19 de enero de 2016

Somos materia

PABLO CEREZAL -.

Nueva Delhi, 15 de febrero de 2006. Aunque, ahora que lo pienso, no sé si ocurrió en Jaisalmer. Pudo ser en Jaipur. Sí, quizá en Jaipur. A Jaisalmer no llegué nunca, ya había visto demasiados dromedarios en el Sahara, no era preciso devorar otros cientos de kilómetros y horas para llegarse a Jaisalmer. Así que debió ser en Jaipur, o en Nueva Delhi, maldita memoria, cualquiera confía en la fecha que he consignado al inicio del párrafo, olvídenlo, déjenlo, lo mismo es todo mentira, aunque el 15 de febrero de 2006 me encontrase en un oscuro tugurio de Nueva Delhi comprando güisqui indio de ínfima calidad para poder consumirme la memoria de un infecto trago e intentar olvidar el masaje que me acababan de regalar manos diestras y murmullos de silencio y sándalo, en la India… Nueva Delhi, Jaipur… Jaisalmer seguro que no. El vello de mi piel, escaso en muchas zonas, extremo y rebelde en otras, permaneció apelmazado en islotes que diversas oleadas de aceite habían fermentado en determinados puntos de mi geografía corporal, hasta que el tsunami insalubre de aquel güisqui fermentado con melazas y otros productos cuya procedencia prefiero ignorar recorrió mi interior para agitarme lo externo.

Consumimos la botella completa, en compañía de Ravi, al calor de una hoguera, entre los escombros de algún barrio del Nueva Delhi más depauperado. Imposible, mientras rondaba la botella de mano en mano, imaginar que acabábamos de abandonar el jardín de las delicias. Salvo que hubiésemos tomado conciencia de las figuras que el licor hacía danzar en nuestros cerebros, tan semejantes a las que se retuercen en ese otro jardín de las delicias, el de Hieronymus Bosch. Porque ahora comprendo que tuvimos que comprar aquella botella para poder olvidar lo que nuestros cuerpos habían experimentado. Vencer, con la mente, la batalla de la carne. Pura metafísica, o sea. Transitar del goce de la piel a los tormentos de la razón.

Había escuchado en numerosas ocasiones eso de los masajes ayurvédicos, pero nunca me había tomado la molestia de indagar en su significado. Me sonaba a fraude occidental disfrazado de espiritualismo asiático: abandono del discurrir cerebral, sinfonía de la carne, éxtasis, nirvana y toda la charanga adjunta.

La masajista que me tocó en suerte tomó su tiempo para explicar que mi cuerpo presentaba un evidente desequilibrio de los doshas —algo así como principios metabólicos— y que de entre los tres de estos con que se organiza y pone en pie todo ser humano, el vata presentaba en mí evidentes signos de superioridad sobre los dos restantes. Luego pude comprender que el vata se identifica con lo sutil, lo frágil, todo aquello que puede perderse en un golpe de viento o desbaratarse con la facilidad con que se reparte una baraja. Como mi cuerpo: escueto y frágil… El hijo del viento, me apodaban algunos conocidos, aún, por aquella época, en clara referencia a aquel mítico velocista de raza negra que puede considerarse entre los últimos héroes del deporte no balompédico: Carl Lewis. Y es que la complexión de un servidor, amén de extremadamente delgada, se recubría de una piel decididamente oscura. Claro que eso ocurría entonces. Que los años sólo oscurecen las mentes mientras van aclarando el cutis.

El caso es que la masajista se aplicó con denuedo, durante casi tres horas, a intentar restablecer el equilibrio de mis doshas. Para ello recorrió con sabias manos y sapientísimas esencias hasta el último rincón de mi cuerpo, aplicando presiones inciertas y roces evidentes, para finalizar derrochando no poca cantidad de untuoso y aromático aceite sobre mi frente. Tibio óleo que danzaba de un lado a otro de mi rostro imponiéndome una sensación de abandono en que, al fin, mi cerebro se licuaba, se derretía, se volatilizaba y desaparecía para ser yo, ya, sólo cuerpo.

Después, tras unos minutos de total abandono, solo en aquella sala en que el sándalo arrancaba lágrimas al yeso de las paredes, desperté de nuevo a la vida. Me sentí ligero, casi rozando la ingravidez, y pensé que la joven masajista hindú se había equivocado en sus delicadas maestrías fulgor y humedad, acentuándome el vata. Por eso cruzamos la calle como en estado de éxtasis, despreocupados de la infernal jauría de vehículos que sorteaba nuestros cuerpos, para dirigirnos a un tugurio de luces equívocas en que seguro vendían alcohol. Necesitaba corregir los errores de la masajista, potenciar el dosha intermedio, el pitta, e incluso exacerbar el kapha, el tercero en discordia, que representa el barro, lo pesado, lo más excesivamente terrenal.

De la India conservo muchos recuerdos, pero andan desordenados. Aquella noche no la olvido. Pero es posible que todo lo que de ella recuerdo esté, igualmente, desordenado, y sea erróneo… o peor aún, no sea.

Y ahora recuerdo que Ravi respondió con el típico movimiento de cabeza indio que no quiere decir ni sí ni no sino todo lo contrario cuando le preguntamos si era mejor quedarse en Jaipur o ir hasta Jaisalmer. Nos quedamos en Jaipur, y Ravi, intuyo que temeroso de que nos arrepintiésemos de la decisión y le pudiésemos reprochar su falta de claridad, nos llevó hasta aquel local en que conocimos los goces del masaje ayurvédico y, de paso, algo de filosofía hindú. Porque ahora me doy cuenta de que todo ocurrió en Jaipur, aunque pudiese haber sucedido en nueva Delhi, pero nunca en Jaisalmer, y lo importante de todo es que el lugar, al fin, no tiene la menor importancia, porque es memoria, mente, interpretación e intelecto que se diluyen en la vida como el aceite ayurveda se diluyó sobre mi rostro. Deberíamos prestar más atención a la pura materia, ya que, al fin, sólo eso somos.
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De ESTO NO ES UNA REVISTA 38

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