29 de noviembre de 2015

Abolición de los faros

PABLO CINGOLANI -.

Una pesadilla. Una marejada. Como el trago que me arranco a tenazas de la boca. No dije nada, ni pensé nada: ahora, recién ahora, lo escribo. Me hace bien. Sé que desperté con una resaca horrible y, a la semana, salía por una puerta tan horrible como mi resaca, y nunca más volví. En estos tiempos donde los dioses sólo producen dolores intelectuales, corrí a tu casa y el trago que me inyectaste fue más espeso que la penicilina. No hay retorno ni punto de apoyo: un puntapié a la cabra que la hizo desbarrancarse por la cornisa que llevo adentro. Deliré. Un oasis de tinta próximo al convento. Los monjes descifraban el itinerario ahistórico del cerebro. Códices de las colonias fenicias abajo del Ecuador. Literatura de los submarinos nazis reflotados. El rumor hecho compás para guitarras en los días previos a Zapata, a Emiliano Zapata. Fabuloso collage: mejor que en el cine. Mi vena distrayéndose en la playa del océano sin orillas y los baños de las pizzerías del centro. Hércules en el zoológico del Bronx, tragando pochoclo como los chicos del colegio. Prometeo encadenado a un computador. Venus y sus felatios de cinco centavos en la esquina más húmeda, la más incierta de nuestra conciencia.


Imagen: http://graficaydibujos.blogspot.cl

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