1 de julio de 2015

Turistas de ínfima categoría


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Lo escribió Pío Baroja en una de las ocasiones en que se puso en escena, a través de una contrafigura, en una novela inédita, Los caprichos de la suerte. Una novela crepuscular, escrita, como decía una de sus estudiosas, en estado confusional, que no tiene el vigor de otras. 

Es Baroja (Elorrio en la novela) quien se pregunta si se puede decir que sea un exiliado, un proscrito o un desterrado.

"Lo más exacto sería llamarnos turistas de ínfima categoría."

Ser un turista de ínfima categoría, alguien condenado a pasar e irse, ya viejo, con salud mediocre, con problemas de dinero, con un incurable sentimiento de soledad y desarraigo por mucho que estuviera casi siempre con alguien, naufrago en la Rue des Solitaires, en un hotel que nunca existió, el del Cisne. Turistas de ínfima categoría, dromómanos, profesionales de la fuga...

Durante la guerra de España, Baroja estuvo refugiado en París, salvo unos meses, entre septiembre de 1937 y febrero de 1938, en que regresó de su exilio parisino a su casa de Navarra, creyendo que la vida le iba a ser allí posible. Salió a escape. Se dio cuenta de que aquella retaguardia era un espanto y que lo mejor era volver a París, a su cuartito del Colegio de España, en la Ciudad Universitaria, a deambular por las calles, encontrarse con vagamundos como él, exiliados, escapados, emboscados, refugiados con mejor o peor fortuna con sus dramas a cuestas... De esos encuentros y desencuentros nutrió muchos de sus libros escritos hasta su muerte, pero lo que más me interesa es el estado de aquel viejo que en un torbellino con la amenaza cierta de la guerra mundial y la perspectiva, como otros, del exilio americano: no fue a Chile, de la mano de Salvador Reyes, porque en su opinión había demasiada agua entre Francia y Valparaíso. Lo intentó y se quedó en Le Havre. Salió de París con los alemanes a las puertas, llegó a Bayona, ya muy cerca de su casa, en el barullo del éxodo de miles de refugiados, muchos judíos, demasiados para su gusto... Regresó definitivamente a España más baldado y más roto de como había salido, para ser un exiliado interior o un naufrago en su propia casa, asido a sus cuartillas y a su escritura febril, todo lo confusional que quisiera aquella profesora, pero un salvavidas.

4 comentarios:

  1. Soledad, soledad, cuánta creación se prodiga en tu nombre.

    Agradezco que nos muestres a Baroja, que lo observes, que lo expongas, que lo expliques. Así estamos todos un poco menos solos en este descampado de sentido.

    Un fuerte abrazo, amigo Miguel.

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  2. Gracias, Jorge, esa es una de las placas de la rue des Solitaires, en París... donde Baroja puso (en el papel) un hotel que le sirvió de título para una de sus novelas finales, más enigmáticas y atractivas, El Hotel del Cisne, escrita a partir de sus sueños... A mí este asunto me pilla ya un poco lejos y cansado, pero bueno. De sus admiradores y amigos chilenos, rendidos e incondicionales, hablaré cualquier día de estos: Salvador Reyes y Juan Uribe-Echevarría.

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  3. Cierto, qué bien nos cuentas tus barojadas!

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  4. Cierto, qué bien nos cuentas tus barojadas!

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