21 de septiembre de 2015

El insondable pasado

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Pocos han recordado. Bien por el ánimo sin emoción de las conmemoraciones, bien por algo entre los deberes cívicos y la gratitud que se le guarda a hechos, personajes, libros, que en el pasado influyeron en nuestro destino. La misiva al caballero de Kingston que hoy conmueve: la carta de Jamaica de Simón Bolívar.

No parece razonable, en el afán humano de explicaciones, o la búsqueda patética de excusas, acusar a la peste del olvido, a la frontera con Venezuela, al desprecio de nosotros mismos, a la reivindicación de Francisco de Paula Santander. No.

Es probable que la vida y su aventura indetenible haya roto con el pasado. Que los días de hoy exijan una forma propia de resolver el presente. Y de alguna manera reciben el oleaje del tiempo como un estruendoso fracaso. Hay quienes miden, con tecnologías modernas, la marcha de las sociedades humanas en su búsqueda de la tierra prometida, y se consuelan con los avances de medios pasos. Se piensa que la complejidad de la actualidad es un cáncer espontáneo y nunca una consecuencia de nuestras acciones.

Así el pasado se esgrime, en gritería confusa, como argumento para mantener la servidumbre, no para propiciar la libertad.

En una bella, esclarecedora, y tremenda conversación, propia de mujeres por su crueldad sin concesiones en el anhelo de saber, la escritora, premio Nobel, Herta Müller, con su rostro de vampira enamorada, tallado y embellecido por el sufrimiento, dijo que sólo está claro cómo se origina la impotencia. El surgimiento de jerarquías y poder queda en las tinieblas.

A lo mejor, los seres agobiados por la imposibilidad la desdeñan para no sucumbir a la impotencia. ¿Quién, hoy, puede entender que el pensamiento y las pocas determinaciones reformistas de Bolívar, inspiren la crueldad enloquecida del vecino de La Guajira y de Cúcuta? Torpe incluso en el discurso. ¿Será discurso este balbuceo de aprendiz de sindicalista aristocrático, como los llamó el perspicaz maestro Darío Meza? La ocurrencia fue que cuando el jerarca de al lado vio al Presidente de los colombianos lo confundió con Santander. Un motivo de elogio. El rostro del apuesto hombre de las leyes. Que lo digan las hermosas Ibañez. ¿Qué ocurre aquí, caballero, todavía la política internacional encerrada en disputas de profesores de historia de parvulario?

Uno de los rescates del historiador John Lynch fue mostrar como el reconocimiento de la gloria protegió a Bolívar de los episodios lagrimosos del melodrama americano. La clarividencia del Libertador vio la gloria. A ella se acogió después de liberar a seis países que no pudo unir, de haber salido victorioso de una cruenta guerra colonial, y de jamás haber abandonado el amor, en hamacas y en champanes. Ese amor del cual no sintió las manos ansiosas y delicadas que le preguntaron: General que son estas duras estrellas en tus nalgas¿?.


Imagen: Dibujo de Santander. José María Espinosa Prieto. Colección Museo Quinta de Bolívar.

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