25 de julio de 2015

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE MUELAS DEL PAN, 2015

CONCHA PELAYO -.

Muy buenas tardes. Ante todo, agradecer a la comisión de festejos de este año por invitarme a dar el pregón de las fiestas de Santiago Apóstol.

Y agradecerlo, muy especialmente, porque no hay nada más grato para mí que hablar de lo que amo y conozco.

Dicen que el paisaje condiciona el carácter de las gentes y dicen también que la infancia nos condiciona de por vida. Yo no tengo palabras para agradecer a esta tierra y a estas gentes: a mis abuelos, a mis padres y hermanos, a mi familia toda, lo que me enseñaron con su ejemplo vital, con su esfuerzo y rudeza, con su firmeza de carácter, con la manera de asumir la vida y la muerte sin engaños, sin tapujos.

Siempre estaré agradecida a este lugar donde disfruté de tres pueblos, -siempre digo que yo tengo tres pueblos- casi nada. Un privilegio impagable. Tres nombres que forman parte de mi vida: Muelas del Pan, donde nació mi padre, Ricobayo de Alba el pueblo de mi madre y el Salto del Esla donde lo hice yo asistida por Don Juan el médico de Muelas por entonces.

En estas tres localidades se desarrolló mi infancia y adolescencia por igual. Del Salto iba a la casa de mis abuelos en Ricobayo o venía a la de mis otros abuelos a Muelas. Ese recorrido de tres kilómetros aproximadamente fue mostrándome además de un paisaje bellísimo, escenas de la vida que no olvidaré, como por ejemplo el beso apasionado entre una joven pareja, el apareamiento de los perros, o las oveja cuando parían. La vida misma. Lo que no veíamos en el cine ni en la televisión, porque no había ninguna de las dos cosas, la vida se me mostraba en toda su grandeza.

Aquí también conocí, aunque fuera como mera espectadora, lo que era la siega, la trilla, la vendimia, la recogida de leña, el cuidar del ganado en el campo, el miedo cuando oían los aullidos del lobo… También conocí la muerte y vi los primeros muertos, los entierros… A los niños no se nos ocultaba a los muertos, por eso cuando yo digo que he visto muchos desde pequeña y que incluso, no sólo no me asustan sino que los miro muy atentamente, la gente me tacha de rara, pero no, ni mucho menos, es que yo viví todo aquello con la mayor naturalidad. El muerto en la cama, las mujeres llorando y rezando, las cuatro velas, el rostro lívido, el rosario entre las manos, a veces un pañuelo le anudaba la cabeza para impedir que la boca quedara abierta. Todo ha cambiado con los años, a los muertos se les lleva a los tanatorios y a los niños se les impide verlos.

En Muelas y Ricobayo conocí la matanza del cerdo, su ritual, que se vivía año tras año. Todavía en mis oídos los chillidos del animal cuando corría por el corral acosado y reducido hasta que se colocaba en el tajo, agarradas fuertemente las patas por los hombres y ver cómo mi abuelo Luís blandía un enorme cuchillo que introducía hábilmente en el pescuezo. La humeante sangre que caía al fondo de una cazuela de barro quedaba cuajada al instante, por el frío. Aunque no entendía nada de lo que ocurría, pronto me di cuenta de que aquello era normal y yo lo fui aprendiendo poco a poco. Así íbamos haciéndonos fuertes, como lo eran nuestros mayores. Las comodidades de la vida moderna quedaban muy lejos. Había que ir a buscar el agua a las fuentes, a lavar al río, se aseaban en la palangana y la luz eléctrica sólo la daban unas horas, desde que anochecía hasta el amanecer.

Cómo olvidar la fiesta del Ofertorio: el ramo colorista sobre la fachada de la iglesia, los brillantes frutos, las uvas, los pimientos, las botellas de licores, los dulces, las roscas de diferentes tamaños, la sonrisa de mi padre mientras pujaba por la más hermosa para ofrecérnosla a los más pequeños.

Siempre estaré agradecida a mis tres pueblos porque me dieron la oportunidad de conocer dos formas distintas de vida, la que acabo de relatar en las familias de mis abuelos y la que viví en el Salto junto a mis padres y hermanos. Allí todo era diferente, el agua en los grifos, la electricidad todo el día, la comodidad y el confort, los jardines perfectamente cuidados por Sebastián el jardinero, incluso el autobús de la empresa que nos llevaba a Zamora a diario. Todo eran servicios privilegios y gabelas pero dentro de un orden. Había muchas diferencias y los niños las notábamos. Por ejemplo estaban la Hospedería y el Hotel, a la hospedería iban los peritos y similares, al hotel los ingenieros. Había sirvientas uniformadas y se ponían guantes blancos para servir las comidas a los ilustres invitados. Yo supe de todo aquello porque mis amigas Mari Tere Paz y Merche Nieto, eran nietas de dos señoras que regentaban como amas de llaves, o mayordomas, ambos establecimientos y a veces las acompañaba para ver a sus abuelas y ya percibía algo de aquello o me lo contaban ellas mismas. No olvidaré una vez cuando vi, sobre una bandeja, un montón de langostas. Qué es eso pregunté horrorizada…..hija qué tonta, son langostas. Yo no las había visto en mi vida. Ni sabía de su existencia. Todo estaba impoluto y ordenado, incluso las clases sociales…porque también allí aprendí desde muy pequeña qué es la discriminación o la injusticia como cuando vi a una maestra sentar en sus rodillas a una niña hija de un señor de cierto rango en la empresa mientras dar reglazos en los dedos a la hija de otro de menor categoría, sin que hubiera hecho nada reprobable. Aquello me dolió mucho, como me dolieron otros sucesos parecidos en aquellos años escolares.

Aquellas sociedades tan distintas, en aquellos años de mi infancia, fueron fundamentales para mi porque me enseñaron todo lo que hay que saber para convivir con los demás, por tanto, cómo no voy a estar agradecida a estas tierras, incluso a este paisaje granítico, a veces inquietante y que tanto estimuló mi imaginación para que se fraguara mi vocación literaria, a la que también contribuyó mucho mi madre, una narradora excelente y de privilegiada memoria que no se cansaba de contarnos historias en las largas noches de invierno. Toda una impagable experiencia.

Estos lugares, supe muchos años después, cuando fui consciente de ello, que fortalecían mi espíritu y me hacían sentir especialmente bien porque se confabulan a la perfección los cuatro elementos de la naturaleza como son: el aire, la tierra, el agua y el fuego y aquí los percibo como en ningún otro lugar cuando siento esta brisa sobre mi piel, esta tierra bajo mis pies, me sumerjo en el agua del embalse o me dejo acariciar por el calor del sol. Nunca, en ningún lugar del mundo y he recorrido más de 50 países por todos los continentes, me había sentido tan bien ni había experimentado tanta felicidad física.

Estoy segura de que muchos de los que estáis aquí, habréis tenido también esa misma sensación.

Podría citar aquí, muchos nombres, personas entrañables que conocí y de los que guardo un gran cariño como a Don Pepe y a Doña Encarnita, siempre presentes en la familia de mis padres.

Y así mientras fui creciendo fui experimentando alegrías, tristeza, frustraciones, desengaños, porque los niños tienen una enorme capacidad de sufrimiento, pero los sentimientos, entonces, se callaban. Se cerraba el corazón como se cerraba la boca como cuando se nos decía: Cuando los mayores hablan los niños callan” Y callábamos siempre. Y de aquellos silencios, repito, se fueron forjando nuestro carácter y firmeza, ruda en apariencia pero empática y sensible para saber cuando alguien sufre y para saber ponerse en su piel. Y la gente de estas tierras es así, áspera por fuera pero cálida y solidaria por dentro.

Gracias de nuevo por invitarme a estar hoy aquí. Mi deseo es que os sonría siempre la vida y que sepáis extender siempre vuestros generosos brazos a aquellos que más lo necesitan. Que los más pequeños vean en los mayores que ni la avaricia, ni la soberbia ni el poder, hacen felices a los hombres, sino la capacidad de entender y comprender a los demás.

Didrutad de las fiestas y vivirlas con toda intensidad.

Un abrazo a todos.

1 comentario:

  1. Siempre esperamos tu creación, querida Concha. En todas sus variantes. Un fuerte abrazo.

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