21 de octubre de 2015

Una pasión llamada salar

PABLO CINGOLANI -.

Si este libro que tienes en tus manos, te provoca a ir, habrá cumplido uno de sus motivos más profundos. Debes ver el salar –debes ver lo que te mostrarán las fotografías que aquí se presentan- al menos una vez en la vida. Es un lugar común pero aquí recobra el sentido: lo terminarás de entender cuando veas las fotos. Son únicas e irrepetibles, como cada toma. Pero son más únicas y mucho menos irrepetibles por que te develan uno de los sitios del mundo donde, a pesar de todo, la magia de la naturaleza sigue intacta. Si quieres emociones fuertes, vibra con esta obra. Pero si las quieres descarnadas y que impacten en tu sensibilidad para siempre, acude hasta él, camina en su busca: debes verlo. Aunque sea una vez.

Gastón Ugalde es el afiebrado autor de las fotos que verás. Es un artista, en el significado más puro de la palabra. Tiene una conexión simbiótica con el salar, y cada partícula que lo compone, y las piedras y los volcanes que lo rodean, y el cielo que lo espejea y el cosmos que lo abraza y le concede su grandeza sin igual. Conozco a Gastón hace más de tres lustros. Cuando no estábamos juntos recorriendo el salar o cuando él viaja por el mundo a exhibir su talento, siempre lo encontré yendo o viniendo a los lugares que verás en el libro. Para Gastón, el salar es madre y padre a la vez. Su indudable desmesura de espíritu para casi todo encuentra en el salar –un santuario del vacío por excelencia-, una indudable correspondencia anímica y vivencial. Allí todo sucede, allí todo puede suceder, allí todo fue sucediendo aunque para los profanos sólo se trate de sal, de piedras, de viento, de cactus, de cielo. Gastón, apelando al arma fundamental que todo artista genuino atesora, supo hacer de esta ámbito extremo, de estos desiertos gélidos y que a la vez te calcinan, un mundo nuevo, un mundo artístico, un mundo donde el único límite posible era el de la creatividad humana. Un mundo donde la creación del ser se entramó, se anudó, se fundió, con la más maravillosa de las obras jamás concebidas: la naturaleza.

Arte y naturaleza se funden en esta obra. Dentro del entorno de epifanías que promueve el salar, el artista no sólo no sucumbió a su encanto y su belleza (lo cual no sería pecado pero hubiera limitado su genio), sino que supo captarlas y darles vuelo, comprendiendo la genética y la psicología de un lugar que, a simple vista, avasalla como pocos, o como ninguno. La sensibilidad austera y la estética abstracta que atesoran los sitios que verás contrapuntean con un despliegue de símbolos y acciones de arte que no chocan entre sí por más contradictorio que parezca: hay un fondo de trama que huele a sortilegio, que huele a pacto con fuerzas que desconocemos, que huele a entrega total. Todo lo que verás es audaz, es incitante. Todo lo que verás está cargado de fervor. Y alguien dijo que el mejor de los mundos, no era el perfecto, sino aquel que cargara con mayor fervor, con esa distinción que sólo te brinda la pasión. Sin dudas, este salar de Gastón Ugalde es eso: un mundo nuevo y apasionado; un mundo que si ya lo has visto, lo verás renovado, brillante a rabiar y colmado de matices; si no lo has visto, te insisto: no esperes más, ve hacia el salar. En este planeta donde sobra la anestesia, siguen latiendo las verdades potentes, y además jubilosas: toda la sal que verás, todo el arte que la corteja, es una de esas verdades.

Es una tentación para quien escribe, tratar de explicar los detonantes de una pasión. Por lo general, se termina asfixiado en una telaraña. El primer placer, la última imaginación. De nada sirve, tratar de asir lo efímero, lo incoherente, lo pequeño: la esencia de las pasiones. Luego, podrán ser desbordantes e inundarlo todo, pero el que sabe vivir hasta el final de su deseo, sabe que siempre será en lo simple donde estará agazapado lo profundo, para seducirnos, para enloquecernos, para arrebatarnos y brindarnos esa dicha por una existencia plena. Eso te ocurre cuando lo contemplas. Sabes que allí no hay límites, que te pierdes y te mueres: sientes por eso mismo que allí está el principio de todo esto que anoto. Ves el salar y si no te espanta (puede pasar que así sea), sabrás que podrás apasionarte y amar por el resto de tu vida.

El salar es, en suma, un espejo donde mirarnos. Tierra de sal y silencio sideral. Gastón Ugalde nos entrega una obra de vida y una obra debida a su apasionado romance con un lugar insondable pero a la vez entrañable, porque la sustancia que lo alienta es semejante a la que nos nutre como habitantes de este rincón del universo llamado Tierra. Somos uno con el cosmos. El cosmos late dentro de nosotros. La auténtica cosecha de la existencia es intangible como el viento e indescriptible como es toda la sal que verás. Cada vez que amanece y cada vez que va cayendo la noche sucede lo mismo: los matices de lo cotidiano nos desbordan, y allí está Dios y están los dioses, y la alegría de vivir y de sentirlos, caminando con nosotros. No estamos solos; nunca lo estaremos si sabemos abrir nuestro corazón. El artista abre esa puerta y sólo es cuestión de entrar. Así la vida puede volverse tan intensa como atrapar un poco de polvo de estrellas –como describían la arena (o la sal) los Tuaregs del desierto- o tomar en tus manos un pedazo de arco iris. Este libro es un antídoto contra todo lo que niega que el-mundo-tal-y-como-lo-conocemos, no pueda ser un mundo más fascinante, más sentido, más apasionante. Este un libro que, como la vida, tan sólo: vale la pena vivirlo.


Imagen: Salar de Uyuni - Gastón Ugalde

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