29 de febrero de 2016

Asuntos municipales

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

La historia de la independencia colombiana, sus discusiones políticas, o lo que así se llamaba, conducían a la muerte. La montonera de constituciones y leyes, los empeños por darle un horizonte a una vida de destinos precarios apenas alimentados por el fanatismo y la guerra sufre de largos olvidos.

La crueldad de las incontables muertes, deforman las medidas del tiempo y lo impregnan de esa desesperanza del infierno: la eternidad. A lo mejor su castigo es vivir en el pasado. Incapaces de futuro nos conformamos. Pasado de brumas, mentiras y fracasos.

Los inicios del año han traído en su recetario las disputas inanes de la autoridad municipal, de reciente elección, con el antecesor.

Hace tiempo los alcaldes eran nombrados por los gobernadores de Departamento. Era la costumbre que en las capitales grandes había una intervención discreta del presidente de la República. No hay duda de cómo en un país, todavía de pobreza austera, esa presencia del poder central estimuló desarrollos de salvación. U olvidos.

El escaso sentido práctico y de realidad de los que hacemos gala, se enamoró de algún principio de la teoría democrática: la voluntad popular: más allá de la algarabía de las bandas y los borrachos en las procesiones, en los días patrios, y en los días electorales.

Quedó en el olvido la pesadumbre del Libertador, con ejércitos, ideas, y las protecciones de la gloria que no le fueron suficientes y se lamentó: somos pueblos ingobernables.

Así se cambió el sistema de nombramiento por el de elección. De un día para otro sin las necesarias reformas de seguridad y pulcritud a la fiesta electoral, creímos empoderar a la gente. Y no: se abrió otra tronera de corrupción, oportunismo, aprovechamiento de la ignorancia. Ahora la gente, las intonsas gentes, León de Greiff dixit, además de tener la responsabilidad de elegir Presidente, Senadores, Representantes, les corresponde votar por Gobernadores, Alcaldes, Diputados, Concejales, Ediles, y la cola infinita. Dice mi amigo Lafaurie: ¡cuadro, qué cultura resiste! Los electores más sanos no tienen tantos hijos para buscar padrinos en los elegidos. Los otros, llagados por el cinismo de la necesidad rematan su voluntad. El Tuerto López pregunta: Y qué hago con este fusil.

Con legitimidad ética o sin ella los Alcaldes se posesionan

Nadie precisa el programa que ofrecieron. Comienza un batiburrillo de polémicas sin sentido. Muchas de ellas parten de la confusión o el desconocimiento entre gobernar, administrar, y el bendito éxito de los supermercados: gerenciar. La mayoría de los Alcaldes tienen una inclinación, recién revelada, por las ventas. Quieren vender todo, como si pudieran disponer de lo público igual a su carro, o su bicicleta, o su casa. Otra vez una abstracción: ¿por qué el Estado tiene empresas exitosas?

Si las tiene, para el bien común comadre.

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