15 de diciembre de 2015

Tan cerca y tan lejos

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Franz Kafka, señor de pesadillas y de amores indecisos, no imaginó que Gregorio Samsa o José K, soñaran la evolución de castillos, oficinas, corredores infinitos. Invención del absurdo y la desesperanza humanas parecían un anticipo del infierno, territorio ajeno en el cual ninguna acción o propósito podía culminar. Parecía una anticipación de la sombra metafísica de la oficina. Ese lugar donde las preguntas y peticiones están condenadas a dar vueltas por siempre.

Hoy, un número de personas, rechazadas de las oficina de Kafka y Bartebly, decidieron cargar ellos mismos la oficina. Ser el injerto de humano y despacho.

Sucede sin aviso: Usted se ve rodeado por oficinas donde no ha pedido turnos, ni tiene asuntos pendientes, ni sabe el horario de atención al público. Al público esa nominación que omite el sexo, el color de los ojos, la sonrisa de la señora o la elegancia del señor. El público, masa amorfa al otro lado que hay que regañar, o seducir si de vender se trata. A quién no se le pregunta: ¿me dice su nombre, por favor? No. Se le dice: me recuerda su nombre. Y uno se confunde halagado, ¿desde cuándo tengo un lugar en los sueños de este oficinista?

Entonces, rodeado.

Suponga Usted que llegó al aeropuerto. Se salvó de los imprevistos del tráfico. Su hora de vuelo, número de silla y destino, están correctos. No perdió la cédula de ciudadano. Busca un lugar discreto en un café de la sala de embarque. Pide el primer café del día. Deja vagar sus pensamientos sin deliberación. Se pone a leer un periódico o un libro. Anota una líneas en su libreta de viaje. Y algo comienza a perturbarlo. Respira, se estira en la silla, examina su taza del café y no tiene alucinógenos. No sabe porque la rara invasión, el quiebre de su tranquilidad, le producen imágenes de explicación. Un chorro de avispas entra por las rejillas del aire. Bandadas de maría mulatas avanzan por el piso alborotadas por el brillo de los ojos de los pasajeros. Usted no se atreve a mirar y se refugia en su lectura o en su vacío. Queda atento.

Al rato distingue palabras. Los rieles no están en el puerto. Falta una cotización. El dólar subió. Ellos se encargan del transporte. Revisa en el archivo la oferta.

Entonces mira con disimulo y se da cuenta de las personas que dictan, piden, con un teléfono móvil y gesticulan al aire, se ponen de pies, dan vueltas como trompos. Curiosa excitación la que producen los negocios.

¿Se acerca la época en que haremos el amor por el móvil?

En la multitud de murmullos Usted ve un hombre y una mujer. No se miran. Prefieren verse en la pantalla del teléfono. Fotos actuales o álbum. La mujer es la operadora. El hombre hace esfuerzos por llamar la atención de la mujer, despegar sus ojos de la pantalla, obtener el regalo de una mirada para él, directa, sugestiva. Una compasión retardada la hace levantar la cabeza y le regala una sonrisa de desconocida.


Ilustración: Jean Jullien

1 comentario:

  1. Y esto no ha hecho más que empezar, querido Jorge.
    Estupenda reflexión.

    ResponderEliminar

*