22 de noviembre de 2015

El bololó


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Usted se lo habrá preguntado.
¿La tormenta exterior permitirá reconocer los anuncios del interior?
¿Todavía sucede algo en la intimidad que la mística Teresa llama moradas?
¿Somos apenas el saco vacío donde caen, sin llenarlo, los desperdicios del mundo?

¡Si alguien lo supiera!

A veces quedan las preguntas. Se desgranan sin la ansiedad de las respuestas. Apenas la vana constancia de aquel hombre que de repente se da cuenta que ha quedado solo y camina por calles de vacío difuso, lo golpea la niebla del amanecer, los olores casi sólidos y lo acompañan los restos del escocés que bebió antes, acompañado. Una estrella lejana se compadece.

Extrañas tormentas donde hay truenos de diversa intensidad, relámpagos de acetileno y de fósforos, mescolanza de huracanes y vientos débiles. Todo parece una antigua venganza para la cual se unen la estúpida insensatez humana y el reclamo de la naturaleza abusada.

Día tras día la misma triste, vulgar, aburrida cantilena.

Usted ha sido invadido por ella. Irremediable rosario de repetidas cuentas.

¿Se comprenderá algo? O nada tiene ya posibilidad de comprensión y náufragos del desmadre nos aceptamos sin orillas arrastrados por la corriente de basuras, porquerías, palabras muertas.

Norte de brújula rota damos vuelta para fundar otro círculo del infierno. ¿O apenas queda este cielo oscuro? ¿Este remolino sin destino que gira hacia la nada?

Matar en nombre de un dios, convertidos en su espada, sin ninguna consagración distinta a la voluntariosa arbitrariedad humana. Lo hacen unos.

Otros condenan como blasfemia el crimen.

Desde la teología criminal hasta el minúsculo sobreaguar cotidiano que algunos llaman vida, del trueno al sonajero, se extravía la razón. Tampoco sirve ya. Lo que ocurre no es demencia. Lo que nos rescatará no es la vieja razón que ya produjo los monstruos al meterse en el sueño.

Una mañana el mar devuelve cadáveres de niños. El vino de la conversación es interrumpido por el imperceptible suspiro de mi contertulio que se desliza, muerto, de la silla. De las nubes caen aguaceros desconocidos, bombas y bombas que inventan un paisaje del desierto en ruinas y hace de la muerte una anónima suma de dolor sin nombre. ¿Es esto tragedia? A su lado los delitos municipales: trapisondas de sexo sin seducción y de escenografía inadecuada; robos de sumas que destrozan la concepción del delito; Roma en llamas y ningún suicidio.

Será que a cada muerto, a cada desgracia, a cada despojo, a cada tiro, a cada puñalada, a cada traición, le dedicamos un minuto de silencio. Y los sumamos todos. Y callamos por una semana las máquinas, la radio, la televisión, los móviles, las admoniciones, los discursos, y nos predisponemos a conocer el silencio.

Usted lo habrá pensado. Un poco de silencio para oírme.

Silencio para callarnos, dejar de cacarear y cantar otra vez.

Cierto Bach.

2 comentarios:

  1. Tenemos más preguntas que respuestas en nuestras cabezas y por eso estalla. Es un quilombo.

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