18 de febrero de 2016

Hotel de escritores


ROBERTO BURGOS-CANTOR -.

Cuenta el poeta Gustavo Tatis que, en Cartagena de Indias, hubo una hospedería preferida por sus colegas. Llegaban de ciudades lejanas a presentar libros, participar en recitales.

La amabilidad, alimentación, precios justos, la volvieron solicitada.

Desde que los mecenazgos y oficios dignos quedaron en la antigualla de anécdotas, a los poetas les cuesta la vida fundar territorios en el mundo.

La ilusión del caballero Faulkner, administrar un prostíbulo en el silencio y el laxo abandono de las mujeres, cada mañana, perdió su toque romántico.

La imaginación, que no perdona, no ceja en golpear el aldabón del castillo.

Quizás ello condujo a Tatis Guerra a dejar saltar entre sus poemas y pinturas un ejercicio constante de realidad: proyectos a los cuales solo les falta la financiación.

Una vez se posesionó de una casona de comercio abandonada. En el zaguán dibujó la modistería de disfraces con diseños de Grau, Obregón, Morales, Cogollo, cosidos con máquinas de Remedios Varo. En el patio interior arruinado por los buscadores de tesoros, fertilizó la tierra de desierto salado con hojas de tabaco húmedas y lo reverdeció con plantas de inspiración y loros de otras lenguas.

Quería, en las habitaciones de los desafueros de enamorados con el aire espeso por el amontonamiento de fantasmas antiguos y recientes, poner exhibiciones de artes, libros, hamacas de meditación.

El más reciente consistió en pedirle a Roberto Fuentes, dueño de la hospedería, que abriese un hotel para escritores. Esta idea cayó en corazón abonado. Es el origen de Kartaxa, espacio donde asistidos por la complicidad del hijo de Honorio Tatis hay retratos, libros. Están desde Rafael Núñez hasta Luis Carlos López. Y un álbum que crece noche tras noche: Cartagena en 27 ofrendas.

Allí cada viajero escoge la habitación cuyo número es el nombre de un escritor. En lugar de los Salmos encuentra novelas, poemas, cuentos, una frase en el aire. Y el álbum nocturno para ese deseo, que borra la luz, de dejar una señal del sueño, de la felicidad pasajera de la compañía. Hay testimonios de amantes que padecieron las desavenencias en la cama, convertida de repente en cuadrilátero, y unas líneas de García Márquez les devolvieron el sosiego de la fe amorosa y la alegría de dos en uno. De solitarios que se acercaban al vacío del insomnio y el poder crítico unido a la ternura y la picardía del Tuerto López, les regalaban un sueño inolvidable de rencuentro con los motivos.

Al viejo pescador Hemingway lo habría embrujado este hotel que le recordaría la habitación 551 del Ambos Mundos en La Habana. Y a los cartageneros por tener todavía los templos, la Casa del Ingles, el claustro de San Agustín, alguna tienda con gatos, un viejo con pijama en el balcón leyendo el periódico, la sala recogida de Toni Agar y poco más, ahora que hasta el silencio nos ha sido expropiado.

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