1 de agosto de 2015

Muñeca brava

 PABLO CINGOLANI -.

"En estos tiempos, donde alá no habla y donde comulgar por la lengua con dios sólo puede desembocar en muerte, prefiero la compañía y ansío la existencia de dioses vivientes", escribió Patti Smith en Penicilina, un texto de Babel (1974), el primero de sus cinco poemarios. Dioses vivientes: ¡Pobrecito Sarduy que se murió buscándolos en COpenague, BRuselas y Amsterdam! En plan retro, la verdad es que esos años fueron la última época dorada cuando aún los dioses vivían, los superhombres como gustaba decir Bob Dylan, salían a la calle, existían, te acompañaban.
Hubo como un vacío después del cierre definitivo de The Factory, la base de operaciones de Warhol y donde estalló -en 1967- Exploding Plastic Inevitable, el happening ambulante multimedia que comandaba Lou Reed con los Velvet Underground. En el medio, reventó el king lizard Jim Morrison. La escena se llenó de mierda y sólo volvió a arder cuando el rock marginal, violento y expresivo como una daga partiendo al cielo, desembarcó en el club CBGB ("Country, Blue Grass & Blues", donde pasó de todo menos eso). Nueva York era Babilonia. Los Ramones (Q.E.P. Descanses Joey) tocaban el mejor rockandroll desde Chuck Berry y los primeros Stones. La gente enloquecía. Daba para soñar aunque todo semejaba una película. Para terminar de arrasar con lo que quedaba en pie, los Sex Pistols hicieron su famosa y bloody (primera y última, en todo sentido, ya que después se separaron) gira americana.

Patti Smith editó Horses en 1975 y fue parte de la revolución (¿Cuál revolución? -preguntaran los imbéciles. ¿Qué importa?). Siguiendo la premisa que la belleza será convulsiva o no será, la Smith posó como Baudelaire con camisa blanca y corbata ante la lente de Mapplethorpe, su amigo y fotógrafo muerto de SIDA en 1989. Revulsionó la imagen de la mujer en el rock y más allá también. Ese andrógino sofisticado, cool pero desafiante, fundó un glamour de confrontación que desmitificó, de una vez y para siempre, el marketing soft y sexy que galopaba, por lo menos, desde Marilyn. El disco hacía otro tanto: era un aguijón lacerante, un lirismo hostil y provocativo que hacía sangrar las orejas. Con Julito Villegas, lo escuchamos tan pronto como pudimos y, mientras no salíamos de la sorpresa por esa patada a nuestro cerebro, leímos aquello de que si Rimbaud viviera tocaría la guitarra eléctrica. ¡El rockandroll era palabra de Dios! La ecuación era sencilla de comprender hasta para nosotros: poesía + electricidad= Jimy Hendrix. Después nos conmovió Easter: Ella lucía como una yegua en celo, devorándose nuestros íconos sexuales. Luego deambulamos por Graves, Lautremont, Blake y entendimos. Para colmo la Smith, mucho antes que la teatral Sinead O'Connor, comenzó a incendiar banderas yanquis en el escenario. Era la medida adecuada a todo lo que nos importaba pero era tarde. Demasiado tarde.

No lo sabíamos aún, pero asistíamos a la última escena del drama de la caída del arte en el siglo XX. Tras la eclosión de lo que dio en llamarse "punk", el telón cayó de manera definitiva: el mercado, con sus tentáculos y su simplificación rapiñera, sepultó cualquier atisbo de un verdadero renacimiento cultural. La tragedia y la farsa, según Marx. Los frenéticos 60 y los agónicos 70. Ni flores para el entierro. Los 80 y su diarrea conservadora volvieron a poner las cosas en su sitio. Y luego el Muro cayéndose encima de los incautos como Bowie. O el sandinismo dejándonos en off side a todos nosotros. Lo mejor de aquel carrusel de pasión se lo embolsillaron los chupasangre de siempre. El ex-poeta Arturo volviendo a casa desde Etiopía. El show debe continuar.

Si hace veinticinco años, el magnetismo de la Smith podía electrizar multitudes, hoy no asusta a nadie: parece una top model, histérica y anoréxica, de Calvin Klein. Ella debe estar envejeciendo como la Yoko o Marianne Faithfull: tiernas abuelas decadentes que, de vez en cuando, las entrevista la MTV a propósito de la muerte de los amigos. Burroughs, por ejemplo. De ese dandismo minimalista, hiperconcentrado y certero, de esa muñeca brava que te abrumaba para que pudieras renacer desde el dolor, no queda sino la larga risa de todos estos años como diría Fogwill. Gastamos las palabras, dijo la Smith, como escribió Conrad en el prólogo de El negro del Narcissus de 1896: tiene razón.


Imagen: Patti Smith, por Judy Linn.

1 comentario:

  1. Parece lady Mick Jagger!
    Buen texto, saludos! Es un gustazo leerlo.

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