7 de agosto de 2015

Tierra dividida

EMANUEL MORDACINI .-

En Las Rosas la vida cultural es errática, prácticamente nula. Hay una biblioteca pública dentro de la cual funciona un taller literario. Odio los talleres literarios, los detesté siempre, pienso que no sirven para nada. El de Las Rosas está lleno de pupilos que escriben cuentos espantosos que luego agrupan en volúmenes pagados por el mismo taller bajo títulos como “Abrigando recuerdos” o “De la mano por la vida” o cosas por el estilo. Todo muy moralista, muy rococó. Nunca les llevé el apunte. 

En 2006 comencé a publicar cuentos eróticos en la revista virtual mexicana. Antes había obtenido una mención en un certamen y eso logró infundirme ciertos ánimos. Pues bien, empecé con esta revista. Historias de lesbianas, eso escribía. Algunas muy buenas (que una mujer te diga por un cuento “sentí la enorme necesidad de tocarme”, no tiene precio), la mayoría francamente desechables. Escribía rápido, corregía poco y enviaba todo a mi editora absorbido por la urgencia de una pronta publicación. En esa página están varios de mis cuentos, se sumarán otros, supongo, porque no pienso abandonar ese placer por nada del mundo. Allí no hay solamente relatos lésbicos, también hay otra clase de textos, coqueteos míos con ciertos géneros populares. 

En 2010 publiqué un cuento de terror inspirado en el cine de Dario Argento, una de las pocas historias de las cuales me enorgullezco. Cuatro años después fui denunciado por ese cuento; la responsable fue una muchacha de Las Rosas. Me buscó la policía, tuve que dar explicaciones, mi cuento terminó pasando de mano en mano por toda la comisaría. Una humillación muy grande. Lo admito, el error fue mío: me inspiré efectivamente en la muchacha denunciante para crear a la protagonista de mi cuento (que termina muerta) y usé en la ficción su nombre verdadero como el de su mejor amiga. Lo hice de puro boludo, por despecho, que sé yo. Me pidieron en muy malos términos que quitara el cuento de Internet, envié un mail a mi editora en México y el relato se quitó en menos de un día, pero el daño ya estaba hecho. La noticia se viralizó por todo el pueblo. Para todos yo me convertí en una especie de psicópata. Caminar por las calles de Las Rosas era todo un suplicio. Me sentí como Bradley Cooper en Silver Lining Playbook. La comunidad se dividió en dos grupos: los que me retiraron el saludo definitivamente y los que me instaban a que escribiera algo más lindo (¿?). Dentro de este último grupo había muchas señoras decentes de la Liga de Madres de Familia. Para mis parientes, que siempre me consideraron un perdedor, ahora no era solo eso: también me creían un loco, un chiflado, un demente. De esto hace ya un año, pero todavía percibo en ciertas miradas, cuando regreso a mi pueblo, lástima y temor hacia mí. Hoy ese cuento demoníaco integra una antología de relatos de terror en España, con los nombres cambiados, eso sí. Paradojas de la vida.


1 comentario:

  1. De las letras a la comisaría. Poderosa narración, amigo Emanuel.

    Saludos cordiales

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