22 de octubre de 2015

Mi vida en Facebook


GONZALO LEÓN -.

Hace unas semanas me dijeron: Así que tuviste la visión borrosa. Sorprendido respondí: Cómo supiste. Porque lo posteaste en Facebook como todo, dijo mi amiga y yo, intentando hacer memoria, pensé: Es imposible que haya posteado eso. Pero como no quise investigar me quedé con la duda. Ya es bastante el tiempo que le dedico a las redes sociales como para más encima andar verificando lo que posteé, tuiteé o escribí en mi blog. En otras palabras decidí dar por veraz la afirmación de mi amiga.

Pasaron los días y cuando escribía una nota, como dicen acá, “me cayó a ficha”. En ese momento citaba el discurso inaugural del FILBA de Martín Kohan: en una de sus partes decía que el artista, por ende también el escritor, había dejado de ser un productor de imágenes para convertirse en una imagen de sí mismo, en una manifestación del YO que tiene que ver con un “autodiseño”. Es decir cada escritor, cada artista, al momento de crear también produce imágenes de sí mismo: como escritor del reviente, como intelectual, como europeizante, como yanqui. Eso se ha vuelto, según Kohan, en un asunto cotidiano, “como armarse y actualizar una página”, “llevar adelante un blog, tuitear y tuitear y tuitear, tener Facebook (o ser tenido por Facebook), mostrarse en Instagram”. Creo que no soy ajeno a esto y por eso también creo que mi amiga no captó que lo que pongo en Facebook no es todo lo que me pasa, ni lo más importante, sino es parte de ese autodiseño, que quién sabe adónde me llevará. No soy optimista al respecto.

No se trata tampoco que haya adquirido una estrategia como la de Patton cuando derrotó al ejército alemán ni menos unas relaciones sociales que linden en la conveniencia o la zalamería, sino simplemente en humanidad. No fueron pocas las veces en que, ante la carencia de sentimientos o de la demostración de éstos, me confesaba ante amigos como robot. Por eso no sé cómo fue que la vida de la gente, particularmente en Facebook, empezó a importarme: posteos, fotos, videos, discusiones, todo ese material empezó a afectarme y como tal a importarme. Aunque no fue algo inmediato, sino progresivo pero rápido, cosa que ha llevado a cuestionarme, porque, leyendo los ensayos de Escritura no-creativa, de Kenneth Goldsmith (que en Chile Das Kapital editó su poesía, Inquietud), la cantidad de fotos que estaban en Facebook hasta febrero de 2010 era de 40 mil millones, es decir una eternidad, y pese a ello esas fotos me llegaron. Fotos de presentaciones de libros, de viajes, de almuerzos de familia, de fiestas y borracheras, todo eso me importó, aunque las fotos que no soporto hasta ahora son las de niños, hijos pequeños o recién nacidos, exhibidos como trofeos o pequeños animales. Pensaba: a ellos nadie les preguntó y ya están en una red social, ¡qué mal!

Las palabras de Facebook también entraron en mi universo. En forma de simples comentarios de la vida, de comentarios de libros o de películas, de discusiones políticas, de denuncias públicas, de declaraciones amorosas. Según el libro de Goldsmith, en 2008 el estadounidense promedio consumía 100.000 palabras de información por día. Palabras de la web, de anuncios publicitarios, de información callejera, de grafitis, de un sinfín. Imaginemos que este dato es traducible a cualquier país de Latinoamérica, ya no como un ciudadano medio, sino como un ciudadano con acceso a Internet, esto lleva a sorprenderme aún más que esas palabras perdidas en la vorágine de Facebook hayan tocado una fibra de mi corazón. Es decir, las probabilidades estaban 100.000 a 1 en contra, y así y todo...

Por último, no estoy diciendo que las redes sociales y en especial Facebook me hayan hecho una mejor persona o un escritor con estrategia y relaciones sociales, sino que otra persona y otro escritor. ¿Adónde me llevará todo esto? Como dije antes, no soy optimista. Pero en fin, ninguna red social es optimista.


Publicado en revista Punto Final y en el blog del autor (21-10-2015)

1 comentario:

  1. Sin querer queriendo nos exponemos por entero en las redes sociales y luego no hay quien nos salve de ese engendro que nosotros mismos creamos. Igualmente, tambien creo que no es todo sino una parte bien forzada de nosotros la que ponemos ahi, siempre queda un resto para uno mismo y los cercanos. Interesante articulo.

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