10 de noviembre de 2015

Triángulo isósceles

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Los puristas de la mentira execrarían este detalle, pero, ayer, cansado de manejar el auto por horas, paré en un Burger King y comí una hamburguesa doble, con tocino y queso, y un apanado picante de pollo. Obvié lo obvio, el daño ecológico, el engaño, la masificación del consumo a costo suicida. Lo hice, y a veces lo hago, porque, a qué negar, las hamburguesas son muy ricas, incluida la mía, mi receta, que se vende en un café cochabambino, y que tiene más de kefté turco que de BK.

A mi lado había una corona colorida en cartón, de esas que regalan a los niños. Por la puerta trasera salía una familia negra; el niño llevaba una corona similar y parecía un rey de Burkina Faso en jeans. Príncipe del Alto Volta…

El sol de montaña descascaraba el Accord verde. Este es un color que no aguanta el sol. Por todo lado se ven vehículos despintados, tiñosos, mientras se queman zarzas y chaparrales anunciando otro año de incendios forestales.

Acaban de inaugurar, en la esquina de Mississippi y Peoria (nombres indios ambos), un gigantesco supermercado asiático, del Pacífico. El olor a pescado elude las paredes y se sitúa casi como barrera varios metros antes de la entrada. Asiático aunque debiésemos decir chino. Sin embargo hay comida coreana, ropa interior coreana y pho vietnamita, sustanciosas sopas con fideos de arroz. Entré a mirar. Monumento al desastre ambiental este, también. El gigante asiático, o los, si incluimos Japón, destrozan el mundo para comérselo. Nada que no coma un chino, nada, así sea decirlo un statement racista… Recurro al Martín Fierro: todo bicho que camina va a parar al asador…

Mi ánimo de cocinero impenitente, aficionado pero bastante ducho, pudo más y penetré el arcano del capitalismo oriental. Toda clase de peces muertos, en cantidades industriales para satisfacer la gula de un público hambriento, no necesariamente ávido de investigar otras manifestaciones culturales, incluida la comida, fuera de la suya propia. Solo hambre.

Anchoas secas, qué rico, completas con cabeza y ojos (así se comían boquerones en el Prado de la Paz, antes de extinguirlos). Para comerlas saladas con cerveza mientras se hace un alto en la lectura del patio soleado. Deambulé entre anaqueles, entre pescados negros, por ahumados, que supe eran bagres rusos. Se miraban mal pero sabrían bien. Como la vida. Algo había que comprar y decidí escogerlo entre la muchedumbre del sector internacional. Dejé los peces gato, los peces comedores de hombres de acuerdo a River Monsters, y seguí.

Galletas de mantequilla de Croacia cubiertas de chocolate. Cúrcuma que he buscado y solo a veces encuentro en mercados mexicanos y que utilizo para frotar aves o puerco antes de hornearlos. Esta era cúrcuma del Oriente Medio, polvo de planta maravillosa que no hay que confundir con el jengibre a pesar del parentesco. La inscripción en árabe diría de qué país. Supuse del Líbano porque cerca había mermeladas de higo y membrillo libaneses que están en mente para una siguiente visita.

Caracteres hebreos, griegos, el extraordinario color de una salsa macedonia (la mítica ajvar) para la que imagino poderosos destinos gastronómicos, hecha de chiles picantes y berenjena, popular en Macedonia, Bulgaria, Rusia, según lo mostraban los envases de tales países. Grosellas negras en conserva, rusas. Pero me decidí por otra fruta, lituana, una baya que en inglés se llama lingonberry (no hay traducción al español) y que son como arándanos pequeños que crecen en la tundra y en la floresta boreal, de matas enanas. Para qué, con cucharilla y apenas un trozo de pan francés vacié la mitad del contenido. Dulces y ácidas, elementales en la cocina escandinava, según investigo.

Croacia, Líbano, Lituania, un viaje que me gustaría realizar, un triángulo isósceles de magnificencia y sabor. Zagreb y Dubrovnik; Beirut; Vilna y Kaunas, a mi vicio me llamaron, a meter la cabeza en las profundas penumbras de la historia y la cultura. Y eso por decir los grandes nombres, amén de inmiscuirme en las ratoneras a las cuales la propaganda no da espacio y que es donde se agita la vida, se cuece la imaginación.

No merodeé el lugar entero. Salí satisfecho con mi cargamento de sueños. Al salir, horribles gatos dorados, de esos de la suerte, me despedían agitando una pata. La tienda con calzones coreanos estaba cerrada y oscura, pero percibí unos diseños de mal gusto que aterran mi prurito occidental.

Crucé el parqueo. Cerca estaba un lugar de masaje oriental. Algo más allá una tienda chihuahuense que tenía, mal escrita, la palabra MICELÁNEA encima. Misceláneas, eso era lo que llevaba en bolsa y esa mi vida.


14/04/15
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Publicado en OH (Los Tiempos/Cochabamba), 03/05/2015

Fotografía: Preparando ajvar

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