1 de noviembre de 2015

Bajo el volcán y las almas perdidas

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MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Hace años que en esta fecha suelo leer de manera ritual el capítulo XII de la novela de Lowry, ese en el que se dice que el cónsul bebía inextricablemente con unos espantosos personajes. Eso me ha recordado una noche en Cochabamba que fuimos a comprar hoja de coca en la tranca de Sacaba, un puesto para los camioneros que hacen la ruta de Santa Cruz. Nos las prometíamos muy felices porque esa es buena hoja, necesaria para permanecer despierto la noche entera al volante, cuando de una agujero tapado con matorrales espesos nos salió braceando un tipo risueño con una botella en el bolsillo de la americana al grito de «¡Ramonciiiito, te nos perdiste!». Mi amigo se lo sacó de encima como pudo y comentó asombrado: «¡Con qué gente habré bebido!». Todos los Santos, Todos los Muertos (mañana), rincón este de las Almas Perdidas en esta mañana luminosa, sin cenizas ni tufo a carroña… La abuela que lleva faroles al panteón familiar y los crisantemos amarillos y morados que han estado creciendo en un rincón del jardín… Almas perdidas, cenizas, crisantemos, gladiolos, humo de palo santo, calaveras…

Ayer noche intenté ver la película de John Huston, pero me aburrí. Prefiero las páginas de la novela traducidas por Raúl Ortiz y Ortiz. Este año me han traído el recuerdo de un amigo fallecido este año, Patxi Irigoyen, el Fermín Mugueta de mis novelas -hombre de cine, de la mano de Orson Welles, pelotari profesional (imabatible) en el Colón de Barcelona, escritor secreto de novela negra excitante La sombra del veguero...–  de cuya memoria compartida me han sacado a empujones: recortan las fotos en las que estabas, dan el tajo de la memoria y ya no estás, te has ido, al chirrión de la memoria, por arte de birlibirloque. Escríbelo, crucifica a esos muertitos, recuérdalos, amordázalos con los versos de Luis Cernuda, cuando se dirige a sus paisanos… A cada cual sus recuerdos, cierto. Es hora de ponerlos por escrito. Además, la película de Huston me trajo malos recuerdos del año pasado, en Cochabamba y en la noche helada de La Paz. Por si fuera poco sucede que hace tiempo que dejé de salir al borde del abismo a esperar a ver si pasa mi casa por ahí para meterme en ella, porque ya no sé si llegó a pasar, la casa, con mi propia alma, si me metí dentro, si volví a salir por alguna gatera o si estoy en otra y no me dado cuenta… Un carajo me importa. No estoy para casas ni para excesos de equipaje (digo después de comprar a hurtadillas un saco de libros). Qué casa vas a llevar a cuestas en el camino. Ninguna. Mejor la intemperie, el vagabundaje, De una casa a otra y ninguna es castillo. Danzan las muertes en estos días en que en Bolivia sacan a pasear a las ñatitas presumidas…

Y si he hablado de Patxi Irigoyen no es por asuntos de trago, juvenil y arrebatado, sino porque él me regaló Bajo el volcán, en el otoño de 1973, junto con Oscuro como la tumba donde yace mi amigo y Ultramarina, ahí donde se habla del susurro de las oportunidades perdidas. Ay, Dios mío, qué ingenuidad mirarse en el espejo del cónsul cuando no se han cumplido treinta años. El bellaco de Esteban Fernández, periodista, pijín y esnobazo, escribió que a mí me interesaba Lowry «por devoción alcohólica»… Es curioso, no recuerdo haberle mentado a su madre ni haber bebido en su compañía. Repulsivo. No, Lowry me interesa por otras cosa: por su voluntad de escribir a pesar de los pesares, sobre todo cuando ya sales como él a volar con un ala quebrada, y llevar su infierno a los papeles sin darse cuenta de que el infierno acaba tragándote, como lo hace El Farolito del cuento y su abismo.

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Altarcito de yatiri, en El Alto, apoyado en dos ñatitas milagrosas con su chullo y sus algodones taponando la cuenca de los ojos y la nariz, bien servidas las dos de hojas de coca y una con una carta en la boca… almas perdidas, almas que regresan por unos días y que hay que acoger con mimo para que no alboroten ni critiquen… otra historia. Perder el alma, mal asunto, de peor arreglo, como te descuides no regresa.

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