5 de octubre de 2015

Era complicado llegar

PABLO CINGOLANI -.

Era complicado llegar a la barra de Valizas. Los uruguayos, nuestros hermanos fluviales, llaman barra a la desembocadura de los ríos donde hay graves y arteros bancos de arena, remolinos escondidos, corrientes chúcaras. Son peligrosas las barras y llegar a la de Valizas, para colmo, era difícil: un caminejo que desviaba de la carretera al Chuy terminaba allí pero no siempre era transitado y lo tenías que hacer a pie. Desde Valizas, cruzando su barra, entrabas a través de alucinantes montañas de arena ―llamarlas médanos es opacarlas―, a uno de los lugares oceánicos más lindos del hemisferio Sur: Cabo Polonio, orgullo oriental, que creo que ahora es reserva de la biosfera o algo así.

Hace veinte años, no había nada o casi nada en Valizas pero sí había una casa, un lugar donde los trotamundos acampaban porque había un aljibe, el río, las montañas de arena que te dije, el famoso cabo, un muelle, una caseta encima del muelle donde podías comprar cigarrillos (¿Qué pescador no fuma?), los lobos de mar.

No recuerdo si había el cascajo de algún barco hundido, como el que moraba en La Pedrera, pero podía haberlo, como en los relatos de Haroldo que suceden en esas costas que tanto amó. Fue un hallazgo cuando me di cuenta que Conti ―desaparecido por la última dictadura militar argentina―, hacía deambular al circo rebelde de Mascaró, el cazador americano, por La Paloma, la Punta del Diablo, Aguas Dulces, por esas playas, por estas mismas playas que estoy narrando. Lo demás, todo lo demás, era el mar, el mar infinito, ¿qué más podías pedir?

Yo arrancaba del argos porteño, cruzaba el charco y paraba en Montevideo ―la siempre gloriosa cuna de Isidoro Ducasse, el Conde de Lautremont, el rey de los pulpos literarios― y con mayor precisión, recalaba en la casa del “yoruga” (un compañero de la M; originalísimo el apodo) donde por la noche nos volábamos el cerebro con dedicación y prolijidad y después seguía para Rocha, el noreste geográfico del Uruguay. Otras veces, iba a la guarida de un otrora tupamaro que me prestaba una bolsa de dormir impermeable de las épocas de la guerrilla. Así, me iba a vagar por las playas. Con dos rupias, un casete de Dire Straits en el walkman y la bolsa por todo equipaje.

Te decía que llegabas como podías a Valizas. La casa era todo: refugio, almacén de ramos generales, bar imposible, lugar de citas inimaginables, centro energético y de pasión universal. No había luz, salvo las velas que vos comprabas. Nosotros que no teníamos un mango, lo que rejuntábamos de nuestros bolsillos lo invertíamos en cachaça botafogo meninho, y báncatela pibe y aguante el Uruguay… Entonces, venga la botella y un jarro estañado y empezar a libar.

Luego, ya inspirados, otear el boliche, calibrar los ojos a la semipenumbra cómplice y empezar a atisbar la fauna local, a los peregrinos de raza, porque esos seres itineraban la vida, te lo aseguro. Había de todo y para todos en ese rosario de seres que pintaban la condición humana a cabalidad y que no puedo escribirlos, no aquí, porque así sí, me iría al carajo –un lugar que queda más allá de Valizas, más allá incluso del Chuy…- y tendría que escribirlos en novela, como la de Conti. Que debería escribirla o escribirse, pero no ahora. Aparte, esos seres tal vez ya no existen más (aunque resisten dentro de mí en mi corazón), así que, ¿para qué joder, no?

Una noche cerrada llegamos a Valizas con el NSG ―conservo el anonimato de mi amigo. De frente, a la casa todo terreno. De una, pedir ese aluvión que quema. Nos zampamos todas las botellas que pudimos y después recuerdo que bailamos en un fuego próximo, que había mujeres o sirenas, lo mismo daba, que calentamos los huesos al compás de una guitarra blusera y de la fraternidad humana.

Al otro día, era la vaina. Había que cruzar la barra y largarse al cabo, a seguir soñando despiertos. Fuimos al mar con NSG y nos lavamos la cara: la caricia de la sal que te hace estallar. Era temprano, madrugaba: ese despertarse sublevado por la resaca y por beberse el mar, otra copa, qué más da.

Entonces, la barra. Parecen mansitas las muy guachas pero son arenas movedizas y profundas, laberinto y remolino de aguas turbias, que te chupan como si fuera una medusa gigante.

La cosa sucedió en segundos: NSG se lanzó a la barra, a cruzarla nadando o eso suponía quien suscribe y luego yo ―intentando aún entender que el sol estaba arriba como todos los días―, que también me lanzo al agua y con el impulso lo agarro -mientras el otro andaba haciéndose gárgaras y pataleaba- y lo arrastro, lo saco del remolino que lo estaba poniendo verde como un percebe.

No era la primera vez que rescataba a NSG de lo que pudo haber sido inevitable o más o menos o algo así: otra noche, caminábamos por la Avenida Rivadavia a las tres de la mañana (como en el blus de Manal), luego de ver entusiasmados, en la última función del cine del barrio, la primera Terminator.

De pronto, un automóvil (un auto rojo, como en el rock de Pappo) a toda velocidad, que avanzaba por los carriles de enfrente a nosotros, pierde la dirección, gira abruptamente y se estrella y revienta, limpio y tenaz, la vidriera de una tienda que estalló –como en el cine que acabábamos de dejar- en miles de pedazos.

Fue un segundo: agarré a mi amigo del hombro y lo arrojé de un tirón hacia atrás. ¡Buenos Aires casi lo mata! Cuando volvió en sí tras la conmoción que le produjo el suceso, nos fuimos a tomar unas ginebras para celebrar que no tuve que juntarlo con una cucharita.

Pablo Cingolani
La Paz, 2002


Nota inevitable: rescato este texto y también rescato un dato fundamental: la casa de Valizas se llamaba “lo del Veco”, “el bar del Veco” o algo así. Encontré el dato en una de mis bitácoras, donde además encontré un manojo de otros textos escritos, no como recuerdo de Valizas como en este caso, sino de la época misma cuando vagábamos por ahí, los años 85, 86. A ver si también rescato algo.

1 comentario:

  1. Valizas ya no es la misma después de tu escrito. Es aun mejor. Admirable, querido amigo.

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