14 de julio de 2015

Pasatiempo

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Dice que detesta los pasatiempos y yo le digo, que vivan los pasatiempos. Como también que vivan Emiliano Zapata, Salvador Allende y la República Bolivariana. Al fin de cuentas, los pasatiempos nos ayudan a hacer más grato este recorrido obligado que, si no son los baches, la monotonía vuelve insufrible. Los pasatiempos obnubilan, hipnotizan, desentienden, aunque sea por un ratito, lo que dura una tacita de té, un café cortado, un bajativo de menta cortesía de la casa, antes de volvernos en caída libre a la realidad, con el infaltable costalazo, cada vez más doloroso y nosotros, más débiles.

Luego, ponernos de pie sin saber qué hacer, salvo buscar ese pasatiempo que parecía a punto de rescatarnos de la hoguera (la hoguera ingrata, digo, la tortuosa, lejana a la combustión que usted arma con su propio cuerpo y donde recalentarse significa delirio y vaya qué gemido en consecuencia) y, al no encontrarlo, sumirnos en la desesperanza.

Si logré convertirme en un bendito pasatiempo, quedo tan conforme como una piedra que rebota en el pecho, pues, a contrapelo de su visión de señora bien, valoro lo minúsculo, precisamente por su infinitud hacia adentro, en espiral, esa posibilidad que la física aún no ha podido resolver en cuanto a seguir disminuyendo hacia el infinito, más y más abajo, sin ser visto, pero aun así existiendo, sin importar que sea dentro de una celda. Pasatiempo, insisto, como esas revistas de caricaturas leídas tantas veces en la infancia que terminaban aprendidas de memoria en el intento de rascar la realidad contenida en cada cuadro con monitos de colores. O ese libro adolescente directo al alma que sólo se entiende a la primera, guardianes del centeno, del aullido o en el camino, y después se vuelve soberana ridiculez de dinosaurio.

Ahora, en cambio, la mutación es en el momento del día en que usted aparece por abajo, ojalá de mañana, como pelotita picante, pequeño retrato en el extremo rondada por mariposas, papel dormida, telón eléctrico despierto, perfil insinuante, vanidosa y coqueta, con una y mil excusas, sonrisas, figuritas, preguntas, acertijos, chismes, canción o un simple saludo, para iniciar ese bendito pasatiempo en que todo transcurre y no se nota.

Qué mejor que aquello, morirse sin saber del minutero, y los dos uno sólo, súplica, réplica y contrarréplica, como el agua de un río, más bien dos ríos juntándose resbalosos hacia su curso oceánico infinito (¿Paraná? ¿De la Plata? ¿Mapocho? ¿Maule? ¿Biobío?), letras cómplices que van y vienen, dulce nervio prohibido para tantos (sí, lo sabemos, nos ahorcarían por aquello y capaz que, en pleno ahogo, venga el último orgasmo que usted inspire), que traducidos en notas musicales sería una pieza perfecta del más hermoso rock sinfónico, para hablarle de lo poco que entiendo y de lo mucho que desconozco.

Se lo dije aquella vez, me arrepentí y lo callé, y usted ahora me dice que también lo calló, lo omitió, lo ocultó, un coscorrón y a su pieza castigado por cochino, mire que adorar un alma por su cuerpo (de hoguera), más encima teniendo usted otro cuerpo y alma que adorar (y problematizar, conocer y estimar), y ahora que me aviva la cueca de nuevo, me encabrito, me siento, sino dichoso, al menos con una luz al final del camino, y persisto en la creencia que el sentir nunca se vuelve correcto, sino natural, carne de hombre finito, algo violento y bien madurado, al final todo vuelto un pasatiempo, se lo dije y se lo repito.

Repasar lo mismo de siempre, pero con un nuevo flanco, más desinhibido, menos pacato y moralina en que no creo (¿y usted?), realidad ambigua si lo quiere, es que junto con todo este tiempo, también hay atracción de cuerpo celeste, más de la que usted se imagina (es un decir), queriendo que los dos fuésemos sólo eso, dos en uno, sin distancias, sin teclados, ni señales caducas, sin barrotes, sin murallas, sin cercos electrificados, sin desiertos, sin cordilleras, fundidos sin nadie más que nosotros, un día tras otro, soñando despiertos, ayunando por horas, siendo ambos alimento recíproco, culposo, gastado, pajero, renovado, jugoso, pero alimento al fin.

Saboreándola cada día, tal como es, no como quiere ser, andina, indiana, salobre, cobriza, cruel, roja, morocha, invertida, deseada, amada, infiel, práctica, habilosa, obscena, celosa, vengativa, rencorosa, Molly Bloom, Nora Barnacle, Josie Bliss, Circe, viuda negra, bañada no por aguas tibias sino por mis propias manos (nada de jeroglíficos ordenados extraídos de botoncitos plásticos, sino carne en extrema crudeza), cuando sueña por las noches sin atreverse a desear, o haciéndolo y guardándolo para sí (para que algún día le explote en la cara y, en vez de llorar, grite de placer) y vaya a saber qué cosa se le pase por la mente al recordar a este cacharro viejo que tanto cree conocer, que disfrazada de señora bien el día de visita aguaitó, actuó, sopesó, tazó y no se decepcionó (para mi gran sorpresa), que percibió que todavía funciona (si lo duda, ahí tiene la dimensión de lo pudendo después de su jueguito digital), partiendo por hacerle una finta al tiempo que pasa y que, si no fuera por usted, el acto de vivir se volvería más doloroso, a ver si siente lo mismo o por último me va entendiendo lo que expreso detrás de los barrotes.

2 comentarios:

  1. Apasionado torbellino narrativo. Muy bueno, estimado Claudio.

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  2. Intenso relato, muy bien logrado. A no olvidar cabelleros que una femme est una femme.

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