27 de enero de 2016

Libros de montañas

PABLO CINGOLANI -.

Mi amigo Hugo Berríos es entrañable. Él, que es un amador de las montañas, ha puesto en mis manos un libro que el mismo, con todo ese amor que le tiene a los cerros, ha escrito en homenaje y recuerdo a otro amante (extremo) de las cordilleras y los abismos: Hans Erlt.
Uno que, como Hugo y como Hans, ama las montañas, sin condiciones, de puro amarlas, no puede sino agradecer que eso suceda, más allá del destino que esas páginas tengan –si se editan o no, a eso tan prosaico me refiero- ya que el simple hecho de haberlas escrito, el simple hecho de escribir a las montañas, escribir sus historias, eso ya, en sí mismo, es lo revelador, lo inolvidable, lo que vuelve trascendente y amable la cosa.
¿Qué cosa, pues, dirán? Pues, eso mismo: manifestar, a través de una de las expresiones más humanas, escribir, ese amor innegociable que se tiene por las montañas. Puse entre paréntesis lo de extremo: ahora, me reafirmo. No hay amor por las montañas que no sea así: no hay un amor por las montañas que no sea un sentimiento límite, vertical, inabarcable. El amor por las montañas es excluyente, es extremo, o no es amor.
Entonces, sucede esto, este texto, que es, en el fondo, una celebración íntima: es una fiesta entre adoradores de las montañas, es una cuestión muy particular entre los que sentimos –como Hugo, como Hans, como Alan Mesili, que acaba de editar otro libro, un libro hermoso con fotos de las montañas en blanco y negro - que nada se compara a una montaña, nada se compara a su presencia (Jaime Sáenz dixit, otro amador), nada se compara a la imponencia, a la serenidad, a la majestad con la cual vibran y lucen, nada se compara a la sensibilidad que una montaña atesora y que es, nada más ni nada menos, que toda esa sensibilidad del mundo que, motivos no importan aquí, quieren que esté lejos de vos, quieren que no la sientas.
Porque, me corrijo: la fiesta es de todos; porque, muchacho, dime: ¿en qué mundo vivimos que ha olvidado que las montañas, cada montaña, todas las montañas, son sagradas? Yo no lo sé y me importa un carajo ese mundo porque mi mundo es un mundo de montañas y no pudiese concebir vivir y vivirlo si ellas, las montañas, no existiesen. No existiesen las montañas en el mundo pero peor: si las montañas no existiesen y no significasen, en mi mundo, lo más profundo y lo más dichoso que puede poblar nuestra existencia, mi existencia, dura y difícil, como cualquiera de las vidas, de cualquier hombre, de cada hombre, de todos los hombres, como diría Drummond de Andrade.
To be a rock and not to fall, clama el epígrafe del libro de Hugo Berríos sobre el gran Hans Erlt. Ser una roca y no caer, traduzco libremente, esta sentencia que es de Led Zeppelin (aullada en ese himno propiciatorio que es Escalera al cielo) pero que también es la de todos, la de todos los que amamos las montañas, y los libros de montañas, y cada roca, cada piedra, cada precipicio, cada destello de luz que se cuela entre las cumbres, cada cumbre.
Vivimos entre montañas. Amémoslo, a cada momento, celebrémoslo como si cada día fuera una bendición. Porque lo es.
Míralas, mira a las montañas, apaga la tele: las montañas son reales. El daño retroalimenta al daño, la virtud convoca a más virtud. Todo el temor que causan los medios, toda esa estupidez manipulada, puedes curarla con toda la gracia que está elevándose, seduciéndote, frente a vos.
Gracias a Dios y a los Apus las montañas nos rodean, las montañas nos cortejan y agasajan y gracias, Hugo, muchas gracias, por un libro como en el que te empeñaste.
No es un libro más: es un libro de montañas, un libro sobre un amante de las montañas, y cada libro que guarde dentro de sí algo de esa memoria, la memoria de las montañas, la memoria sobre la sensibilidad humana y las montañas, es una joya, es un tesoro.
Las montañas cargan sobre sí ese mito. Dicen que atesoran riquezas. Yo les digo: no hay mayor tesoro que descubrir que las montañas son el tesoro en sí mismo y que amarlas, es la mayor recompensa que la vida pueda brindarnos. El tesoro está allí, el tesoro está aquí. Muévete, abre los ojos, estira tu mano, contémplalas, camínalas, tócalas: Son la poesía oculta del universo, todo está allí: son las montañas que te rodean. Son tu piel, son tus ojos, son tus manos. Toda la paz, toda la bondad, está allí, está aquí: descubre su alegría, descubre la pasión que hay en cada montaña, descubre su fortaleza. Cuando lo hagas, veras que era la misma fuerza que estaba dentro tuyo. Ese es el milagro. Ese es el tesoro.

Fotografía: Angel Yujra

1 comentario:

  1. Si, amar las montanas, ahora oh nunca, talvez sea la ultima vez que las veamos...Tirans semills de edificios y nacen cuatro cinco a sus pies y hacia su cumbre...
    Muere su vegetación nativa, sus animales originales de esa zona, desaparecen oh termina adornando la el comedor antesala de los nuevos habitantes..,
    Ahora oh nunca !!!

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