14 de octubre de 2015

Mireya Sola

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

En estas noches de insomnio y espanto, vuelvo a recordarte, Mireya Sola, con cada nuevo ataque de tos que me retuerce sobre la cama, amenazando con volverse definitivo. Derrotaste a mi madre, sin que ella lo supiera, en sus empeños por volvernos seres seguros de sí mismos, sin miedo a lo desconocido, reflejado en esta convalecencia de quince días y lejana a concluir. Antes de saber de ti, a mi madre le bastaba trancar la puerta, evitar las noticias de la televisión y rezar para creernos protegidos de la acción desalmada del puerto. Pero contigo, Mireya Sola, no había resguardo, tranca ni rezo que valiera. Ni las cuatro paredes de mi casa, primero de adobe, después de madera y ahora de ladrillos, me liberan de tu entrometida influencia, raspándome la garganta como si fueran espinas de pescado y apretándola, luego, como pulgares de gorila. ¿Cómo lo hacías, Mireya Sola, para colarte dentro de casa en esas horas impensadas? Con mis hermanos especulábamos con los rumores de esos años, que trepabas los cerros -incluso laderas sin pavimentar-, escalabas muros, saltaba tejados, atravesabas paredes, neutralizabas chapas, aflojabas candados y te alimentabas de lo primero que encontraras en el suelo. Poco importó cómo lo hacías, sino sólo saber que el miedo, al igual que el universo, copulaba consigo mismo y dejaba crías sueltas en nuestras consciencias. Mientras raspaba con mis dientes chocleros la mantequilla derretida de una marraqueta, frente a la televisión encendida, junto a un vaso de leche tibia, me distrajo aquel sentido que pone en alerta cuando alguien nos acecha. Giré mi cabeza y te vi media agachada en el umbral, entre el living y la sala de costura, con esa risita estática y de dentadura semejante a un pedazo de tablero de ajedrez. Me arrebataste la otra mitad de pan puesta sobre un plato diciendo “¡mío!” y saliste corriendo, dejándome con el grito atajado en la garganta, como la respiración dificultosa de ahora, ante la invasión a un territorio que daba por seguro. Me animé a seguirte el rastro, avancé por los pasillos, me asomé a la ventana, pero sólo vi un trozo de calle, una esquina, casas colgantes en el cerro de enfrente, pedazos de escalera sucia y un par de gatos remolones jugando con sus colas. Más allá, un pedazo de mar y barquitos apegados al muelle, pero de ti, Mireya Sola, engullendo sin respiro mi pan tostado, nada, por más que un plato vacío dijera lo contrario. Mi madre, en vez de detenerlas, acabó alentando tan extrañas visitas, fuera en plena mañana, durante la tarde, al anochecer y hasta en la madrugada, como la de este reencuentro. “Una vieja metida en casa -protesté yo-. Prefiero mil veces a mi abuela, vamos a buscarla al cementerio”. “No seas hereje –me reprendía mi madre-. Y se dice señora y no vieja. Además, tenemos que ayudarla, como buenos cristianos que somos, porque está muy sola. Ahora pon la mesa que ya vamos a almorzar”. Yo obedecía a regañadientes y procedía de manera descuidada, tirándolo todo sobre el mantel, sin orden ni armonía, importándome más la televisión que el bienestar de los demás. Un parpadeo bastó para que los cubiertos se enderezaran y ocuparan el lugar correcto, junto a los platos, el pan cortado, las servilletas dobladas, la alcuza, la jarra de jugo al medio de la mesa y, lo peor de todo, contigo, Mireya Sola, de pie junto a una silla, sonriendo burlona, simiesca, malintencionada, ganándome la partida. “Mira como Mireya Sola lo hace mejor que tú -dijo mi madre, alentándote a seguir adelante-. Todos en esta casa deberíamos aprender de ella, más eficiente que un mayordomo”. Eso significó que te sentaras con nosotros a la mesa, que engulleras lo servido en tu plato y su repetición, que nos incomodaras con tus modales, miradas indiscretas, delaciones, burlas, intromisiones en los castigos, además de groserías y mala pronunciación cuando te daba por monologar raspando las costras del mantel con las uñas sucias. “Déjenla, no se rían de ella, no es así como yo los he criado”, repetía mi madre cayendo en tu trampa, cegada ante lo evidente: una vieja extraña robando comida, refugio, tranquilidad, programas favoritos de televisión y hasta el aire. Te veo ahora, Mireya Sola, saliendo del umbral de la puerta, avanzando hacia mi cama durante un nuevo ataque de tos, por lo que decido dar un brinco para no acabar ahogado con mi propio miedo, tal como ocurrió el primer día en que me quitaste el pan de la boca, en que huiste y reapareciste, aprovechándote que mi madre te ofrecía lo poco que teníamos.

2 comentarios:

  1. Algo perversa y manipuladora la chiquilla Mireya...

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  2. Droguettiano relato. Muy bueno.

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