27 de septiembre de 2015

Pulgas de Quintaou

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ.- Mañana en las pulgas de Quintaou, cerca de Bayona: mucha ropa usada, baratijas, cuberterías, vajillas, cristalerías más o menos desparejas, libros ya muy floreaos, discos, postales, japoneserías en mejor o peor estado, juguetes, pacotilla, restos de restos en los que se adivina el desbarate familiar, la muerte, la mudanza, la casa que hay que liquidar a aprisa y corriendo… Lo habitual, lo de siempre, sí, pero con más desgana que nunca, como quien cumple un rito que se hace fatigoso con el tiempo y que los participantes aprovechan para pensar en otra cosa. Al pie de un árbol encuentro un vinilo solitario del Gringo Favre, el último amor de Violeta Parra. Lo dejo, sabiendo que luego lo voy a lamentar. Tal vez lo hago por eso. Lo dejo, porque no tengo tocadiscos. ¿Qué iba a hacer, clavarlo en la pared como si fuera la cabeza disecada de un bicho? Cansancio repentino de las cosas que son un gozo y a la vez un lastre. Mañana, ya veremos.
Al rato, en otro lugar, en la librería de Gilbert Arragon, un magrebí me asalta al grito de: «¡Oiga, ¿no me compraría unos libros antiguos que no me quiere comprar el librero?». Le respondo que no, que he hecho voto de castidad, y ante su asombro añado que si bien lo renuevo cada día, hoy no tocaba pecar… demasiado, porque se lo digo con La gala des vaches (1948) en la mano, ese libro de Albert Paraz en el que reaparece Louis-Ferdinand Céline desde su silencio danés –«Où Céline reprende la parole», decía la mancheta publicitaria–, y con un ejemplar (enésimo) en buen estado, es decir legible, de Bourlinguer de Cendrars que me interesa porque permite situar en qué fechas estuvo el escritor en la frontera de Irún durante los combates de julio-septiembre de 1936 (dos semanas antes de lo que digo en El Botín), y porque da el dato de que madame María Eugenia Errázuriz, la filántropa que vivía a ratos en Biarritz, en La Angostura, era en realidad boliviana, de La Paz –la pinto Boldini, como a otras Errázuriz–, ya lo cuento en otro momento o en otro lugar, que ahora ando con prisa.
Al regreso a casa, había fiesta en el pueblo, humos espesos de zikiro (asado al palo), luz clara iluminando los prados, resaltando aqui y allá, los matices del bosque, mesas repletas de vecinos y una joven cantante, vestida de medio country, pero en vasco, atacaba con voz aguda y ritmo de trikitixa y bailongo «Xalbadorren heriotzean» la solemne canción de Xabier Lete *, de quien estos días leo los emocionantes poemas de Las ateridas manos del alba, libro del que copio al azar este poema que tradujeron de su original en euskera Jabier Imaz y Jose Angel Irigaray:
Sin llegar a conocer la razón de casi nada
nos esforzamos por vivir con afán la vida
sumergiéndonos cada noche a ciegas,
con palabras que interrogan a la oscuridad.
Ay, si en las horas sombrías
en lo más profundo del espíritu,
existiera esa claridad de la luz,
diáfana visión colmada de plenitud
en la anchas tierras de felicidad antigua…
Mas perdurar es irse oscureciendo,
perder el horizonte y la luminosa visión,
interrogar a la vida
a través del dolor obstinado,
porfiando con la materia, con el espíritu, con el prójimo…
Así llega el alba, el prodigioso despuntar del día
y nos sorprende distraídos y desnudos
Ah, sí y estos versos sueltos, también al azar:
siempre hay un corazón desgarrado
que espera un gesto de cariño de sus semejantes–
Y hay muchos más, poemas escritos desde el final del camino mirado de frente, y encima, algunos, los huelo, escritos en una geografía que fue la de mi infancia, de mi casa de la vida, cuyo derribo son ahora sus cimientos. Cómo lamento no haber conocido a Lete, en esa geografía además.
Vuelvo al pueblo, vuelvo. Las vibrantes rancheras (sin las que no hay fiesta posible en Navarra) y el acordeón, y el humo de la hoguera moribunda del final de la tarde han venido luego. Es otoño, y el viaje de vuelta a casa sigue… «¡Que no hay casa, pasmao!», suelta la sombra a tu espalda, y tú replícale, si te atreves: «Esas cosas se piensan, pero no se dicen… es de mala crianza», pero aprieta el paso, por la cuenta que te trae.
  • Hay traducciones en la Red y alguna versión subtitulada, la de Erramun Martikorena con el Orfeón pamplonés no está nada mal,

1 comentario:

  1. Replicarle a la sombra. O boxearla, si es que las copas se han vaciado diez veces. ¿Y Run Run? Se quedó sin tocadiscos, condenado a la pared.

    Muy bueno, querido amigo.

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