6 de noviembre de 2015

¿Por qué nadie me cree cuando escribo ficción? (3)

PABLO CINGOLANI -.

Tomé LSD uno, dos, tres años, como los vietnams que quería el Che. La culpa de todo la tuvo Mariana. Ella era alguien que venía del futuro. Fue mi introductora y proveedora de ácido lisérgico.
Hay gente que viene del pasado (yo) y hay gente que viene del futuro (Mariana). Hay gente que viene del pasado y viene del futuro (David Bowie). Hay gente que viene del futuro y viene del pasado (Mark Twain). Hay gente que no viene de ningún lado.
Yo vengo del pasado. No conjeturo: fui soldado de Alejandro, del Kan, de Artigas, de Garibaldi, de Felipe Varela. Tomé demasiados vinos con Baudelaire y subí al Aconcagua con Perón, cuando era teniente.
Mariana había nacido en un pueblo de mierda, perdido en la distancia y el olvido. Mariana pudo habitar una novela de Soriano pero ella se escapó y empezó a morar en el más allá, en el porvenir, en eso que, a veces, definimos como esperanza. Agarró una mochila, se zampó tres botellas de ginebra al hilo, dejó en el olvido y la distancia al pueblo de mierda y se despertó en Ámsterdam. Se despertó en el futuro.
Desde allí, vino a mi vida. Desde el futuro, por carta –Piglia, en Respiración artificial, dice algo así: toda correspondencia es una apuesta al futuro- me mandaba aciditos desde Holanda, sobres y estampillas franqueadas desde el país de Ana Frank, postales de los putos canales neerlandeses, postales de los amarillos del héroe estético de los países bajos, barnizadas, pintadas de LSD. De Holanda a tu boca: flash!
Mariana vivía en el futuro. Ella escuchaba a The Cure; yo, desde el pasado, escuchaba a Pappo´s Blues.
Han pasado tres décadas, treinta determinantes años. Y a pesar de todo, a veces, de vez en cuando, nos comunicamos por correo electrónico. Y como siempre: yo, desde el pasado. Ella, desde el futuro.

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