17 de diciembre de 2015

Por todas las piedras de los Andes


PABLO CINGOLANI -.

Fito Páez acababa de pasar, uno como Fito Páez, joven, con el mismo pelo revuelto y la mugre de los días cuando grabó Giros y la rompió. Lo vi cruzar caminando y sin guitarra desde mi silla, sentado a la mesa donde una camarera -joven, guapa, peruana-, depositó dos copas rebosantes de pisco sour.

2x1 decía el cartel que me imantó a la entrada del callejón donde se encuentra el bar, con mesitas de vidrio y hierro forjado en la calle de piedra, donde estoy escribiendo y desde donde veo que acaba de pasar Demi Moore, una como Demi Moore, joven, blanca, radiante, como si nunca el tiempo se hubiera asomado a su piel, a su rostro, a sus manos. Le devuelvo uno de los piscos a la moza –joven, sonriente, cuzqueña- y le pido que lo guarde en la heladera.

—Cuando termine éste- le digo señalando el pisco sour numero 1- por favor me traes el otro, ¿sí?

—Claro—me contesta. —Le traje los dos piscos porque pensé que estaba acompañado…

¿Y si la invito a Julia Roberts a tomar el pisco sour numero 2 conmigo?, pienso fugazmente mientras la veo pasar a Julia Roberts, a una como Julia Roberts, joven, desafiante, desaliñada, parecida a la actriz que interpretó a Erin Brockovich, por la bocacalle del pasaje de los Tocuyeros, que es donde se encuentra el bar donde estoy sentado, en el Cusco.

—No, mejor llévatelo – Julia Roberts había desaparecido-, se va a malograr si lo dejás aquí…

En la hora en que mueren los periódicos y se convierten en basura nocturna,
en la hora en que un perro con su galleta entre los dientes
se detiene y vigila suspicaz cada uno de mis pasos,
en la hora en que resucitan todos los instintos bajos,
los instintos que se esconden hipócritamente durante el día,
en la hora en que los taxistas
me gritan: “Eh, gringo,
¿quieres una peruanita? Es chocolate caliente”,
en la hora en que el correo duerme
y sólo el corazón del telégrafo palpita,
en la hora en que un campesino envuelto en su poncho
cabecea apoyado en la estatua del héroe,
desconocido para él,
en la hora en que las prostitutas y las musas
se quitan el maquillaje de sus rostros,
en la hora en que pudieran estar casi listos los titulares de mañana:
“Ha estallado la Tercera Guerra Mundial”,
en la hora en que todo está visible e invisible,
no vengo de casa de alguien, ni voy a casa de nadie,
paseo cansado, solitario como un perro vagabundo,
por las calles parecidas a cementerios de noticias.



El lugar se llama “tika” (flor en quechua) y es bar y es restaurante gourmet y es hotel y es cómo que llama la atención porque está al fondo del callejón que te dije, que es muy blanco, muy colonial, muy ornamentado con unos cactus muy altos, y más ornado y honrado por ese cartel: 2x1 PISCO SOUR Enjoy it! No lo dudé, vi luz, subí.

El lugar está ubicado estratégicamente: a medio camino entre la plaza principal del Cusco –donde lo ajusticiaron a Túpac Amaru frente a medio millón de indios silenciosos y desencajados- y la plazoleta de San Blas, donde se eleva la iglesia del mismo santo y donde Vera me cuenta que antes había un templo dedicado a Illapa, al Rayo andino, y donde además se cuenta que estuvo descansando el cuerpo sin vida de Pachacutec.

Vera es Vera Tyuleneva, historiadora, arqueóloga y amiga, y que vive por ahí, a media cuadra de la plazuela del santo Blas, al lado de otro restaurante, uno vegano de unos chicos macanudos que preparan un pan con romero riquísimo y un día me prestaron el teléfono y me salvaron la vida, o casi.

Pachacutec es Pachacutec. El más grande. El más sabio. El más amado. Pachacutec es Pachacutec. Hay un monumento tremendo en su memoria, colocado encima de una pukara escultórica que, a pesar de sus dimensiones colosales, se pierde un poco en medio del trafago urbano. Sin embargo, la estatua de Pachacutec se yergue en un lugar medular: tanto si vienes en avión o llegas al Cusco por bus, vengan desde donde vengan los dos millones y medio de turistas que arriban a la antigua capital tawantinsuyana, se topan con la mole que está allí, muda y con los ojos y los brazos siempre abiertos en dirección al este, por donde sale Inti, el dios de dioses de los Inkas, el sol que nos ilumina, allá arriba.

Tomo nota de todo esto mientras sorbeo mi pisco. Por la bocacalle, pasa Mariska Hargitay, la Olivia Benson de la tele, la detective de la U.V.E. de Nueva York, pasa una como la Mariska, tan húngara, tan recia y tan potente como la estatua de Pachacutec.

La calle está cubierta de salivazos y cáscaras de naranjas,
la calle huele a orines como el baño de un estadio.
Pero párate y mira:
algo vivo conserva su forma humana
bajo la manta hecha de los periódicos muertos,
por aquí frente a una tienda de suvenires,
sin culpar a nadie por nada,
una vieja indígena ha hecho para sí misma un poncho,
poncho de las sensaciones del día anterior.



El día anterior, con mi amigo Abraham Cuellar y nuestra pequeña Joni Mitchell (una real, no la del poema) anduvimos conversando y bebiendo bastante cerveza en Puerto Maldonado, mientras diluviaba o el termómetro trepaba sin clemencia hasta los 38 grados en ese rincón de la selva sur del Perú. Ella era estudiante de historia, preparaba su tesis sobre los soldados da borracha,[1] venía de Indiana y sus padres eran el ingrediente ideal para seguir componiendo esta historia: hippies profundos, fueron parte de esa tribu nómade y mutante que seguía a Jerry García y los Grateful Dead por todo el territorio de los USA en esos años gloriosos donde se consumían hongos como cerveza y una buena tripa con otro buen sorbo de Jim Bean. La chica, racionalista al fin y al cabo, me pasó un dato conmovedor: sus progenitores habían caravaneado, saltado, fumado y asistido a un aproximado de 250 conciertos de la banda más psicodélica de toda la historia del rock and roll, al sur y al norte del río Madre de Dios, que veíamos desde la veranda del bar (“El Buzo”, se llamaba) donde gastamos un mediodía, una tarde y un crepúsculo imponente de selva tropical húmeda de nuestras vidas. De sorbo a sorbo, pensaba en eso, mientras le empujaba mi pisco sour número 2, cuando apareció Vilma. A lo lejos, vi que pasaba Harry Potter, uno como Harry Potter. Hay muchos como Harry Potter que vagan por el Cusco.

La india se vio envuelta en los escándalos e intrigas,
en los sobornos, partidos de futbol, las lagrimas de Beirut,
bajo las famosas piernas de las modelas inglesas
aparecen sus pies descalzos
autos de lujo, submarinos, cohetes.
la aplastaron contra el asfalto,
carreras de caballos, yates, strip-teases, banquetes,
todo eso agobió la espalda de la campesina.
Y la llama blanca desde la vitrina
esta viendo con dolor mudo
como en el pecho de esta vieja
aparece la sangre humeante
de El Salvador.



El varayoc era la autoridad, el jefe, el mandón (el jilacata en aymara) de las comunidades quechuas de la sierra peruana. Varayoc es el “que tiene la vara”, el bastón de mando, símbolo de su poder y de jerarquía dentro y desde el tiempo de los señores Incas.

Chinchero era una propiedad real, divina, una hacienda del Inca Yupanqui, y hoy es un pueblo de los alrededores del Cusco, en la ruta que va hacia Pisac, hacia el Valle Sagrado y hacia lo que ya se imaginan. Antes y ahora, Chinchero fue cuna de artesanos y artesanas muy renombrados, tejedores y ceramistas. Vilma Quispe era una de ellas.

El varayoc de Chinchero es un cuadro muy famoso, de una época que ya se fue: cuando, por ejemplo, Mariátegui escribió sus siete ensayos y el célebre Sabogal, pintor entre pintores del Perú, creó su no menos celebrada obra, símbolo de un Perú que quería ser Perú y no una colonia entregada a los pulpos y a las hienas del mercado.

En medio de este mercado mundial sin vergüenza,
ella misma se ve como una llama perseguida,
esta inca anciana, la madre sufrida de la humanidad,
está doblada por las falsedades,
está aplastada por el tatuaje de los titulares
pero parece una escultura,
la escultura de la verdad bajo un montón de mentiras.



Diminuta, ¿frágil?, más parecida a una muchachita que a la mujer de treinta años (y madre soltera de un niño de ocho) que en realidad era, Vilma encaró por el callejón, directo hacia mi mesa. Cuando estuvimos frente a frente, tomó aire y no dijo nada, menos que menos dijo ese tan obvio cómprame, no dijo nada. Fui yo quien habló:

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?—La veía extraña.

—Estoy cansada—respondió con una voz de honduras indescifrables, al menos por el momento.

—Si estás cansada, ¿qué esperas? Siéntate…

En la otra mesa, una pareja de franceses que tomaba Coca Cola –tal cual y puedo probarlo-, advertí cómo se sorprendieron por la escena. Luego, se molestarían más aún cuando yo mismo intenté venderles una de las artesanías de Vilma. Vilma se sentó.

—He caminado desde la mañana y no he vendido nada…

—Uy, qué pena, pero sabé una cosa: yo no pienso comprarte nada…

Me clavó unos ojos de vicuña acorralada y empezó a mostrarme y colocar sobre la mesa sus tallados en calabaza, hermosos, brillantes, laboriosos. Tenía unas rupias que había recibido por haber participado en un seminario internacional de historia que se había montado en el ya celebrado Puerto Maldonado, y podía gastarlos, pero no de esa manera.

—¿No quieres comer algo?

¡Oh, llama blanca de la vitrina!
Apriétate a su pecho cansado,
libérala de esta basura dorada
y llévatela a su Sierra Negra natal.



El menú gourmet del Tika incluía trucha ahumada con alcaparras y queso crema, jamón crudo (en el Cusco, le dicen prosciutto, como en Italia) “con sus quesos y frutos secos”, o lo más simple que podías hallar en la carta: huevos fritos ¡con cebollas caramelizadas y queso azul! Hambre, Vilma, no tenía y menos de pollo thai. Decidí cambiar de estrategia: peruanizarme. Fue así:

—¡Pero no quieres nada, pe!—El “pe” es la clave. Es como el “che” argentino o el “ta” uruguayo. Son los signos distintivos de un idioma común (impuesto pero común), de una identidad común (compleja pero común), que nos une al sur y al norte de los Andes, y que hermanan, esos gestos hermanan, te lo aseguro, más cuando llevo diez años yendo y viniendo por el Perú, armando movidas para fortalecer lo mismo: nuestro hermanamiento. A Vilma, le brillaron sus ojos de montaña y cocha: estaba frente a un “pata”, como dicen allá, frente a un amigo. Robert Plant, uno como Robert Plant, joven, electrizado, electrizante, como cuando era el vocalista de Led Zeppelin e inspiraba al mundo, pasó por ahí, de subida hacia la plazoleta de San Blas.

Yo, representante de un estado tan poderoso,
inclino silencioso mi cabeza como un niño perdido
frente a este rostro sufrido,
este rostro cobrizo con trincheras de arrugas.
Dentro de esta vieja se esconde salvajemente
respirando en secreto,
el estado más poderoso del mundo:
el alma humana.
“¿Quieres una peruanita, gringo?”
Los taxistas me silban de nuevo,
pero yo me quedo inmóvil, casi petrificado,
yo no puedo explicar a los taxistas
que ya he encontrado a mi peruana.[2]


No hace falta GPS, sólo mirar el piso. Allí, debajo, en uno de los costados de la plaza donde lo martirizaron a José Gabriel y se ubica la catedral del Cusco, hay una señal, hecha en bronce, que marca el este geográfico y donde está escrito: ANTISUYO.

Antisuyo significa muchas cosas que prefiero contar en una nota al pie de página.[3] La cosa es que el Tika, San Blas, el sepulcro de Pachacutec, la casa de Vera, mi encuentro con Vilma, todo sucedía ahí: en el Antisuyo.

Por ahí también andaban y pasaban los Fito Páez, las Demi Moore, las Mariskas y los Harry Potter que pululan por el Cusco, y la gente misma del Cusco, con poncho o sin poncho, a lo Evtushenko… escribí en la mesa del bar, transcribo de mi bitácora de tapas verdes:

Pasa Janis Joplin
Pasa una como Janis Joplin
Pasa Sartre, pasa uno como Sartre
Pero sin Simone de Beauvoir
Pasa Sartre del brazo de una peruana…[4]
Pasa Gargiulo
Pasa uno como mi amigo Gargiulo
Y Cusco, de pronto, se vuelve San Telmo
Pasan peruanos
Visten de gris, marrón, pasan de luto, pasan de negro
Pasan los guías peruanos
Y sus chalecos North Face y sus camperas Columbia
Pasan todos, no pasa nada
No pasa nadie, pasa de todo…



Le empujo, frenético, a una cerveza que reemplazó a mi pisco sour numero 2, admiró a los cactus tan altos y tan centinelas del callejón Tocuyeros y sigo ensoñado, sigo escribiendo, mientras por los parlantes del Tika suena Norah Jones, mejor que cien mil prozac juntos:

Calle abajo están las piedras
Y Ernestito escuchándolas[5]
Y un indio, como Inca, trucho
Sacándose fotos con los japoneses…


Al fondo, está el cartel que dice: 2x1 PISCO SOUR, take a break! Pague aquí con Visa. Al fondo, aparece Vilma.

Pasa el sol, se va
Vuelve a pasar
Pasan todos con sus I phones
Pasan hablando con el aire
¿Hablarán con la historia?

Revuelvo en mi mochila y encuentro algo útil para cambalachear con una de las calabazas de Vilma: un ejemplar de mi libro Nación Culebra. Lo llevo hasta sus manos y le muestro la contratapa donde aparezco en una foto con Oscar, el indio yuqui de la Amazonía de Bolivia, mi entrañable Cazador Americano, mi hermano. Agrego, bastante obvio:

—Mirá, pe. Allí estoy yo. Es un libro mío, ¿ves? Hagamos trueque, te lo cambio…

Ella mira la foto, me mira, asiente, comprueba, sigue: hojea el libro, busca mi nombre, lo pronuncia con su voz de honduras insondables: sucede eso que mi amigo Jorge Lucero Villalba define como magia, sucede algo que puede definirse como magia pero que también es algo real, bien real, y está sucediendo. Vilma afirma, de una vez:

—Vale, pe—toma aire y agrega: pero dame algo para mi pasaje, porque me tengo que volver a Chinchero y no he vendido nada…—luego concluye con algo maravilloso, algo que puede ser el final de la magia o el principio de la realidad, o la vida misma o vaya a saber uno qué cosa y dice algo así, tan intenso:

—Tengo que irme para prepararle la comida a mi hijo. Hoy no llevo dinero pero le llevo un libro…

Entonces, como arrebatado por un sentimiento inconfundible de gratitud y confianza en la condición humana y porque ella me recuerda a ella, a Amanda Huaita, le pido me preste el libro –ya era suyo-, abro sus páginas y enfoco en el poema que se titula con el nombre de la mujer líder de las mujeres cocaleras de la provincia Sandia, y le leo:


Amanda Huaita

¿Cómo será renacer, Amanda Huaita?
¿Cómo será el pachakuti, querida Amanda?
¿Habrá pachakuti, habrá renacer, hermana?


Algún día, Vilma Quispe, Vilma de Chinchero, escribiré un poema sólo para vos. Te lo prometo por todos los pisco sour 2x1 que pueda tomarme y te lo prometo por algo mejor y por lo mejor del mundo: por todas las piedras de los Andes.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 27 de noviembre de 2015



[1] Los soldados del caucho, campesinos reclutados a la fuerza por el gobierno de Brasil, a instancias del norteamericano, y que fueron transportados a la selva para cubrir el déficit de esa materia prima durante la segunda guerra mundial, cuando las plantaciones del extremo oriente cayeron en manos de los japoneses. Los campesinos fueron estafados y la mayoría, no pudo regresar a sus lugares de origen y muchos murieron por enfermedades o por tristeza.
[2] Evgueni Evtushenko: Mi peruana. Poema escrito en español por el autor para el suplemento literario del periódico La Nación, Buenos Aires, Argentina, 1984. La referencia a la tercera guerra mundial se volvió profética y (casi) sincrónica: cuando escribía este texto, París acababa de arder por los ataques de los yihadistas.
[3] Antisuyo es la ciudad perdida, es el Paititi, Eldorado, Manoa, Enín, son las amazonas, es el Amazonas, son el deseo y el temblor del deseo, son la codicia y la perdición por la codicia, es la selva, es el infinito de la selva, es el agua, son los ríos, los ríos más poderosos, las flores más poderosas aún, son los chunchos, son los indios de la selva, es Lope de Aguirre y Ursúa y doña Inés y es Fawcett y Walter Raleigh, es el jaguar, la coca, las serpientes anacondas, son los peces y los insectos más bellos del mundo, es el fin del mundo, es un nuevo mundo, es el nuevo mundo, otro mundo, un mundo diferente pero que está en este mundo, nuestro único mundo.
[4] Aquí fue cuando me acordé del poema de E.E que transcribo y que siempre le prometí enviar a Claudio Ferrufino, y que nunca le envié, por flojera nomás de transcribirlo. Valga este texto para cumplir con lo prometido.
[5] José María Arguedas: Los ríos profundos

1 comentario:

  1. Magistral, emotivo. Cómo no quererte, Pablo, hermano. Abrazos de profunda admiración.

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