va: todo está aquí.

Así es la vida. Sigo leyendo mis papeles y leo que el Rogelio, de tanto entusiasmo por el encuentro, por el pijcho de paso, por esa fraternidad que es tal vez el único tesoro verdadero que tenemos a disposición, coronó la ocasión, yendo a buscar una bandera de Bolivia que izamos todos los presentes en el medio de la noche. 

Todos los presentes no éramos más que un puñado. Un puñado de seres humanos en medio de la inmensidad avasallante de las montañas, en medio de la oscuridad más insondable. Estaba también el Félix y estaba el Andrés Huaylas, y faltaba el Esteban, aunque ahora sé que también estaba. Era un viento. Era música. Era feliz.

Todos son símbolos, sensaciones, sentimientos que ahora que los vuelvo a evocar, resucitan de nuevo en la piel como desgarro pero también como luz, la luz de una estrella. Así es la vida. 

Pablo Cingolani
Río Abajo

Imagen: Felipe Abreu

3 comentarios:

  1. Narración impecable y emotiva, hasta me incrementó el miedo que me trague una montaña ahora que vivo en medio de ellas. No es mala forma de volver a la tierra, cada vez me voy abrazando más a esa idea.

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  2. Así es la vida, como decís Pablo, como decía Sebastián, unos caminan por la montaña como un desafío,como una búsqueda existencial, a veces percibís la luz, a veces, y uno se empecina en llegar, no sé adónde y va desgarrándose y encontrándose, y otros caminan por un valle oloroso como yo, o por una pampa con lejano horizonte y...caminamos hasta cuándo...Dios dirá, y de eso se trata, de caminar. Bello tu texto. Abrazo jujeño.

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  3. Me estremeció el relato. Caer por un barranco y convertirse en montaña, qué forma de transformar lo tragico en poesia. Me encantó

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