15 de octubre de 2015

Caleidoscopio de palabras [*]

PABLO CINGOLANI -.

Notas a una obra fotográfica de Gastón Ugalde, sobre el salar de Uyuni, Bolivia.

¿Heridas o huellas? ¿Huellas o heridas? Canciones, cicatrices, crepúsculos… ¿Búsqueda o sueño? ¿Ritos o rastros? Cosmos, cielo, sal: epifanía. La piel del destino es blanca. La piel del salar es cosmos. Es un cielo líquido donde los dioses aún viven… Es una tierra de sal donde los dioses aún resisten… Recorro tu cuerpo encendido por la sal y la dicha estalla. En esta comarca todo es blanco, la sal omnipresente y la nieve ausente, pero sobre todo, todo es alegría. La alegría es blanca, como el salar.

Antes de la memoria, había sal. Dime sal, ¿cuál es tu rostro de abajo? Dime sal, ¿cómo es tu cielo subterráneo? Angustia, aniquilación, amor. Conozco esta sal: ha parido mi felicidad. Conozco esta sal: es la madre de la felicidad del mundo. Déjame abrazarte volcán, déjame naufragar en tu cráter, déjame que me pierda en tu soledad. Rumbo a uno mismo: el horizonte no te alcanzará jamás.

Un cactus acaricia mi piel y todas las ternuras recrudecen. Un cactus acaricia mi piel y lo áspero del mundo cede. Abolición de lo efímero: todo lo abarca la eternidad. Abolición de lo superfluo: vivir de la pura magia y nada más. Abolición de la mentira: aquí todo es verdad. Abolición de la distancia: aquí siempre te encuentras en un círculo esencial y no osarás llegar a otro lugar. Abolición del sentido: todo se transfigura si sientes el brillo de su piel. Metamorfosis en sal: abolición de la maldad.

Perseguir la belleza, nosotros la piedra. Perseguir la belleza, aboliendo la injusticia de no verla. El fin blanco del Gran Viaje. Que haya tanta sal hasta que no puedas pedir perdón (¿el Cristo?). Dejen que el resto de la humanidad me encuentre, si puede. Celebración de la ausencia. Celebración de la ausencia: desechar las palabras. Celebración de la ausencia: todo lo que necesitas es sal.

Un espejo donde mirarse siempre. La sal que habla: oye, ¿acaso no la escuchas? Mira, ¿no ves que se acabó el espanto? Admíralo: son las lágrimas de una diosa que peregrinaba. Huele a destino, huele a eternidad. Huele a silencio. Huele a dios. Huele a dioses. Huele a nada. Huele perfecto. Caminante: no hay camino. Sólo sal. ¡Amuki!¡Amuki!: cuidado la sal despierte, cuidado la sal se eleve.

Nadie vio al Toro Negro, a la banda de sicuris, a dios hirviendo en un rayo. Nadie vio nada, sólo sal. Cuajada dicha blanca. El canto que te canto, oh sal, es tan blanco como los sueños de los niños. Un fervor por la sed que se volvió libertad. Una avidez por lo infinito cascabeleando en cada rincón mineral de tu destino. Un mar de sombras que se añejaron y se tornaron blancas. Uno piensa en ciudades invisibles, en máquinas de fuego, perforadoras de los sentimientos. Uno piensa en un templo, una feria, un colegio. No hacen falta. Deja de pensar. Toda la luz del día le acariciaba los ojos. Era el salar.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 19/8/2012

[*] Inspiradas en otras y agradecidas palabras de Schowb, Thoreau, Chalk, Sáenz, Arguedas, Veloso, Stegner, Chesterton, Tizón y el pueblo.

Imagen: Gastón Ugalde

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