1 de septiembre de 2015

En el túnel del tiempo

PABLO CINGOLANI -.

Cuando era un nene que me comía los mocos con el mismo gusto con el cual ahora saboreo camarones, esos finales de los 60s, daban por la tele una serie que se llamaba El Túnel del Tiempo. Todo era bastante psicodélico —signo de esa época de LSD y Jimy Hendrix—, y efectivo: tanto que aún hoy me recuerdo de la máquina (que era, justamente, “el túnel del tiempo”) por donde los protagonistas viajaban al pasado. 

Era el mismo espíritu y televisado de ese libro de Mark Twain, que también leí de niño comiendo galletitas con dulce de leche (¡No sólo me comía los mocos!, aclaro esto porque si no mi madre se va a enojar) , y que contaba de un señor yanqui que se transportaba —no recuerdo cómo, ni qué drogas se consumirían en los años del genial Twain— a los días del rey Arturo y el mago Merlín, y yo me divertía y me entusiasmaba mucho con esas travesías en el tiempo, es más: me sigo entusiasmando. Será por eso que estudié historia. Pero sobre todo: será por eso que la amo, que venero la historia.

En fin, crecí, fui creciendo y dejando de comer cosas raras, y anduve por aquí y por allá y por más allá, siempre en plan vagabundeo, siempre en plan libérate y abre los ojos, y un día, un día memorable, me sucedió algo que siempre anhelaba pero no esperaba tal y como acaeció. Ocurrió que me metí en un túnel del tiempo de verdad, pero sin saberlo. Y, en mi caso, la maquina me dejó en un lugar llamado Misión Fátima, circa finales del siglo XIX, principios del siglo XX. Treinta minutos de vuelo en avioneta, me aerotrasladaron cien años atrás.

Como su nombre lo indica, Misión Fátima y valga la redundancia, es una misión católica que consagra el nombre de la Virgen cuando se precipitó en Portugal —la ubicuidad de las vírgenes es algo que siempre me intrigó, aclaro. Fue fundada a mediados del siglo XX, por lo cual lo que narro sufre de un exceso del uso del anacronismo pero que sé que ustedes sabrán disculpar por el bien del relato. No hay caminos para llegar hasta allí: se ubica a dos días de bote a motor, cuatro en canoa o media hora de vuelo desde la ciudad de San Borja, uno de los pueblos emblemáticos del departamento del Beni, en la Amazonía boliviana. 

Allí, en el aeródromo borjano, hay un servicio de taxi aéreo que, para el caso, funciona como la máquina del tiempo de la serie de televisión. La avionetita alza vuelo y sigue ronroneando el curso del río Maniqui, hacia el sur, hacia las serranías. Cuando te empiezas a entusiasmar con los meandros del río, las playas de arena brillante, la selva infinita, la belleza de los cerros, el piloto pega una vuelta en u y encara derecho a la pista de pasto de la misión. Cuando te bajas del aparato con alas de metal, empieza a operar el efecto “time machine” y te embarcaste en el siglo XXI pero aterrizas en una isla del siglo XIX.

Para empezar, los niños que acuden como enjambre, los indiecitos que llegan corriendo y rodean la nave: todo muy Albert Schweitzer, muy de película hollywoodense hecha en África. Todos vestiditos con relucientes camisas blancas, pantalones azules, las niñas con faldas del mismo color y las mismas camisas de algodón: el orden religioso, la pulcritud para ocultar el hedor (Kusch), un olor hipócrita a Bartolomé de Las Casas, que mezcla siglos de esa pax misional que subyugó a medio continente con todas las atrocidades que te recuerde la palabra Inquisición (Santa Ella), en tensión y contraste con el clima y el olor del lugar: la humedad como látigo, el sol que te hacha, la flora lujuriosa, la selva verde a rabiar; el sudor de los hombres que vienen de “lomear” caoba, exhaustos, los ojos rojos, extraviados por el esfuerzo y por el alcohol para que aguanten: el olor del saqueo y la devastación.

Luego, a la distancia, te impacta la tremenda casona que es la sede propiamente dicha de la misión. Una construcción de dos pisos, con grandes ventanales y elegantes verandas, carcomida por el óxido y la lluvia pero igual de imponente: es el símbolo material de esa presencia espiritual arrasadora. Y aunque está ahí, no puedes tocarla, no es tuya: debes esperar a que sus mandantes aparezcan, dejen de rezar, se dignen recibirte. 

Cuando lo hacen, te sorprendes: no son monjas nativas, no son hermanas bolivianas, ni benianas, ni chimanes. Vienen de distintos lugares del planeta, la más extraña era oriunda del mismísimo ex Congo Belga (Lo juro por Conrad), del Zaire de Mobutu (de donde escapó perseguida por su fe, según luego me contará ella misma), de un lugar donde la misión que ahora la ampara, no desentonaría una pizca: la selva es la misma —el mismo caos vegetal, el mismo desenfreno del clima, los cuerpos—, lo que cambian son los paganitos, son los animistas, aunque para Él todos son iguales: son almas a salvar, como las nuestras, que no entienden, que no logran digerir tanto flash back humano, tanto ver en vivo lo que creías confinado a los libros de historia, tanta máquina del tiempo.

La superiora, la que está a cargo, nos mira de arranque como si fuéramos amigos de Atila, cuando le pedimos alojarnos en su sagrada morada. Aquí no hay comodidades nos sermonea, pecando con un toque de frivolidad ya que nos alude como si mutásemos a turistas (eco turistas of course) o entomólogos recién llegados desde Finlandia. 

Cuando accedes al recinto, y te inunda el silencio de un lugar de retiro y el crujir de las escaleras de madera, la sensación retro es total. Más cuando abres la puerta del cuarto donde dormirás —en realidad, dos habitaciones en suite, con baño azulejado y todo— y ves espejos ambarinos, ves mesitas de luz, ves jarras enlozadas, ves percheros de cedro, ves camas placenteras, ves el parquet del piso; ves la selva desde la ventana y la sientes invencible aunque sabes que no es así. Que si ellas, tan frágiles, tan silenciosas, tan etéreas las monjas, si ellas están allí, la selva no puede ser invencible, sólo un decorado más para la misma faena psicosocial de siempre: imponer un sentido, darle un significado a todo eso que se supone primitivo, que se supone salvaje, pero que no lo es o ya dejó de serlo.

Por la noche, la hermana Victoria (así se llamaba la monja africana) es la única que se atreve a hablarnos, mientras nosotros nos deleitamos con un café riquísimo, aromático y sabroso, que cosechan para ellas los nativos del lugar. Nos cuenta de los horrores de África y cómo fue salvada por la iglesia de ser violada, mutilada, raptada, convertida en niña soldado o puta forzada de un señor de la guerra. Y aquí, hermana, ¿cómo andamos? —le pregunto por preguntar, porque ya sabía la respuesta. 

Al día siguiente, nos fuimos bien temprano. Caminamos por la pista hasta que desviamos por un sendero que en un par de horas de travesía nos condujo a la amplia playa del Maniqui. Ahí volvía empezar el mundo real, la máquina del tiempo comenzaba a fallar: las comunidades de indios chimanes se debatían entre dos mundos, el suyo propio que se obstina en no morir, y las lacras del mundo moderno que no termina de incorporarlos, de someterlos o de seducirlos. 

La misión se volvió un confuso recuerdo mientras de arribada por el río nos fuimos internando en la selva, cada vez más lejos, cada vez más adentro. Me sucedía lo de Chuang Tzu pero mi dilema no era saber si era hombre o mariposa; no sabía si era el fugitivo de un pasado cruel y evanescente o si de donde me escapaba era de un presente igual de feroz, igual de escandaloso. Las aguas turbulentas de la corriente tampoco me ayudaron a encontrar una respuesta.

Pablo Cingolani
Río Abajo

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