9 de julio de 2015

Un mapa de mano obstinada

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Ha ido surgiendo un mundo: el Caribe.

Los colombianos lo perdimos en nominaciones equívocas; imaginarios alimentados por la exclusión; fantasías de viajeros y náufragos; desprecio o misterio. Parte del asombro y la ignorancia resuelta en exotismo cubrió las devastaciones, disfrazó las huellas.

Sobreposición de historias, dejaba en los corales mecidos por las corrientes del fondo convoyes de galeones con cofres, submarinos, trasatlánticos, sombras de monstruos.

En el telón de niebla de mar se fraguaba un espacio de fronteras móviles, lenguas renovadas, culturas de resistencia, y apropiaciones novedosas. A la descripción de este rostro que Colombia no acaba de entender, a su reconocimiento, han dedicado un esfuerzo intelectual, de especial sensibilidad, ensayistas, músicos, poetas, políticos, historiadores, economistas, escritores de ficción. A ellos se debe pasar de la tarjeta postal y los facilismos de las discriminaciones, a un panorama complejo, rico en sus variedades y matices, afirmativo en sus diferencias, y pleno de posibilidades para la construcción de un porvenir con el techo protector.

Entre los navegantes, con redes, por el archipiélago del Caribe, con arraigos y tesón de investigador, sobresale Alberto Abello Vives. Si su perfil lo hicieran con fraseo de vallenatos, dirían, economista de profesión, sabe de risas de un ironista y ofrece un cayeye de inspiración.

Durante años regentó el Observatorio del Caribe colombiano. En esas tensiones entre las estadísticas de la economía y lo que de Greiff versificaba como músculo inútil, encontró el potencial de la cultura como dínamo del desarrollo. Congregó, alrededor de la revista Aguita, a un grupo interdisciplinario que salvaba naufragios y conectaba realidades. Uno de los programas, con sentido y repercusión social, fue Leer el Caribe. En alianza con el Banco de la República, los maestros y estudiantes, las universidades y el periódico, ofrecieron una propuesta contra el analfabetismo, la extinción de la lectura, la pesadilla de no saber qué hacemos aquí tantos seres entre el hambre y la desesperanza.

Después se fue a la universidad a formar jóvenes en el empeño de mostrar las evidencias de la excepción cultural y con la complicidad de Patricia Martínez.

Ahora ha publicado La isla encallada. Sugestivo y quizá reiterada expresión para un título que anuncia su diálogo, fecundo, con uno de los textos de referencia inevitable. La imagen de carátula no es inocente. Un vórtice de Bibiana Vélez Covo, arrastra como la licuadora de Poe, la bucólica de mar, lamentable y mentirosa.

Escarbar en las insuficiencias, ricas y poderosas, de islas con tres lenguas, melancolías de tierra firme, desconocimientos inexcusables, mostrar lo que tenemos sin saber, son algunas de las incitaciones de este libro imprescindible.

2 comentarios:

  1. Alberto Abello Vives, un placer conocerlo a través de su reseña. Muy buen artículo, saludos.

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