17 de octubre de 2015

Las Tortitas

EMANUEL MORDACINI -.


Los nuevos vecinos habían llegado de la ciudad, y las viejas del barrio estaban revolucionadas. En realidad, quién provenía de la ciudad era él; Juan Carlos, un guitarrista frustrado devenido albañil de circunstancia que siempre parecía estar al borde de un ataque de nervios. Ella; Leticia, de profesión enfermera, era nacida y criada en Las Rosas, se había marchado al cumplir los dieciocho y ahora, casi cuarentona, regresaba a su pueblo con un marido a cuestas y una hija preadolescente llamada Martina. Yo en ese momento pernoctaba en un conventillo en las afueras, tenía treinta años, no trabajaba y sobrevivía con el dinero que solía enviarme mi abuelo. Mataba mi tiempo escribiendo, bebiendo cerveza o hablando con Alex, el único amigo que me quedaba en Las Rosas. Quién regenteaba el conventillo era Doña Marcia, una septuagenaria enloquecida que hacía del cotilleo una religión y una escuela. Era una chismosa profesional Doña Marcia, y todo el maldito pueblo lo sabía. Los que vivíamos en su conventillo le profesábamos un obligado respeto, en parte porque era vieja, y en parte porque teníamos miedo que nos echara a la calle durante sus constantes berrinches nocturnos. Doña Marcia parecía saberse vida y obra de todos los vecinos del barrio, y se ufanaba de ello. Todas las tardes se juntaba a tomar mate con sus amigas (unas cuantas septuagenarias chismosas como ella) para hacer el consabido repaso de los chismes recopilados; que Fulanito estaba por divorciarse, que Sultanito tenía leucemia o que Menganita estaba embarazada. Nada escapaba del ojo avizor de Doña Marcia, nadie se salvaba de la ponzoña de su lengua. El asunto es que ahí estaban los nuevos vecinos, pegaditos a su prosaico conventillo, en esa casita que todos creían definitivamente abandonada. La vivienda en cuestión fue restaurada, pintada y adornada, y Marcia y sus cotorras no salían de su asombro. Nuevos vecinos, y de la ciudad, para colmo. Pero ni Juan Carlos ni Leticia interesan tanto en esta historia como la más pequeña de la familia; Martina. Corría diciembre cuando sus padres terminaron de instalarse, y la muchachita ya daba que hablar a los oscuros habitantes del conventillo. Todavía no cumplía trece años y su cuerpo era una fiera acorralada, un vendaval arrasador y temible. Los cabellos negros y alborotados, los ojos pardos y chispeantes, los pechos que apenas empezaban a asomarse. Ahí andaba Martina, desafiando los primeros calores del verano con ínfimos shorts clavados entre sus nalgas y apretadas remeritas que enseñaban más de lo aconsejable. Los tipos residentes en el caserío la miraban embobados; el pulso tenso, las bocas babeantes, los pensamientos en carne viva. Yo también la miraba, pero de otra manera. Si bien cierto innombrable escozor me invadía cada vez que la niña impúdica se paseaba contoneándose frente a mi puerta, lo mío revestía un carácter puramente contemplativo. La admiraba como algo inalcanzable y efímero, Martina representaba para mí una femineidad precoz condenada a perecer irremediablemente. Por supuesto, muy pronto la nena se convirtió en el blanco preferido de Doña Marcia. La vieja echaba fuego por los ojos, su lengua desbordaba veneno.

-¿Vio cómo anda vestida, con esos pantaloncitos bien metidos en el culo? -decía Marcia a Guido, uno de los residentes del conventillo, mientras ambos se guarecían del calor bajo la galería en penumbras-. ¿Y se cree que los padres hacen algo? ¡Nada, no hacen nada, la dejan andar así, medio desnuda! ¡Doce años tiene, es una nena! Si anda así a los doce, ¿Qué será más adelante? Una puta, eso es lo que va a ser esa chica dentro de un tiempo, si los padres no le ponen los puntos, ¡Una puta!

Bicho de ciudad al fin y al cabo, Martina era la nota disonante entre las timoratas muchachitas de Las Rosas, quiénes la miraban con una extraña mezcla de recelo y admiración. Ajena a todas las habladurías, ella continuaba con sus juegos a pleno sol, siempre al borde del escándalo, siempre al límite de lo permitido. En las sofocantes siestas norteñas solía vérsela a Martina correteando debajo de los árboles, transpirada y jadeante, con sus mínimos pantaloncitos estampados y sus remeras por encima del ombligo, los ojos plenos de un gozo entre infantil y lúbrico, la piel brillante y bronceada, los labios de un rosado impetuoso. Sus padres trabajaban todo el día y Martina dejaba pasar las horas extraviada en su intimidad florida e inabarcable. ¿Qué pasaba por la cabeza de Martina? ¿Qué clase de mariposas sobrevolaban su mente? Al caer la tarde me sentaba en la vereda con una botella de cerveza para ver a la niña rumbear hacia centro para hacer los mandados. Recién bañada, con el pelo húmedo peinado prolijamente y perfumada con agua de colonia, parecía una princesa, y todos los sátiros del conventillo estábamos absortos.

Pero Doña Marcia odiaba a Martina, y odiaba a sus padres, y nada podíamos hacer al respecto. Marcia y su ejército de cacatúas siempre estaban al acecho, elucubrando blasfemias, escupiendo rumores a diestra y siniestra. Comenzaba a molestarme la vieja hija de puta, lo suyo sobrepasaba el chismorreo propiamente dicho, siendo pura maldad, envidia y resentimiento lo que le salía por los poros. ¿Y qué diablos podía hacer yo para resguardar a la dulce Martina de una arpía como Marcia? Le había tomado cariño a la niña impúdica; la quería, la quería mucho y mi amor contrastaba con la vulgaridad de los otros tipos y con el aborrecimiento creciente de la dueña del conventillo. Solo yo podía ver la innombrable poesía subyacente en el cuerpo de Martina, solo yo podía comprender y admirar todo lo que esa niña erótica representaba. Pasaron las fiestas de fin de año y para inicios de enero los encantos de Martina se redoblaron. Contemplarla resultaba doloroso; sus pechos habían crecido notoriamente y bailoteaban libres debajo de sus apretadas remeritas, sus caderas comenzaron a llenarse y sus nalgas adquirieron una redondez firme y escandalosa. Pero no era solo su cuerpo; había algo en la mirada de Martina que nos enloquecía a todos: una voluptuosidad latente, una chispa al mismo tiempo embriagante y diabólica. Pronto iba a suceder un desastre, pronto algo iba a estallar en las narices de Doña Marcia y en las de todo el puto conventillo.

Y un buen día Martina conoció a Fanny, una chica del barrio más o menos de su misma edad. Vivía a un par de cuadras, y también estaba en plena revolución hormonal. Era mucho más lánguida que Martina, tenía los ojos grisáceos, la piel cobriza, el cabello oscuro. Fanny y Martina no tardaron en hacerse amigas, y en el barrio los chismes se dispararon. Todos hablaban de ellas, todos cuchicheaban por lo bajo. Yo estaba totalmente embelesado con ambas, eran para mí un soplo de frescura entre tanta brutalidad y ordinariez. Contemplarlas me hacía bien, eran un bálsamo y una tentación, me sentía parte de su poesía. Con el correr de los días la cercanía de las chicas se tornó peligrosa e inquietante. No había momento que no estuvieran juntas, corriendo alegremente bajo el ardiente sol de ese enero despiadado, riendo, cantando, abrazándose y besándose como dos ninfas nacidas del infierno. Salían de paseo por la plaza y regresaban al caer la tarde, completamente sucias, alegres de la vida, ignorantes de todo el chismorreo que generaban. Y allí seguía Doña Marcia, eterna enemiga de la belleza del mundo, apostada en las penumbras del conventillo como un francotirador demente. La vieja no estaba sola en su cruzada contra las muchachitas, varios imbéciles se le habían unido. El peor de ellos resultaba Alfredo, el dueño de un kiosco dentro del conventillo, un energúmeno que constituía la quintaesencia de la vulgaridad.

-Si usted las hubiese visto don Alfredo -bramaba Marcia fuera de sí-.Si hubiese visto como Martina tenía a la Fanny, ¡Arrinconada contra la pared la tenía! ¡Daba vergüenza verlas! Se abrazaban, se daban besos, este era un lugar decente y ahora tenemos que soportar a estas dos. Ya decía yo que esa chica iba a traer problemas, y los padres no hacen ni mierda, viven afuera, trabajando según ellos, qué asco por Dios, qué cosa fea…

Cuando la vieja Marcia se retiraba la galería del conventillo, se llenaba con los intolerantes monólogos de Alfredo.

-Son lesbianas, tortilleras, esto nunca se había visto acá, son una plaga, si no se las corrige de chiquitas no se las corrige más, seguro se dan matraca las pibitas éstas, seguro se tortillean entre ellas, ¿Sabés lo que haría yo?; ¡Con un cinto les daría, vamos a ver si no se curan con eso!    

Fue Alex quién las llamó por primera vez Las Tortitas, y la denominación se clavó en mí como una puñalada. ¿Y cómo siguen tus cosas con Las Tortitas?, me dijo cierta noche mientras tomábamos cerveza en un bar del centro. A partir de entonces Martina y Fanny fueron para mí Las Tortitas; las únicas, las irrepetibles, las que se oponían a la vulgaridad del conventillo con su amistad dulce y escandalosa. Yo me sentía en el cielo, rebosante de gozo. Las dos solían pararse a conversar frente a mi puerta y eso me permitió acercarme, contemplarlas con más detenimiento, intercambiar alguna que otra palabra. Ellas comenzaron a verme como un aliado, alguien afín a sus juegos y empatías. Éramos Las Tortitas y yo, y todo el jodido caserío que nos acechaba como un animal famélico. Quería escribir acerca de ellas, necesitaba hacerlo imperiosamente, pero por algún motivo las palabras no acudían en mi ayuda, tenía la historia, tenía los personajes (Martina y Fanny), pero la trama se resistía a fluir, los duendes estaban estancados, aprisionados dentro de mi cráneo. Y Las Tortitas seguían adelante; sin pudores, sin prejuicios, bellas, atroces, salvajes, inocentes, perversas. Cuando las cosas con Doña Marcia se ponían tensas, Martina y Fanny se refugiaban en el único sitio donde parecían encontrar cierta libertad: el umbral de mi puerta, el territorio donde reinaba mi fracaso. Desde allí erigían las bases de su pequeña revolución, desde allí se rebelaban contra los anónimos parásitos del conventillo. Sus cuerpos se abrían ante mí como camelias libertinas. Sus charlas se impregnaron de esa perturbadora ambigüedad propia de los albores adolescentes. Allí estaban, frente a mi puerta, exponiéndose a mis ojos y oídos, enamorándome. Estaba siendo testigo del despertar de dos jovencitas a punto de eyectarse a la vida. Las veía tocarse, abrazarse, canturrear como alondras indecentes, pero no podía escribir sobre ellas, simplemente no podía; Martina y Fanny eran algo para lo que todavía  no estaba preparado. Recuerdo un anochecer como tantos, las dos en el umbral de mi puerta, yo adentro, transpirado como un cerdo, semidesnudo, el turbo ventilador echando chispas, mis papeles tirados encima de la mesa, una botella de cerveza por la mitad, mis oídos expectantes, atentos a cada detalle. Retazos de esa conversación regresan a mí en este momento devolviéndome esquirlas de aquel remoto verano.

-Tengo la bombacha mojada y sucia-era Martina la que hablaba.

-Es el calor -respondió Fanny

-Loca, estuvimos corriendo toda la tarde, cada vez me llevás más lejos.  -La loca sos vos, y nadie te obliga a seguirme.

Ambas rieron. Se escuchó un forcejeo suave, como cuando dos niños se ponen a jugar. Se oyeron cuchicheos y más risas sofocadas. Pensé en pajaritos trinando en un paisaje verde, pensé en cosas perfumadas, prohibidas y sensuales.

-¿Lo viste a Seba? Estaba en la verdulería.

-Sí, lo vi ¿Y qué?

-¿A vos te gusta Seba?

-Es lindo.

-¿Pero te gusta?

-Me gustaba, ahora no tanto.

Más risitas y jadeos, como astillas de cristal chocando contra algodones. La charla continuó profusa en delicias y ambigüedades, hasta que, en cierto momento, el pensamiento de Martina se reveló ante mí escupido por su rosada boca de fresa.

-Es muy difícil que a una la tomen en serio en el amor; para que un chico te ame y no te use. Hay que ponerle los puntos y mantenerse firme, sino te pasan por encima, te quieren coger y listo. Yo quiero que mi novio me respete, me mime, me cuide, no es mucho lo que pido, creo que a todas las chicas nos pasa lo mismo, todas corremos el peligro de que nos quieran usar y tirar como basura, se sufre mucho cuando eso sucede, lo sé por mamá, a ella le pasó miles de veces antes de conocer a papá, y aun así sigue sufriendo. Ser mujer es una mierda, Fanny ¿No te parece?

Fue un mazazo; no me esperaba semejantes palabras, tamaña impertinencia, tamaño desenfado, una lucidez difícil de hallar en cualquier veinteañera o treintañera del montón. Quedé perplejo, más estúpido que de costumbre. Las risas de las chicas resonaron como campanillas. Me dirigí a la ventana y las miré a través de las cortinas. Ahí estaban, tomadas de la mano. Fanny apoyó su cabeza en el hombro desnudo de Martina, y entonces todo para mí cobró sentido. Mis obsesiones confluyeron en su abrazo mientras ambas se dejaban arrastrar por la noche agazapada y naciente.

Enero llegó a su fin y febrero se inauguró con un calor de mil diablos. Truenos y centellas cortaban la tarde, una brisa seca venía desde el campo y la humedad brotaba como resina por debajo de las baldosas resquebrajadas y mugrientas. En la galería del conventillo flotaba un vapor pegajoso e insano. Todos nosotros, seres agotados y empobrecidos, navegábamos como ratones en esa atmosfera enrarecida por eructos y transpiraciones. Eran cerca de las tres y el cielo parecía a punto de venirse abajo, acribillado por violentas nubes saturadas de lluvia. El vendaval caería sobre Las Rosas de un momento a otro, los signos eran propicios; la humedad, el calor agobiante, la electricidad del ambiente, las brisas polvorientas, la quietud amenazante. Salí de la galería y me atrincheré en mi pieza minutos antes que el mundo se desmoronara. Las nubes rugieron como dragones, haciendo vibrar los cimientos del caserío. Y entonces: la lluvia; pesada, límpida, implacable, arrasadora. A través de mi ventana se veía el patio, y un poco más allá las desiertas calles del pueblo. Los truenos se dispersaron y el agua comenzó a caer con más fuerza, como si algún dios troglodita intentara ahogarnos desde las alturas. Llovía, llovía mucho y como pocas veces. Todo lo narrado hasta este punto tiende a someterse a los caprichos de mi memoria, lo que sucedió luego fue absolutamente inolvidable. Martina salió a retozar a la calle con la lluvia arreciando. Detrás de ella iba Fanny. Las dos parecían haber salido de casa de Martina. Corrían como gacelas bajo las furiosas cortinas de agua; mojadas, alegres, despampanantes. Martina tenía uno de sus shorts metido en el culo y una remera blanca que transparentaba sus pezones, Fanny una leve camisa a cuadros y unas bermudas de jean. Estaban allí, en plena lluvia, pura magia desatada, pura juventud y desenfreno. Fanny comenzó a danzar como una bailarina clásica; los muslos estirados, el pelo hecho un remolino, las manos como palomas. Martina corrió hacia ella y la abrazó por detrás, las dos rieron; los cuerpos fundidos, los pechos de Martina aplastados contra la espalda de Fanny. Me afirmé en la ventana con los ojos clavados en ellas, casi podía sentirlas. Sabía perfectamente que todo el conventillo estaba mirándolas, me imaginaba a la vieja Marcia babeando como una hiena con sífilis. No quería compartirlas con nadie, deseaba con toda mi alma que el escenario se vaciara en ese justo instante, que todo se desvaneciera, que el conventillo y su gente desapareciera dejándome a solas con esa pura y maldita magia. La lluvia seguía cayendo, desnudándolas de a poco. Fanny giró en los brazos de Martina. Las Tortitas quedaron frente a frente. Los rostros se acercaron hasta tocarse, chocaron sus narices de ardilla, sus labios se unieron en un beso profundo, tumultuoso, inexperto. ¿Estaba sucediendo, realmente?  La belleza se elevó como un estallido pirotécnico, se sacudieron los cimientos del caserío. Fanny y Martina se hicieron una, perdidas en su urgente alianza de bocas. De pronto se separaron, como si tal cosa, como si un beso de pasión entre dos niñas fuera lo más corriente del mundo. Tomadas de la mano trotaron hasta la esquina y luego las perdí de vista. Quedé estático unos segundos, sumido en una rara especie de trance. La lluvia aún caía con bastante fuerza. Corriendo fui hasta la galería; si mis presunciones eran correctas, doña Marcia no tardaría en aparecerse para desparramar toda su ponzoña. No me equivocaba; ahí estaba la vieja, rezumando veneno. También estaban Alfredo, Guido y otros idiotas sin nombre. Hablaban entre ellos con afectación sobreactuada, como si estuvieran ante un caso de homicidio o algo por el estilo. En silencio me senté a un costado, todos le restaron atención a mi presencia.

-¿Las vieron, vieron cómo se besaban?- la oí mascullar a Marcia.

-Así van las cosas doña, ya no hay respeto.-dijo alguien, Guido creo.

Siguieron debatiendo por varios minutos; que eso no podía seguir, que las buenas costumbres estaban en peligro, que las chicas tenían que educarse, que había que hablar con los padres, y cosas así. Entonces Alfredo se dirigió a mí y me preguntó con voz amena, como si yo fuera un amigo de toda la vida:

-¿Y usted joven, qué opina de todo esto?

Ese era el momento de actuar, no podía permitirles seguir adelante, tenía que levantar una barrera que me separara de todos ellos, que supieran de una puta vez que Las Tortitas y yo estábamos en la misma sintonía, que nosotros éramos diferentes. Lo miré con toda la cordialidad que me fue posible, y, despacio, de manera suave pero firme, rubriqué mi postura sobre el asunto.

-La verdad, a mí no me molestan, es más, hasta me parecen lindas.

Alfredo balbuceó algo que no alcancé a entender. Doña Marcia me atravesó con sus ojos purulentos de perra sarnosa, como diciéndome: ¿Y vos de qué te la das, pendejo? De repente todos estaban vueltos hacia mí. Me puse de pie, los saludé con estudiada cortesía, di media vuelta y me retiré de allí esgrimiendo una sonrisa triunfal.
                                                




2 comentarios:

  1. Anónimo28/10/15

    Qué preciosa historia! Me gustó mucho! Felicitaciones a su autor...
    Andrea.

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  2. Muy buena historia!! Excelente forma de narrar!!

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